Friday, Aug. 18, 2017

Caspe literario: los últimos de Filipinas

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26 Ene ’17

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Caspe literario: los últimos de Filipinas

Horas antes de ser fusilado por el pelotón, escribió un poema en el calabozo que terminó con estas palabras: “Morir es descansar”. Sucedió muy lejos del Bajo Aragón, al otro lado del mundo. La valía literaria de las estrofas y la personalidad del autor, catapultaron sus versos a la fama. Ni el malogrado literato, ni su emblemática obra guardan relación con Caspe. Pese a ello, la presencia de esta historia bajo el título de nuestra sección queda sobradamente justificada: fue un caspolino quien recogió del suelo de la celda el testamento lírico de quien, tras la ejecución, se consagró como héroe nacional de su país. Como la lógica impone, comenzaré por el principio…

Filipinas, que fue española a la fuerza durante tres siglos y medio (desde el XVI hasta el verano de 1898), ha vuelto a ponerse de moda gracias a una película basada en la defensa numantina que un destacamento de nuestro ejército realizó del templo de Baler. La coyuntura me ha animado a investigar la presencia caspolina en aquellas lejanas islas.

Durante las centurias del XVII y XVIII, al menos ocho agustinos nacidos en nuestro pueblo viajaron y se establecieron como misioneros en diversas regiones del actual país del sudeste asiático. Entre ellos, quizá el más destacado jerarca fue José (Pardo) de Santa Orosia (Caspe, 1736 – Mindanao, 1807). Desde su llegada a Mindanao, cuando apenas contaba veinte años, emprendió una carrera meteórica que le llevó a ser varias veces provincial de los agustinos recoletos filipinos, o sea, alguien con muchísimo poder.

El militar barcelonés Eulogio Despujol y Dusay, nombrado Conde de Caspe en 1878 en agradecimiento al castigo que había propinado a los carlistas en nuestros pagos, embarcó con destino a Filipinas el 18 de septiembre de 1891, dispuesto a tomar posesión de su cargo de Gobernador General de aquel extenso territorio.

En aquella última década del siglo XIX, varias docenas de paisanos nuestros (militares de reemplazo o poco más, por lo general) se jugaron la vida allá lejos. En ellos me quiero centrar.

En plena efervescencia revolucionaria del territorio de ultramar, en el año 1895 se embarcaron con aquel destino 46 soldados de Caspe y de su comarca. ¿Se los imaginan en la India, donde hicieron escala? Al llegar a la colonia española, ninguno sospechaba que hasta cuatro años más tarde no regresarían a sus casas los sobrevivientes. Podemos presumirlos atenazados por miedos y penurias, aunque a quienes atesoraran espíritu militar tampoco les faltarían oportunidades para demostrar valor frente a las milicias independentistas filipinas, que exigían lo que hoy nos parece justo. Eso sí, no consta la presencia de alguno de nuestros paisanos en la mítica gesta de Baler (30.06.1898-02.06.1899).

Ignoramos la fecha exacta de la repatriación, sin duda posterior a la vergonzosa entrega que España hizo a Estado Unidos de la soberanía de Filipinas, según lo pactado en el tratado de París, firmado el 10 de diciembre de 1898.

Cuando finalizaba el año 1960, de aquellos caspolinos solo quedaban vivos tres, que en su vejez recibieron el reconocimiento de un ascenso honorífico al grado de teniente y una pequeña mensualidad vitalicia. Sus nombres: José Albiac Félez (que había sido cabo furriel), Domingo Escuriola Blanch (cabo en su juventud) y Mariano Rufau Lasheras. El colaborador de Radio Caspe Fermín Morales Cortés, glosó el laurel ante los micrófonos de la emisora:

“Ellos sienten hoy la satisfacción al premio que la Patria agradecida les otorga en reconocimiento a sus merecimientos y sacrificios. Hecho que estimulando su afectividad, les vivifica el espíritu, aflorando a su memoria un cúmulo de recuerdos interesantes de aquellos tiempos, que les produce un chispazo de mocedad. (…) Han pasado muchos años, los sucesos de aquella época vivida día a día, en lejanas tierras con todas las incidencias y rigores de una guerra, dejaron huellas dolorosas en el cuerpo y el alma de estos excombatientes, de las que por fortuna (cumpliéndose una ley de vida) solo queda el recuerdo anecdótico, siempre agradable”.

Apenas unos meses pudo disfrutar de honores y paga José Albiac Félez, que de los tres mencionados fue el primero en fallecer. El 5 de junio de 1961, con voz rotunda y dolorida, un locutor de Radio Caspe pregonaba su necrológica:

“Hoy a las 10 de la mañana, se ha procedido al traslado de los restos mortales de don José Albiac Félez, industrial, teniente honorario del Ejército español por sus servicios en la defensa de las Islas Filipinas. Contaba el finado con la edad de 85 años y si bien su estado era delicado no se preveía tan fatal desenlace. El traslado de sus restos ha constituido una gran manifestación de duelo, por las amistades con que contaba y las muchas de que disfrutan sus herederos y deudos. Por nuestras antenas enviamos el más condolido pésame a sus hijos doña Julia, doña Dolores, doña Felisa, don José, don Francisco, don Manuel, don Vicente y don Bienvenido, hijos políticos, nietos y demás familia, elevando una oración al Altísimo para que le otorgue el eterno descanso”.

José Albiac se había traído de Filipinas como recuerdo un mantón de Manila, que Felisa Bret Miguel, su novia, lució el día de su boda. Tuvieron trece hijos, nueve de ellos llegaron a adultos (“He estado tropezando con una cuna veinte años de mi vida”, solía decir ella en la recta final de su vida)

Domingo Escuriola Blanch dijo adiós a este mundo en marzo de 1965. Mereció crónica en la prensa regional, que el día 30 insertó este comentario de Octavio Jover:

“Ha fallecido a la edad de 89 años Don Domingo Escuriola Blanch superviviente de las campañas de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, donde sirvió como cabo en el Regimiento de Infantería Sevilla núm. 33. Partió de España en el vapor San Agustín el 22 de noviembre de 1895, regresando a la Madre Patria, después de haber tomado parte activa en varias acciones bélicas, el 31 de diciembre de 1899. Era teniente honorario del Ejército Español, disfrutaba de buena memoria y explicaba con frecuencia con datos y señales sus actividades militares por tierras de ultramar recordando con exactitud el nombre y apellidos de sus superiores. En reconocimiento a estas campañas percibía la pensión correspondiente”.

Martín Rufau Lasheras, nacido en torno a 1874, vivió al menos hasta cumplir los 91 años. Él fue el último de nuestros “últimos de Filipinas”.

El proceso de descolonización del inmenso archipiélago del océano Pacífico fue tenso, crispado, violento y prolongado. Entre los líderes y dirigentes nativos que, a finales de los ochenta del siglo XIX, comenzaron a exigir mayores cuotas de justicia a la metrópoli, sobresale el oftalmólogo y reconocido literato José Rizal, que enarboló la pretensión moderada de que se pusiera fin al estatuto colonial y se reconociera a Filipinas como una provincia más de España, con todos sus derechos y el respeto a su singularidad. Intrigas bien orquestadas por quienes, si eso sucedía, hubiesen visto peligrar sus personales privilegios, consiguieron anular como interlocutor a Rizal y que fuese acusarlo de rebelión. Fue ejecutado en Manila el 30 de diciembre de 1896. En la víspera, de manera casi clandestina, escribió su postrero poema, titulado “Mi último adiós”. Hoy, esas estrofas de innegable calidad literaria son muy populares. Pero casi nadie recuerda que fue un caspolino quien las recogió de la celda del condenado a muerte.

Así lo recordaba Fermín Morales en su comentario del 4 de diciembre de 1960 en Radio Caspe, al que ya me he referido más arriba:

“Todo el que sabe lo que fue la guerra de Filipinas, recuerda un personaje: al médico, novelista y poeta filipino José Rizal, que acusado de filibustero fue fusilado en Manila en 1896; su mejor y más divulgada poesía es la titulada ‘Mi último Adiós’, que compuso estando en capilla, horas antes de morir. Aquellas trágicas y solemnes horas para un patriota de la independencia de su país, pasaron en un calabozo custodiado por soldados. José Albiac fue su guardián respetuoso y justo; cuando el detenido fue sacado de él para el cumplimiento de la sentencia, arrojó disimuladamente un escrito bajo la mesa, que luego don José hurtando la vigilancia de los demás recogió para la posteridad”.

El poema póstumo de José Rizal lo componen setenta sentidos versos, que el lector podrá encontrar fácilmente en internet. Transcribo como muestra las tres primeras estrofas:

Adiós, Patria adorada, región del sol querida,

perla del Mar de Oriente, nuestro perdido edén,

a darte voy, alegre, la triste, mustia vida;

y fuera más brillante, más fresca, más florida,

también por ti la diera, la diera por tu bien.

En campos de batalla, luchando con delirio,

otros te dan sus vidas, sin dudas, sin pesar.

El sitio nada importa: ciprés, laurel o lirio,

cadalso o campo abierto, combate o cruel martirio.

Lo mismo es si lo piden la Patria y el hogar.

Yo muero, cuando veo que el cielo se colora

y al fin anuncia el día, tras lóbrego capuz;

si grana necesitas, para teñir tu aurora,

¡vierte la sangre mía, derrámala en buen hora,

y dórela un reflejo de su naciente luz!

Alberto Serrano Dolader

José Albiac Félez, el caspolino que recuperó el poema

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