Sunday, Jan. 23, 2022

Caspe literario: Memoria estremecida, de Jesús Moncada

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10 Jun ’15

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Caspe literario: Memoria estremecida, de Jesús Moncada

El próximo día 13 de junio se cumplirán diez años de la muerte de uno de los más grandes escritores aragoneses, el mequinenzano Jesús Moncada. Su cercanía física y emocional a Caspe y su comarca, la importancia que en su obra tuvo nuestro Ebro y la trascendencia de su legado literario en forma de tres excelentes novelas y otras tantas colecciones de relatos, traducidas a multitud de lenguas y editadas en decenas de paises, nos obliga a celebrar la efemérides tal y como merece. Comenzamos hoy con la última entrega de la serie que Alberto Serrano Dolader viene dedicando a ese Caspe literario que tan pocos conocen. Hoy nos habla de la novela Memoria Estremecida. El jueves y el viernes completaremos este particular homenaje con otros dos trabajos dedicados a glosar su memoria. Recuerdenlo pero sobre todo, lean sus novelas.

 

Sábado 25 de agosto de 1877, por la mañana. En Las Planetas de Mequinenza, a escasa distancia de Valcomuna y, por lo tanto, del término de Caspe, se produce un triple crimen. Victoriano Teixidó  Mayoral y los otros tres integrantes de su cuadrilla de malhechores (Antonio Borbón Soler, Mateo Sanjuán Blanc y Alejos Pruneda Miguel) matan para robarle a Juan Lloro García, recaudador del Banco de España en el partido, episodio en el que también muere un guardia civil (Pedro Bandrés Palacín) y un bagajero que los acompañaba (Manuel Sanjuán). Un miembro de la Benemérita logra huir malherido (Juan Lorente), siendo clave su testimonio para el esclarecimiento de los hechos y la pronta captura de los malandrines, todos residentes en Mequineza.

Al ser conducidos los acusados a Caspe para ser juzgados, Antonio Borbón intenta fugarse y muere a consecuencia de los certeros disparos de las fuerzas del orden. El tribunal militar sentencia la pena capital para los tres bandidos que continuaban vivos,  ejecutada en Mequinenza el 26 de noviembre, en una alameda del Segre y por fusilamiento.Se consigue recuperar buena parte del botín, oculto junto al Ebro, no muy lejos del barranco del Infierno, frente a la ermita de la Magdalena, donde antaño se practicaron exorcismos.

Hasta aquí, la verdad judicial y oficial de un espeluznante suceso, muy sonado en su época. Sirva como ejemplo que el pionero de la fotografía caspolina José Alcaine (el tío Giobosé) acudió a la cárcel el último día que estuvieron los infelices en nuestro pueblo, para realizarles otro tipo de disparo y  poner a la venta en su establecimiento los consiguientes retratos, a modo de macabro recuerdo. Dos jornadas después de la ejecución en Mequinenza, el “Diario de Avisos de Zaragoza” repartía a sus suscriptores una copia de aquellas placas, litografiadas por la firma Portabella. (Más detalles: Adell y García, “Otros bandoleros aragoneses”, 2002; y en la prensa de la época).

Los hechos deben situarse en el marco de una sociedad cambiante, en la etapa inicial de la Restauración Borbónica y con un carlismo agónico. Los españoles comenzaban a tener claro en qué clase les había situado a cada uno la ruleta de la vida, y los obreros más desposeídos tomaban conciencia de la necesidad de lucha. En Mequinenza -donde no faltaban señoritos- fluía una fuerte corriente republicana y un talante reivindicador de justicia social entre los trabajadores de las minas y los navegantes.

Quien conozca todo lo anterior, disfrutará más y leerá con mayor comodidad la recreación literaria que, en 1997, realiza el escritor Jesús Moncada en “Estremida memoria”, novela en catalán que es traducida al español en 1999, al publicarla Anagrama con el título de “Estremecida Memoria”.

Los ecos de aquella tragedia resonaron en la memoria popular de los caspolinos hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. Mis abuelos, que ni de lejos habían nacido cuando acontecieron los acontecimientos, me hablaron de ellos, aunque con la vaguedad de la llama que se va apagando cuando se transmite de padres a hijos.

El poso que dejó en Mequinenza todavía perduraba vivo al coger Moncada la pluma, cuando ya había pasado mucho más de un siglo de lo acontecido. El propio escritor contó que no toda la gente de su pueblo se mostró entusiasmada al enterarse de su propósito, ¡hasta le llegaron mensajes de que lo mejor era no menear el fango! De allí habían sido los cuatro ajusticiados, y allí seguían viviendo muchos de sus descendientes.

La pregunta clave es ¿de verdad ocurrieron las cosas tal como las sentenció la verdad judicial? El tiempo amasa y amolda los recuerdos, transmite interpretaciones de una realidad ya de por sí compleja de explicar. El fusilamiento de los atracadores tuvo lugar en la propia Mequinenza, lo que supuso que la villa “se sintió humillada y vivió aquello como si todo el pueblo fuera responsable de los hechos” (“Agencia Efe”, 24.09.1999, interpretando declaraciones del escritor). Además, “había que tragar, a la fuerza, un hecho indiscutible -un paisano muerto por otros paisanos-, y andarse con cuidado por la red de parentescos, amistades y también odios, que se mezclaban con los hechos y los envenenaba” (p. 201)

Hay un dato, un apellido que no puede pasar desapercibido: “El que uno de los implicados se apellidase Borbón hizo que los hechos se resolvieran drásticamente dentro de la comarca porque, según algunos, las autoridades no querían que el apellido del Rey apareciera en un juicio en Madrid por una causa criminal. Aunque otros piensan que le aplicaron la ley de fugas para que el mencionado Borbón no se librase de la muerte en virtud de su apellido” (Declaraciones a Mario Sasot, “Heraldo de Aragón”, 27.03.1997).

Moncada no se propuso redactar una novela histórica, sino la esencia de una tragedia que se proyecta en el futuro y todavía da sombra en la actualidad. El escritor, un aragonés que utiliza como medio de expresión el catalán, debió de trabajar al menos cuatro o cinco años en su novela, investigando sin descanso para que hasta la más pequeña anécdota por él creada encajara con lo verosímil. Pero como obra de ficción, los personajes se mueven con libertad, y hasta se modifica sus nombres en la mayor parte de los casos. ¿Por qué le obsesiono tanto este tema a Moncada? Cuando Antón Castro le lanzó la pregunta, recogió esta respuesta:

“Porque es una de esas viejas historias que te cuentan siempre. Y que yo no hubiera escrito nunca de no haber sido por la aparición de una relación manuscrita del escribano de Caspe que participó en las investigaciones. Esa relación me dio los datos históricos que yo necesitaba para comparar esa versión fidedigna con todo lo que la memoria había ido incorporando, deformando o falseando de lo que sucedió. Es una novela, de nuevo, sobre la memoria realizada a mi manera desde la certeza de que la realidad es muy literaria” (“El Periódico de Aragón”, 02.05.1999).

Cierto. Moncada afirmó una y otra vez que tuvo acceso a una memoria del suceso manuscrita por el escribano del juzgado de Caspe Agustín Montolí, quien trabajó en el caso desde el minuto cero. No se trata de un recurso literario del autor, sino de un documento real, aunque no oficial. Los legajos cautivaron inmediatamente al novelista, que descubrió en ellos la integridad de Montolí y sus ideas avanzadas, contrarias ya a la pena de muerte, macabro broche de “la pantomima de juicio celebrado en Caspe” (Moncada dixit). El acceso a este material fue decisivo para lanzarse a acometer la ardua y trabajosísima empresa de preparar “Memoria estremecida”.

Desconozco el modo en que los papeles de Montolí aparecieron en la mesa de Moncada. Sin duda  tendrá su miga, porque el propio Moncada -que falleció hace diez años- manifestó que el asunto podría ser objeto de otra novela. Seguro que algún día nos lo desvela nuestro convecino Jesús Cirac, a quien su amigo mequinenzano le hizo conocedor de las circunstancias.

El caso es que Jesús Montolí, escribano del juzgado de Caspe en aquel 1877 (“olvidado en una audiencia polvorienta, de una ciudad perdida”, p. 15), es de los pocos personajes que mantiene nombre y apellido en “Memoria estremecida”. En el ‘dramatis personae’ del libro se le describe de este modo: “De constitución enfermiza, preocupa a su gran amigo Teòfil, el médico forense, que siente por él un afecto fraternal”. Moncada le hace tener 45 años y un aspecto “rechoncho, calvo y, en cuanto se descuida, un poco bizco” (p. 15), a pesar de lo cual pudo ser visto por el barquero del Ebro como una “persona de vara alta” (p. 70). Montolí debió contentarse con un tipo de vida tan sobrio y escueto como el estilo de redacción en su informe (p.30). En el trato con la gente no tenía mano izquierda (p.177).

Intuyo que Montolí no sería feliz a las órdenes del juez Silvestre, así se llama en la novela el titular de Caspe, de talante “campanudo” (p. 176), mirada “habitualmente abúlica” (p. 234) y cuya “sabiduría sexual” se reducía al ‘coitus interruptus’, según confidencias de su señora (p. 208 y 340).

Por descontado, Caspe era la cabeza de partido de que dependía Mequinenza, dos poblaciones a distancia más que considerable para aquel entonces (“… se ve que viene de lejos, seguramente de Caspe…”, p. 70). Las dificultades del camino serrano y sus peligros no impedían que, en ciertas ocasiones de apuro,  los de la primera acudieran a la segunda para contrastar diagnósticos médicos en casa del “prestigioso” galeno Teòfil Alcanar (supongo yo que, al ser de Caspe, hubiera resultado más acertado traducir el nombre en la versión castellana de la novela). Sí, Caspe era más ciudad: “¿Qué quieres que te traiga de Caspe? (…) ¿Un peine, un pañuelo, unos pendientes?” (p. 124).

Por cierto,  en torno a si fue justa la instrucción dirigida por el juez de Caspe y el fallo que dictó la jurisdicción militar (que, al final, se hizo cargo del asunto), los personajes más cabales de Moncada nos transmiten la idea de que cada fusilado fue “víctima de un acto bárbaro, de una venganza, o llámese como se quiera, disfrazada de justicia conculcada sin escrúpulos” (p. 243). Los asesinatos cometidos en Valcomuna eran merecedores de un castigo, “aunque nunca de la salvajada irreparable de la muerte”; además, no interesó profundizar en las causas profundas de aquellos aborrecibles crímenes en los que “la pobreza, sin duda, por no llamarla miseria, era un factor determinante” (p. 235).

Aviso para navegantes: quien se acerque a esta novela buscando sumergirse en el Caspe de mediados del XIX, quedará defraudo. Quien acometa su lectura con calma y sosiego, dispuesto a disfrutar de una novela excelente, aplaudirá. Casi todas las páginas tienen como escenario Mequinenza, pero la realidad humana que analiza el autor es aplicable a medio mundo.

Posdata: Los malhechores se apoderaron en Valcomuna de 11.159 pesetas y 69 céntimos, toda una fortuna en 1877. De aquel botín, 2.594 pesetas nunca aparecieron. Siempre según Moncada (p. 227).

Alberto Serrano Dolader

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