Wednesday, Jun. 19, 2013

El berón vuela… sobre los Monegros.

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26 febrero, 2012

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El Barón vuela… sobre Argentina” es el título de un disco tributo de bandas metaleras, gracias al cual, amigos latinoamericanos me han hecho ver cuántos millones de personas, sin ser conscientes en nuestra Iberia Sumergida, dan larga vida al R&R, a nuestra más incombustible banda allende las fronteras y océanos. A esto no habría que darle más importancia si no habitáramos en nuestro mediterráneo-arábigo fatalismo en el que todo lo que viene de fuera, es mejor. No hace falta dar ejemplos de músicos, escritores o científicos. Y si nos acotamos en nuestra patria chica, el sentimiento se concentra a pesar de que, qué cojones, el talento también. ¿O acaso los hermanos Auserón, Bunbury o Santiago Ramón y Cajal no nos dicen nada? Aquí sí caben ejemplos, todos los que queráis.

¿A qué viene éste tostón? Hace no mucho tomé la decisión de emigrar de nuestra comunidad por motivos laborales. Actualmente vivo en La Rioja, tierra de celtas berones. Vecinos bien avenidos con infinidad de lazos con nosotros desde antes de  tiempos de Vareia y Caesaraugusta. Siempre se ha dicho: Los ríos unen, las montañas separan. Es lógico pues que uno se sienta como en casa en “Viña Beronia”.

Además de nuestras afinidades, uno encuentra alicientes en las diferencias. Ebro arriba, nos acercamos al Cantábrico, el cierzo abdica a favor de las frecuentes lluvias y huye diezmado por los desfiladeros de la Ibérica, dando lugar a un paisaje más, en teoría, idílico. Esto lo encontré sumamente atractivo para la afición que más fervientemente he cultivado estos años: la bicicleta de montaña. Puedo saborear  el picante de escarpadas laderas, tramoya de verdes prados o pétreas cumbres centinelas de media España. Sinuosas sendas refrescadas por secretos arroyos. Carreteras entre hayedos y robledales metamorfoseándose continuamente en un eterno otoño. El guiso, a la sazón, parecía perfecto, ¿Qué faltaba ahí para no acabar de encontrarle el punto? Algo muy nuestro: el romero.

Esta primavera volví a casa. A disputar una prueba cicloturista en los Monegros: 3200 participantes, sin más. ¿Qué hacían aquí esas hordas de celtas astures, vascones, berones montando coloridos caballos de metal? No podía entender que nuestro denostado secarral ejerciera su, para mí inexplicable, magnetismo hasta tan lejanos lugares (también había galos y andalusíes). La respuesta me halló cabalgando hacia un horizonte tan lejano que lo abarcaba todo. Bajo la sombra del águila que, desafiando al bochorno, planeaba hacia el inexplorado roquedal que corona aquella escarpada sierra que emerge de un océano rojizo. Bajo el sol y la luna presenciando juntos, en extraña armonía, cómo se funden al atardecer los efluvios telúricos de polvo y calima con el cielo, ora púrpura, ora amarillo, según sus caprichos.

Running free. Where the eagles dare. Larga vida al R&R. Hay en nuestros parajes una belleza extraña, que no distraída, y mucha gente viene desde lejos para disfrutarla. Apreciémosla. No olvidemos que el berón también vuela…sobre Los Monegros.

Iván Sanz Vallespín

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David Bonastre