La Guerra de la Tinta
A comienzos del verano de 1936, los españoles todavía se mostraban recelosos ante la idea de que se desatara una guerra civil, que por otro lado, tantos años llevaba gestándose en las conciencias de muchos. Pero antes de que los primeros cuerpos fueran abatidos por las balas, otro combate se había estado librando en las calles. Era el combate propagandístico, la guerra ideológica previa.
El triunfo de los partidos republicanos de izquierdas en las grandes ciudades españolas en abril de 1931 dejó fuera del poder a las viejas oligarquías políticas vinculadas a la Restauración y su funesto “turnismo”. Desde aquel momento muchas cosas tendrían que suceder en España hasta que el 18 de julio de 1936 los militares decidieran sublevarse en el norte africano para dar el golpe de gracia a la República. Desde 1931 hasta el estallido de la guerra los hechos se fueron sucediendo sin pausa, fortaleciendo ideologías y convirtiendo las diferencias en abismos insalvables: una Constitución progresista demasiado adelantada a los tiempos, unida a un gobierno de izquierda que duraría dos años, el llamado “Bienio Revolucionario”. Sería en 1933 cuando llegaría al poder una coalición de fuerzas conservadoras con ganas de cambiarlo todo para volver a la derecha más tradicional, que también duraría dos años, y que ha pasado a la historia con el nombre de “el Bienio Negro”. Fue en este periodo cuando se produjo un intento de huelga general revolucionaria, en octubre de 1934, con una represión estremecedora; además de la disolución por orden gubernativa de los ayuntamientos elegidos libremente en 1931. Pero no sólo eso, también la irrupción en la liza política de opciones ideológicas de corte radical, inéditas hasta la fecha en España: el comunismo y el fascismo.
Y es que el contexto internacional no auguraba ninguna esperanza de mejora. Los ecos del tsunami bursátil americano de 1929 habían devastado la vieja Europa y las tensiones que la crisis económica global había producido dentro de España amenazaban también con llevarse por delante a la endeble República.
No es de extrañar que, ahora más que nunca, frente a la situación nacional de comienzos de 1936, los españoles vieran en la organización política un buen modo de lucha por la defensa de sus intereses. Fruto de esta organización nacieron las agrupaciones de partidos como el Frente Popular, constituido por un conglomerado político en el que tomaron parte todos los movimientos izquierdistas, salvo los anarquistas. Aunque estos últimos no mostraron un apoyo directo al Frente, no se mostraron reacios ante las propuestas del grupo, como había ocurrido en otras ocasiones, lo que se consideró un avance en las relaciones entre grupos. Por otro lado, la derecha no quiso quedarse atrás, y las organizaciones como Falange, o la CEDA de Gil Robles no dejaron de fortalecerse. La disputa ideológica se había convertido en un tira y afloja que no auguraba buenos resultados. El número de publicaciones de prensa diaria y semanal se disparó, entre las que destacaban sobre todo las de carácter izquierdista. Las imprentas se vieron obligadas a establecer un horario intensivo que duraría muchos meses más, hasta que la guerra se mostrara favorable para el bando de los sublevados. Esta lucha propagandística tenía un doble objetivo; por un lado afianzar las creencias de aquellos que ya estaban inmersos en el panorama político, y por otro inyectar una dosis moralizante en las conciencias de aquellos que se mostraban indiferentes ante la situación nacional.
Setenta y cinco años después, a comienzos de este siglo XXI y salvando las distancias bélicas, los combates electorales y la imagen política no distan demasiado de los del pasado siglo. La Historia sigue demostrando que es el hombre quien escribe su futuro aprendiendo de su pasado, aunque para ello es necesario volver la vista atrás y aprender de los errores para no repetirlos.
El estallido de la Guerra
El Frente Popular llegó al poder a través de unas elecciones en febrero de 1936, dejando atrás la etapa del Bienio Negro, e imponiendo unas medidas que poco gustaron en la derecha más recalcitrante. La victoria electoral confirió al Frente Popular un poder legítimo que no desaprovechó para aplicar sus medidas políticas. Se produjo en este momento una vuelta a los valores progresistas que se aplicaron ya en 1931, cuando la II República era todavía una recién nacida. La derecha se vio legalmente derrotada, por lo que, desgraciadamente, las posturas más radicales no tardaron demasiado en intentar conseguir por las armas lo que no habían logrado en las urnas.
El 18 de julio de 1936, un grupo de militares proclaman el golpe de Estado contra la República. Excepto casos aislados, los militares, con Francisco Franco como cabeza visible, triunfan en las zonas donde la derecha había obtenido más votos en las elecciones de Febrero. Sin embargo, el golpe no tuvo éxito en ciudades como Madrid y Barcelona, donde la insurrección fue aplastada tras los primeros combates.
Las primeras semanas de guerra fueron, sin duda, las más convulsas. Las radios y la prensa echaban humo, y nadie era capaz de saber con certeza que era lo que estaba ocurriendo. Poco a poco las luchas incontroladas dieron lugar al combate organizado, y los terrenos de cada bando comenzaron a quedar definidos. Y aunque el tópico dicte lo contrario, la guerra civil española no fue una guerra de sublevados contra la República, o al menos, no solo eso. Aunque parezca mentira, en los primeros meses de contienda, uno de los feudos del obrerismo, la ciudad de Barcelona, pudo ser testigo de batallas entre comunistas y anarquistas que olvidaron que debían luchar juntos contra el enemigo común, y no hacer sangre de sus diferencias. Pero no fue así, y las ansias de revolución truncaron la capacidad organizativa necesaria para hacer frente al fuerte ejército franquista.
La batalla propagandística
La propaganda no fue ajena a las luchas entre grupos de distinto signo, y mientras el avance de la guerra se tornaba favorable hacia el ejército rebelde, en la batalla de la tinta los republicanos tomaron las mejores posiciones.
Periódicos diarios, octavillas, pasquines, textos, libros, y un largo etc. fueron las herramientas empleadas en la guerra para exhortar a las gentes a luchar por sus ideales. Junto a ellos la radio, que alcanza su cenit en esta guerra, tras aparecer tímidamente en la Primera Guerra Mundial (1914 – 1918). La información radiofónica será de máxima importancia, no solo como medio de propaganda, sino como elemento de estrategia militar. Pero si algo destacó por su originalidad y claridad fue la cartelería republicana. El bando sublevado de Franco mostró una imaginería muchísimo más pobre, en cantidad y calidad, mientras que en el bando republicano se produjo una verdadera eclosión del cartelismo. Aunque el alcance de estas obras fuera limitado, su riqueza e imaginación han llegado a superar en ocasiones a las publicaciones actuales. Uno de los carteles más famosos lleva como título ‘Aixafem el feixisme’, es decir, ‘Aplastemos el fascismo’. La imagen en blanco y negro es muy directa, un pie calzado con una precaria alpargata aplasta con fuerza una cruz gamada como símbolo del nazismo. Su autor fue Pere Català, que llegó a ser Jefe de Publicaciones del Comisariado de Propaganda de la Generalitat Catalana. Está considerada como una de las mejores fotografías publicitarias del S. XX, y no es para menos. Destaca su enorme carga simbólica, conseguida con tanta sencillez como efectividad. La alpargata artesana es la mejor representante de la fuerza obrera, dispuesta a todo por acabar con el fascismo.
Pero no solo eso, el bando republicano llevó a cabo una obra de extensión cultural cuyo papel propagandístico es innegable, de tales dimensiones y con tal cantidad de organizaciones que no encontramos precedentes similares. La organización más destacable fue Cultura Popular, un comité creado en abril de 1936 que desarrolló durante la guerra las más diversas actividades en el frente y la retaguardia, sobre todo, la creación de bibliotecas en dos lugares muy concurridos durante la contienda, las unidades del Ejército y los hospitales. Funcionaron también las llamadas Brigadas Volantes contra el Analfabetismo que llegaron a impartir clases a más de 300.000 personas. Naturalmente todo este enorme esfuerzo de difusión cultural también tenía un fuerte contenido propagandístico.
Por otro lado, el bando nacional contó con menos medios desde el comienzo de la guerra. Aun así consiguió tres apoyos muy sólidos, que fueron además decisivos en el transcurso de la batalla. Estos apoyos fueron los gobiernos de Hitler y Mussolini en Alemania e Italia respectivamente, y el apoyo nacional de la Iglesia Católica. Desde la propaganda del lado faccioso se hizo especial hincapié en tres ideas ya conocidas: la lucha contra la “barbarie roja”, en referencia a las crueldades y la insensatez con la que el bando republicano hacía la guerra; la idea de que la lucha era el símil de las antiguas cruzadas cristianas contra los enemigos de la religión, y la repetición de que el sentimiento nacionalista debía ser la punta de lanza del franquismo, de tal manera que era necesario arriesgar la vida para luchar contra los enemigos de la patria. Es evidente pues la influencia tanto de la institución religiosa como de los sistemas fascistas europeos en el ideario franquista. En la prensa, los periódicos tradicionalmente de derechas siguieron funcionando sujetos a rígida censura por el todavía legítimo gobierno republicano, mientras que en los lugares tomados por el franquismo, los medios locales eran requisados y reconvertidos para la causa. Fue un periodo de cambios, aunque la verdadera responsabilidad recayó sobre todo en los fuertes periódicos de empresa, de información general, que contaban ya con implantación en su zona de influencia. Ejemplos claros son El Norte de Castilla de Valladolid, el ABC en su edición sevillana, El Noticiero, o La Gaceta del Norte de Bilbao.
Las dos guerras
Es curioso observar las similitudes entre las dos batallas, la ideológica y la real. Tras un análisis crítico percibiremos que ambas comienzan y terminan de la misma manera. El gobierno Republicano, elegido en aquellas elecciones de 1931 que parecían ya olvidadas comenzó sobreponiéndose al golpe militar de Melilla, y una vez entrada la guerra, fue también capaz de hacer frente a la presión propagandística de la más rancia ideología fascista. Sin embargo, la guerra duró tres largos años, y el bando nacional mantuvo siempre una postura reaccionaria en todos los sentidos. Los enfrentamientos internos entre los partidos de izquierda y la ayuda exterior que recibió Franco desde Alemania e Italia fueron determinantes en el desarrollo de la lucha. A la par, la lucha de ideales también se vio fortalecida por las victorias en el campo de batalla, por lo que aquella guerra de la tinta que los republicanos parecían haber ganado quedó condenada a ser tratada como un utópico recuerdo, como una pieza de museo. Y las consecuencias de estos hechos no pudieron ser peores: miles de muertos en ambos bandos, miles de encarcelados con familias rotas, y casi cuarenta años de dictadura en la que solo podía mostrarse una propaganda, la de los que vencieron.
David Bonastre





