Wednesday, Jul. 26, 2017

Ha fallecido José Sanz, histórico militante del PSOE caspolino

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11 Nov ’16

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Ha fallecido José Sanz, histórico militante del PSOE caspolino

Hoy 13 de noviembre de 2016, a los 93 años, ha fallecido José Sanz, Pepe. Significado izquierdista desde su juventud y concejal del PSOE durante varias legislaturas, fue siempre un hombre respetuoso con todo el mundo, querido por todos los caspolinos y comarcanos. Dedicado a la imprenta durante toda su trayectoria profesional, algunos le llamaban, cariñosamente “el Pablo Iglesias de Caspe”.

De memoria portentosa, fue entrevistado por un buen número de autores. Testimonios suyos figuran en numerosos ensayos sobre nuestro pasado reciente. La última entrevista a Pepe y su hermano Paco de la que nos hicimos eco, se llevó a cabo el pasado verano por Arainfo : http://www.bajoaragonesa.org/elagitador/los-hermanos-sanz-dos-hermanos-separados-la-guerra-civil/

En su memoria, reponemos la entrevista a Pepe realizada por nuestro compañero Jesús Cirac, que fue publicada en abril de 2014.

Que la tierra te sea leve, compañero. 

Con noventa y un años, Pepe Sanz es uno de los pocos caspolinos vivos que todavía recuerdan aquel catorce de abril de 1931 en que España se levantó republicana. Sus palabras son la mejor manera que se nos ocurre de conmemorar aquel día ochenta y tres años después. Lo ha contado muchas veces. La generosidad es otra de sus muchas virtudes. Miles de caspolinos votaron a las candidaturas republicanas y la alegría inundó las calles de la que por aquel entonces era la quinta ciudad de Aragón. Durante unos años las cosas pintaron bien para España, para Aragón, para Caspe. Luego pasó lo que pasó.

Todavía la Segunda República mantiene un aura oscura que casi cuarenta años de democracia no han conseguido disipar. De España Suarez y Su Majestad. De Aragón Ramiro I el monje y la Virgen del Pilar. De Caspe la Veracruz, el castillo y las cofradías de Semana Santa. Hasta las viejas fotografías de los fastos del franquismo son merecedoras de grupos de Facebook en los que ávidamente se indaga quien portaba el estandarte de la Virgen en la enésima procesión o quien sonreía a la cámara por encima del hombro del alcalde falangista de turno antes del saque de honor en las fiestas de aquel año. Personalmente prefiero charlar con Pepe. Dejar que hable. Escucharle con una sonrisa en la boca. Y transcribirlo aquí para que no se pierdan sus palabras. Pepe también es español y aragonés y caspolino. Solo que habla de otra España, de otro Aragón, de otro Caspe. Elijan ustedes el que prefieran.

 

Cuéntanos lo que recuerdes de aquel catorce de abril de 1931. Estábamos en la placeta Ramón y Cajal. Donde luego estuvo el Bar Camas estaba entonces el local de la Agrupación Republicana. Nosotros vivíamos al lado. La plaza estaba llena de gente, más de dos mil, seguro. Me acuerdo que llegó el autobús de Chiprana, con gente subida, lo llevaban los hermanos Martínez y llevaban la bandera republicana al viento. Todo el mundo había acudido al local de la Agrupación. La gente estaba muy contenta, daban vivas a la República, había mucha mucha alegría. Mi padre era republicano, acababa de salir elegido concejal. Toda la familia era republicana. Yo tenía entonces ocho años y no sabía muy bien lo que era aquello. Me acuerdo que estaba con otros chavales y le preguntamos a uno de los hermanos Lapuerta, que era más mayor, y nos dijo que aquello era la llegada de la República, que ya no iba a haber más reyes, que iba a haber libertad.

Siendo tan niño, de qué manera percibiste el cambio que la República significaba. En la Escuela se contaban otras cosas, cantábamos canciones nuevas, la vida cambió mucho. La bandera tricolor estaba muy presente. Cambió también la forma de relacionarse la gente. Yo nunca di religión en el colegio. Me acuerdo mucho de un profesor que teníamos, Don Salvador Giménez. Él también era republicano.  Hicimos una excursión a Valencia y nos llevó a ver la tumba de Blasco Ibáñez que era uno de los más grandes símbolos del republicanismo en España. A Don Salvador lo mataron luego durante la guerra. Lo fusilaron los propios republicanos. Era un hombre muy impulsivo y debió de disparar a los milicianos cuando entraban en Caspe. Lo llevaban a matar y él les decía: “Yo soy de los vuestros…” pero no le sirvió de nada. Buenos maestros teníamos.

¿Dónde recibías las clases? En las Escuelas. Yo fui uno de los niños que las estrenó al poco de que las construyeran, en 1929. Antes había ido a la escuela en lo que llamaban “El Trinquete”, que era enfrente de las Escuelas. Iba a tercero cuando llegó la República. Luego pasé al Instituto cuando lo abrieron durante la República y fui tres años, porque al cuarto lo cerraron. Aquello fue un avance muy importante que se apoderó del pueblo a todos los niveles.

Te he oído contar muchas veces que el cierre del Instituto os llevó a los niños de Caspe a manifestaros… Sí. Cuando la derecha llegó al ayuntamiento, lo que hicieron fue cerrar el Instituto que era algo que había traído la izquierda, y concretamente Marcelino Domingo que era Ministro de Instrucción Pública, nacido en Tortosa, y de Izquierda Republicana. Todos los niños de la escuela fuimos a la puerta del Ayuntamiento a manifestarnos. Gentes de derechas de Caspe nos amenazaban. Decían: “A estos zagales les pegaremos dos bofetás”. Un señor que era recaudador de la contribución levantó la gallata de forma amenazante y les dijo “Atreveos a tocarlos”… César Usón se llamaba, era vecino nuestro. Más adelante lo cogieron en Zaragoza y lo fusilaron los nacionales. Antes lo torturaron tanto que ni su mujer lo reconoció. Parece ser que tuvo la mala suerte de que el Alzamiento le pilló en Zaragoza y estando sentado en un velador de un bar, pasó por allí Arturo Latorre que lo conoció y lo denunció.

¿Cómo recuerdas aquel Caspe de la época de la República? Caspe era uno de los pueblos más grandes de Aragón. Más importante de lo que ahora es. No había diferencias sociales muy grandes. La gente no era lo que se dice pobre. Todo el mundo tenía una propiedad aunque fuera pequeña. No había obreros pobres o jornaleros, como en Andalucía o sitios así. Aunque la gente trabajara a jornal en el campo, o en las fábricas de aceite, tenían su campo donde cultivarse sus cosas y completar su economía así que no había gran necesidad. Aunque hubiera familias terratenientes, la tierra estaba muy repartida y todo el mundo vivía más o menos bien. Me acuerdo de José Latorre Blasco, el del Hotel Latorre que luego fue alcalde y que lo mataron, era un hombre con mucha personalidad, muy ”pincho”, iba al bar a tomar algo y pagaba todo lo que se hubiera tomado en el mostrador… Había buenos comercios. Alfonso Pérez, vendía tejidos y confecciones en su tienda y también iba por los pueblos. Había buenos cafés. Dos casinos que luego se juntaron, también estaba la Agrupación Republicana, el Círculo Católico donde se reunían los de derechas… en fin, que era un pueblo majo en el que la gente vivía bien.

¿Se percibían las fisuras sociales que estallarían años después? No, no había fisuras en la sociedad caspolina. La gente se llevaba bien y no había enfrentamientos. Eso fue más adelante, con la Guerra.

Tú padre fu impresor y tú también fuiste impresor durante toda tu vida… A mi padre todos le llamaban “el impresor”. De joven había sido amigo del tío Pellicer, el viejo, que tenía una imprenta pequeña y este lo sacó de la escuela y lo puso a trabajar con él. Luego se fue a Zaragoza y trabajó en Heraldo, en El Noticiero… pero le volvió a llamar Pellicer y se volvió a Caspe. Pasados los años le traspasó la imprenta.

¿Dónde estaba situada la imprenta? En los bajos de la casa de los Pellicer, en la calle Santa Lucía, enfrente de la Iglesia, esa casa de piedra tan bonita que han restaurado hace poco.

¿Cómo era la vida de un impresor de principios del siglo XX en una ciudad como Caspe? Antes no había tanto trabajo como ahora. Editamos “El Guadalope” durante muchos años. Tapia era el propietario y lo utilizaba para armar follón y luego lo dejaba un tiempo hasta que le volvía a dar por ahí. Al final era mi padre el que lo mantenía. Yo lo repartía por las casas a los suscriptores que serían unos trescientos o cuatrocientos. Se perdían perras con él pero les gustaba… También editamos “Trabajo” de la derecha y “Nosotros” de la izquierda. Todos los hacía mi padre. Editábamos lo que nos encargaban y con todos muy a gusto aunque mi padre, como buen impresor, era de izquierdas.

¿Sufrió represalias tras la guerra? No, porque era muy mayor y además tenía buenos amigos en los dos bandos. Mi padre intervino en favor de Valién cuando la guerra. Luego él, que fue alcalde, se portó bien con nosotros. Nos devolvió la imprenta.

Tus peripecias durante la guerra son dignas de una buena novela. El 18 de julio cayó en sábado. Mi madre había subido a Zaragoza con el ligero a pasar unos días con la familia. Mis hermanos iban con ella. Yo me había quedado en Caspe con mi padre. No volvimos a vernos hasta que la guerra terminó, tres años después. Nos comunicábamos a través de un representante comercial que tenía Valién en Francia. Le enviábamos a él las cartas y este las volvía a enviar a Zaragoza a través de la zona nacional.

Tú eres unos de los pocos capacitados para desvelar uno de los grandes mitos caspolinos en torno a la guerra. ¿Realmente llegó a estar Durruti en Caspe? Durruti no estuvo en Caspe nunca. Si hubiera estado yo lo hubiera visto.

Quienes sí estuvieron fueron Ortiz y Ascaso y, en general, todos los mandos de la Columna Sur Ebro. Sí. Yo los conocí y los traté a todos. Nosotros vivíamos en la casa de Pellicer, mi padre se la cuidaba al tío Pellicer, y ellos la frecuentaban mucho invitados por el hijo que era abogado y llegó a ser consejero de Justicia con el Consejo de Aragón.

¿Los recuerdas como bestias sedientas de sangre, vestidos con taparrabos y tal y tal? No. No eran bestias ni mucho menos. Para mí eran muy buena gente, educados y correctos. En aquel comedor había veces que estábamos quince o veinte a la mesa. Me acuerdo que cuando hablaban de chicas, me enviaban a la cocina. Yo tenía toda su confianza y conmigo se portaban muy bien. De Barcelona me traían cosas, regalos, lápices, libros de dibujos. Una noche estaba Ortiz tocando el piano. En realidad no era un piano sino una pianola de esas que tocan solas pero él hacía como si tocara cuando solo le daba a los pedales. Los famosos “de la calavera”, los de Fresquet,  pasaban por la calle y al escuchar el piano debieron de pensar que allí vivía un rico o un burgués y subieron. Tocaron la puerta y abrí yo. “¿Quién toca el piano?” dijeron. Y en esas que salió Ortiz con la pistola en la mano y bajaron todos las escaleras corriendo… Yo no puedo hablar mal de los anarquistas. Eran gente honrada y respetuosa. Ortiz era muy majo. Yo estuve allí con ellos y fui testigo de todo, era un zagal y todo me parecía divertido. Alguna vez incluso me llevaron de excursión con ellos a ver los frentes de guerra que había camino de Zaragoza.

También fuiste testigo de hechos lamentables. Sí, claro. Se hicieron muchas barbaridades, muchas tontadas, como desenterrar a las monjas. A las monjas las trataron bien en general, las llevaron a casas de gente, las escondieron… pero se les ocurrió desenterrar los cadáveres de las monjas del convento de las encerradas. Yo subí con milicianos a verlas. Habían dejado las momias en el patio. Me acuerdo que me quedé encerrado medio a oscuras con aquellas monjas y pasé mucho miedo.

¿Qué hacéis cuando los nacionales toman Caspe? Lo que todo el mundo: evacuar a Barcelona. Echamos a andar por la vía del tren hacia Cataluña. Me acuerdo que en la estación de Valdepilas nos encontramos precisamente con tu abuelo que estaba allí porque el jefe de estación era pariente suyo. Con su socarronería nos preguntó: “¿Adónde vais?” Cuando le explicamos que los nacionales estaban a punto de entrar en Caspe se echó a reír. Mi padre y yo y el tío Gaya, que era zapatero remendón, seguimos caminando hasta Nonaspe y de allí a Mora de Ebro. Cual sería nuestra sorpresa al llegar a Mora que allí estaba ya tu abuelo. “Jodo, si me descuido me cogen” nos dijo como si nada.

¿Cómo os organizáis en Barcelona? Mi padre encontró trabajo en el hotel Ritz, en una pequeña imprenta del propio hotel donde imprimían los menús y todo eso. Yo también empecé a trabajar allí de aprendiz. Vivíamos en una patrona y nos relacionábamos con muchos caspolinos que habían ido llegando y que frecuentaban el centro aragonés. Había dos centros, por entonces. El de la calle Costa y otro más.

¿Y después de Barcelona? Mi padre pasó a Francia con el tío Soler. Yo me quedé en Mataró con una tía mía. Y de Mataró volví a Caspe. Mataró lo ocupó la Littorio, división de italianos fascistas. Ese día vinieron varios cazas republicanos y dispararon sobre todos nosotros. Y yo venga a animarlos porque eran de los míos aunque entonces me estaban disparando a mí.

(aquí interviene la esposa de Pepe) Yo pasé la frontera nevada envuelta con una mantica. Mi hermano Jesús, con un año solo, iba en brazos de mi madre. Me acuerdo de las hogueras que hacía la gente con ruedas de coches y camiones para calentarse, todos íbamos con la cara tiznada. Pasamos a Francia por Puigcerdá y la gente echaba en el suelo sacos abiertos y sabanas que llevaban encima para que pudiéramos pasar por la nieve resbaladiza sin caernos. Cuando veo esas cosas en la tele o en películas aun me emociona. Los franceses nos alojaron en un colegio, era enero o febrero y no había más que agua fría. Se portaron fatal con nosotros. Desde entonces no he vuelto a comer ni guisantes ni zanahorias porque fue lo único que nos dieron de comer.

¿Cómo fue la vuelta a Caspe? ¿Tuviste problemas? No. Teníamos muchos amigos de derechas, Teodoro Fuster, Roque “el cestero”, Valién… Yo me integré enseguida en el nuevo Caspe y nunca tuve problemas. Hasta estuve un mes en un campamento en Pinseque haciendo entrenamiento falangista…

Hasta que, ya en Democracia, te integras en el PSOE local y te lanzas a la política. Manolo Callao vino a buscarme para fundar la agrupación local del PSOE de Caspe. Nos reunimos en una torreta por Cauvaca. Ya se había muerto Franco. Había una vigilancia floja por parte de lo que quedaba del Régimen. La Guardia Civil venía por la imprenta a preguntarme qué pasaba. Lo sabían todo… Estuve ocho años en el ayuntamiento como concejal de muchas cosas. De Hacienda muchos años.

¿Fue una experiencia satisfactoria? Sí, sí que lo fue. Trabajamos mucho, hicimos muchas cosas para Caspe. Joaquín Cirac me animaba mucho a seguir, hasta que un día me sorprendió con que era él el que dejaba el PSOE. Casi fui concejal por Joaquín. Él, Asun Bru y yo hacíamos piña dentro de la agrupación, éramos los rebeldes que siempre votábamos en contra de casi todo. No me arrepiento de haber pasado por la política local, lo pasé muy bien. Trabajaba muchas horas en la imprenta y también en el ayuntamiento.

Terminamos siempre con una recomendación de libros, cine y música. Uy… de cine y música no te podría decir ahora.  De libros sí. He leído muchísimo siempre, a veces tres y cuatro libros a la semana. Iba mucho a la biblioteca. Ahora leo menos. No sé qué libro decirte. Me acuerdo ahora de “Un saco de canicas” de Joseph Joffo y mi favorito diría que es “El desertor” de Lajos Zilahy.

Jesús Cirac

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