Monday, Nov. 18, 2019

Ramón J. Campo. “Canfranc es como un melón enorme del que la historia del oro es solo una tajada”

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2 Nov ’12

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Ramón J. Campo. “Canfranc es como un melón enorme del que la historia del oro es solo una tajada”

Mira Editores acaba de reeditar un viejo, y exitoso, trabajo del periodista oscense Ramón J. Campo. Con el título de “Canfranc. El oro y los nazis” se nos ofrece la versión revisada y ampliada de aquel “El oro de Canfranc” (2002. Ibercaja, Biblioteca Aragonesa de Cultura) que tantas alegrías diera a su autor. Diez años después, Ramón J. Campo no solo es diez años más viejo y más sabio. Además de saborear las mieles de su trabajo ha tenido que afrontar duras pruebas vitales y ha asistido, paciente pero alerta, a la ampliación, con nuevos datos y testimonios, de su particular campo de batalla. Ni que decir tiene que su libro encaja como un guante en las aspiraciones de “El agitador” y que, además de reseñarlo, queremos contar con el testimonio de su autor para nuestra sección semanal de entrevistas. No me resulta difícil contactar con Ramón ni sumergirme de su mano en una profunda piscina repleta de palabras. Durante las casi dos horas que dura nuestro encuentro hablamos tanto, y de tantas cosas, que prácticamente agotamos todas las posibilidades expresivas del castellano.

 

¿Por qué te interesa tanto Canfranc? ¿Tienes allí vínculos familiares? No, yo soy de Huesca capital. Lo que pasa es que, con nueve años, pasé allí unas vacaciones con otros niños, y se me quedó grabado como un lugar mágico, especial. Ya sabes, estar sin tus padres, solo por primera vez. Siempre me ha marcado Canfranc.

De alguna manera, al cabo de los años, el destino te ha permitido devolverle a Canfranc todo lo que te dio de niño. Sí, no ha sido premeditado, pero así ha sido.

Vayamos al principio, a tus primeros contactos con la historia del oro. Estaba trabajando en la redacción de Heraldo de Aragón. Era un verano tranquilo sin demasiada presión informativa…

Sin “ecce homos”. (risas) Estábamos en agosto y de pronto llegó un teletipo de la Agencia EFE desde Suiza. Era una cosa muy vaga, apenas una mención al tema del oro en el periódico “Le Temps”. En esta historia tienen un papel importante los suizos y suizo fue el único medio que decidió interesarse por el descubrimiento que Jonathan Díaz hizo en la estación. Para mí aquel teletipo fue una intuición muy fuerte. Vi enseguida la pista que conducía a algo importante y, ese mismo día, me puse en movimiento. Llamé a Paco Coduras, un hostelero de Canfranc, y él me puso sobre la pista de Jonathan. Al día siguiente ya estaba yo en Etsau, Francia, con Oliver Duc, fotógrafo de Heraldo, hablando con Jonathan, viendo y tocando el material. Enseguida me di cuenta de que aquello era una bomba.

Hablemos de Jonathan Díaz. ¿Cuál es su papel en esta historia? Su papel es fundamental, clave. Sin él nunca se hubiera llegado a saber nada del oro. Jonathan es un personaje único. Un producto típico de la frontera, con mucha mucha miga. Es francés pero hijo de españoles. Sus padres no eran exiliados políticos pero tuvieron que padecer la ocupación nazi y eso a Jonathan le hizo sentir siempre un gran interés por el tema. Es un tipo muy inquieto, montañero, fotógrafo, curioso por definición. Puede decirse que conoce la Estación como nadie. Desde el cierre del tráfico por ferrocarril en marzo de 1970, la comunicación entre el lado francés y el español tenía lugar por autobús. Jonathan era en aquel entonces conductor de ese autobús, lo cual le llevaba a viajar todos los días a Canfranc. Debido a ese carácter inquieto al que me refería, Jonathan, en lugar de pasar el rato en el café o echando una cabezada en el coche entre viaje y viaje, se dedicó a recorrer todos los rincones de la Estación. En uno de esos paseos dio con los papeles que demostraban el paso por la frontera del oro y el wolframio.

Lo que cuentas es casi como un acto de justicia poética. El conductor del autobús, el sustituto de ese ferrocarril que los nuevos tiempos parecen querer dejar atrás, es, sin embargo, el encargado de devolverle el protagonismo a ese ferrocarril, de conseguir que se vuelva a hablar de él en muchos foros, de ponerle de nuevo bajo los focos, de narrar la historia de su ascenso y caída. Sí, es casi como cerrar un círculo. Pero es que, además, él no encuentra los papeles en una cámara acorazada, o en un almacén, perfectamente ordenados y clasificados. Los papeles estaban tirados por el suelo del muelle postal como si fueran basura, desordenados, sucios, rotos… Al alcance de cualquiera. Cuando los tuve entre mis manos, ese mismo día, pensé que era un milagro que hubieran resistido y llegado hasta nosotros, eran tan débiles y estaban en tan mal estado…

¿Arrambló con todo lo que pudo o fue selectivo? Conocía muy bien la Estación y pasaba allí muchas horas. Tuvo tiempo y solo se interesó por los papeles que tenían que ver con el periodo de la Segunda Guerra Mundial que era el que a él le interesaba.

Sigamos con el relato de aquel día en que conociste a Jonathan. Al volver de Francia, por la tarde, ya estaba yo en Canfranc entrevistando a dos personas que habían tenido conocimiento directo de la Historia. Te hablo de Daniel Sánchez y su esposa Victoria Labarta. Él trabajó en el transporte del oro y ella llegó  a tocar con sus propias manos los lingotes. En el mismo día había tenido contacto con la realidad digamos burocrática del asunto, a través de los papeles de Jonathan, pero también con la realidad emocional a través de la memoria de aquellas dos personas. La cosa no solo prometía. Recuerdo que Victoria me dijo: “Ramón, ¿no nos pasará nada por hablar de esto?”

En relación a la importancia que das a la providencial intervención de Jonathan Díaz en su papel de rescatador único de las pruebas únicas de un tráfico tan prolongado en el tiempo y de tal volumen, me resulta difícil aceptar que, de no haber intervenido algo tan parecido al azar, el asunto se hubiera olvidado para siempre. ¿De verdad nunca se había hablado del tráfico del oro y los minerales antes de que un chofer de autobús con instinto decidiera llevarse de una estación abandonada algo que no era suyo? Digamos que esa es la segunda parte de la historia. Cuando Jonathan fue consciente de lo que había descubierto, lo primero que hizo fue ponerse en contacto con todos los medios de comunicación que pudo para intentar sacar a la luz su descubrimiento. Pero no tuvo éxito. Nadie le hizo caso. Solo el diario suizo del que hemos hablado antes.

Bueno, y también tú. A eso iba. Cuando yo leo el teletipo, no soy completamente ignorante del asunto. Ya tenía algún conocimiento aunque me había llegado por un camino totalmente distinto. Mi madre fue durante mucho tiempo jefa de telefonistas en Huesca y, lógicamente, tenía contacto con las telefonistas de Canfranc. Durante los sesenta por Canfranc pasan muchos cargamentos de cítricos de Valencia camino de Francia. La actividad que eso generaba hacía que hubiera muchas llamadas telefónicas con destino u origen en Canfranc. Mi madre me contaba que, cuando les decía algo a las telefonistas de Canfranc acerca del gran número de llamadas que se producían, ellas siempre le contestaban: “pues, anda, que si hubieras conocido los tiempos del oro…”

¿Quieres decir que, antes de conocer a Jonathan, tú ya estabas sobre la pista del oro? Sí, en mi casa el misterio del oro de Canfranc era algo de lo que se hablaba desde siempre.

Otro círculo que se cierra. Sí. Además mi madre conocía a Mariano Aso. Aso era el principal agente aduanero de Canfranc. Su agencia era muy potente. Para que te hagas una idea de su potencia, el día en que se inauguró la Estación, en 1928, pagó un anuncio de media página en el Heraldo. Mi madre, que ya lo conocía de la época de telefonista, coincidió con él en Zaragoza años después y él le contó cosas relacionadas con el oro que luego mi madre me contó a mí. Yo mismo hablé con él y en una de esas conversaciones me mostró una foto en la que pude identificar camiones suizos. Aso es, un poco, el que me abrió los ojos.

Entre 1939 y 1945, coincidiendo con la Segunda Guerra Mundial, la Estación internacional de Canfranc vivió su época de mayor esplendor. Aprovechando las dificultades que para el tráfico de mercancías presentaban los pasos más habituales de Irún y Port Bou, Canfranc se convirtió en una de las principales vías de comunicación entre la España de Franco y la Alemania de Hitler a través de la Francia ocupada. Por ella siguieron pasando pasajeros y mercancías convencionales pero a ese tráfico se unió también el de espías, judíos que escapaban de la persecución nazi, soldados aliados, maquisards, obras de arte, oro expoliado en los bancos de los territorios ocupados por el ejercito alemán o robado a los judíos enviados a los campos de exterminio, metales como el wolframio gallego o el hierro turolense destinados a la poderosa industria armamentística germana. A través de Canfranc se producía aquel tráfico secreto que suponía una flagrante vulneración de las prohibiciones decretadas por los aliados. A través de Canfranc los alemanes se abastecían de metales en un mercado internacional que la guerra les había cerrado al tiempo que España reponía, acopiando oro robado en Europa, las reservas del preciado metal esquilmadas durante la Guerra Civil. Aquella estación internacional se convirtió, durante unos años en un remedo “avant la lettre” de la famosa Casablanca recreada por Michael Curtiz en su legendaria película. En la historia levantada por Jonathan Díaz y culminada por Ramón J. Campo no habrían de faltar ni cafés frecuentados por todo tipo de personajes, ni oficiales de las SS, ni aventureros, ni resistentes, ni policías dispuestos a mirar hacia otro lado, ni siquiera hombres buenos capaces de arriesgarlo todo por una idea.

Hablemos ahora de Albert Le Lay. Le Lay es el gran personaje de esta historia. Entre 1940 y 1957 fue el jefe de la Aduana francesa y, al mismo tiempo, responsable de la Resistencia en Canfranc. Era conocido como el “rey de Canfranc” y su casa como la “segunda embajada de Francia en España”. Era bretón y, como tal, valiente y tozudo. Al estallar la guerra pidió ingresar en la Resistencia pero le dijeron que donde mejor estaba era en Canfranc. De alguna manera todos tenían claro que aquel iba a ser un punto estratégico durante el conflicto y querían a un hombre como Le Lay controlándolo. Tuvo que convertirse en un hombre de acción casi a la fuerza.

¿Qué fue de él? Gracias a su actividad se consiguió establecer una comunicación fluida entre el sur de Francia y la zona aliada. Ayudó a pasar mensajes, agentes, evadidos, material… Su actividad resultó clave. En 1943 tuvo que escapar de Canfranc cuando la GESTAPO estrechó el cerco sobre la red que él había montado. Con ayuda de amigos españoles consiguió atravesar España y llegar a Argel donde se puso a las órdenes de las fuerzas de la Francia Libre. Lo curioso es que, después de la guerra, quisieron nombrarle ministro pero él se negó. Volvió a Canfranc a seguir con su trabajo donde permaneció hasta 1957. En esta edición del libro incluimos una fotografía en la que Albert Le Lay aparece en compañía de Ángel Sanz Briz. Es una foto tomada en Madrid en los años sesenta cuando el Gobierno español decidió concederle a Le Lay la medalla al Mérito Civil.

¿Qué hacía allí Sanz Briz? ¿Se conocían? Eran amigos y acudió a acompañarle en ese día. Recordemos que Ángel Sanz Briz era diplomático y que, durante la Guerra, salvó a más de cinco mil judíos en la Embajada española de Budapest. Lo mismo que Le Lay. ¿A cuantos salvó Le Lay? Ni lo sabemos ni creo que nunca lo sepamos pero estoy convencido de que fueron muchos. Él mismo pagaba de su bolsillo el billete de tren a muchos de los que llegaron a Canfranc sin dinero y expuestos a caer en manos de los agentes de la GESTAPO.

¿Ha reconocido el estado judío la labor de Le Lay como hizo con la de Sanz Briz? No, y me imagino que tiene que ver con esa dificultad de contabilizar el número de personas a las que ayudó y también con la discreción con la que llevó todos estos asuntos. Nunca quiso que se le reconociera su importante labor.

Pongamos que Canfranc es Casablanca. Está claro que Albert Le Lay sería un híbrido entre Rick y Victor Laszlo. ¿Quien sería el capitán Renault, el gendarme tramposo pero patriota? Salvando las distancias, yo creo que en ese papel más ambiguo podría encajar perfectamente Mariano Aso. Como principal agente aduanero de Canfranc, por sus manos pasaron gran parte de los cargamentos, tanto de oro, como de metales, como de cualquier otra cosa. Así que, por un lado, era un elemento necesario en el tráfico, con buenas relaciones con al autoridad. Por otro lado fue Félix Aso, el padre de Mariano Aso, el que ayudó a escapar a Le Lay cuando la GESTAPO quiso echarle el guante. Y luego fue alcalde de Canfranc durante el franquismo. Estuvo en todos los sitios.

¿Y el café de Rick? Salvando también las distancias, está claro que sería la Fonda Marraco. Allí se hospedaba todo el mundo, de un lado y de otro. A la presentación del libro en Madrid acudieron Santiago Marraco (primer presidente autonómico de Aragón) y José Antonio Labordeta y ambos recordaron lo que fue la Fonda. Labordeta se hospedaba allí con su familia durante los veranos. Veraneaban siempre en Canfranc y tenían buena amistad con la familia Marraco. El padre de Santiago era un veterano republicano que solía ser detenido periódicamente por la autoridad franquista. A Labordeta, que estudiaba en el Colegio Alemán de Zaragoza, no le extrañaba nada ver aquellas banderas nazis con la esvástica ondeando en la Estación durante la ocupación porque también las veía en el Colegio.

¿Hasta donde llegan esos paralelismos con Casablanca? Como Casablanca, Canfranc tenía una gran importancia estratégica y económica y por eso los nazis la ocuparon. Como en Casablanca por Canfranc pasaban miles de personas desesperadas buscando una oportunidad de escapar de lo que se les venía encima. Lo especial de Canfranc es que es como un melón enorme del que la historia del oro es solo una tajada y también es especial el papel desempeñado por los canfraneros. La gente de Canfranc colaboró con los resistentes. Los propios republicanos canfraneros de la 43ª División contribuyeron a liberar Canfranc de los nazis. Canfranc es una mezcla de flujos, oro, metales, espías, judíos, obras de arte… Yo mismo les decía a las personas que se encargan de mostrar la Estación que no dijeran que era como el Titanic porque no se hunde. Me parece mucho más adecuado decir que es más bien como un dinosaurio enterrado al que solo el trabajo paciente de un paleontólogo que va sacando trozos de huesos, que luego clasifica, da sentido hasta que, al cabo de mucho tiempo, todo queda a la luz.

¿Cuanto crees tú que queda todavía por “excavar”? Yo diría que conocemos un treinta por ciento de la realidad. Estoy convencido de que en muchos archivos europeos y americanos hay información sobre el asunto que todavía no conocemos y que nos deparará grandes sorpresas.

¿Qué restos de aquel Canfranc casi legendario quedan hoy en pie aparte de la Estación? Queda el recuerdo. Y queda el orgullo de saber que la gente de Canfranc supo estar a la altura de las circunstancias en momentos muy difíciles. Y también quedan las ganas de que se sepa todo aquello. Es curioso, pero Canfranc es un pueblo en el que la tradición republicana sigue siendo muy fuerte. Es un pueblo de izquierdas y no es extraño que la tricolor sea izada en el Ayuntamiento. Yo he presenciado homenajes a republicanos en los que la bandera republicana presidía el salón de plenos del Ayuntamiento. Piensa que en aquella época Canfranc dio hijos como Antonio Beltrán, el “Esquinazau”, el mítico líder de la 43ª División y otros muchos de sus compañeros, como Hilario Borau o Francisco Cavero, que fueron auténticos personajes de novela, verdaderos héroes, primero en la guerra de España y luego en la europea. Aquellos hombres perdieron una guerra en su país pero fueron capaces de ganar una todavía más larga y cruel fuera de él. Fue frustrante para ellos ver que, después de tanto luchar, en España no se consiguió apear a Franco del poder una vez que sus aliados italianos y alemanes hubieran sido vencidos. Todos esos hombres aparecen en el libro.

Esos hombres que sirvieron a dos patrias fueron poco recordados en la que les vio nacer ¿recibieron mejor trato en Francia? Sin duda, allí se les recuerda y valora más que en España.

De tu aventura quizá lo que más me llama la atención es el de hecho de que seas periodista. En un tiempo en que la prensa encara una profunda crisis y en el que vuestro oficio puede ser usurpado por cualquiera que tenga en casa un teclado y el suficiente ego como para ponerse a accionarlo, lo tuyo tiene mucho que ver con el periodismo clásico. El del tipo que husmea, encuentra y destapa llegando hasta donde tenga que llegar. Lo de siempre, vamos. Algo que, leyendo la prensa de hoy, parece casi de otro tiempo, casi “vintage”, por usar un término cursi pero muy de moda. Los periodistas deberíamos ser como “la vieja del visillo” de José Mota (risas) y observar la realidad con perspectiva y criterio buscando siempre sorprender al lector. Creo que eso es el periodismo y lo demás es otra cosa. Este verano pasé unos días con mi familia en Londres y recuerdo que estábamos en un restaurante de Carnaby Street en el que servían vino de garnacha de una bodega de Cariñena. No pude dejar de ver aquello, que tampoco tenía tanta importancia, como el principio de una historia interesante. Ese es mi oficio.

¿Cuál ha sido la recompensa a tanto trabajo? Como periodista estoy muy satisfecho. Hemos conseguido dar la vuelta al mundo con esta historia. Hemos salido en medios franceses, alemanes, hasta japoneses. La periodista de “Le Monde” que cubrió la noticia dijo que estaba fascinada y que la Estación le parecía una cosa tremenda, decadente, fantasma. También hemos conseguido ir más allá de la presencia solo en prensa. Está el libro, con esta segunda edición. También tuvimos presencia en la red  con una web cuando eso era algo todavía poco habitual e hicimos el documental en 2005 que ha tenido muy buena acogida. También hemos ganado algún premio que otro. A nivel personal me ha permitido conocer a mucha gente interesante, entre otros a Jonathan Díaz con el que mantengo la amistad desde entonces y al que sigo viendo periódicamente.

¿Te ha cambiado eso en algo? ¿Has mejorado tu estatus profesional? (risas) Yo para la gente soy ya “el del oro” o “el del Yak”. He vivido algunos momentos difíciles en lo personal que, por suerte, ya han pasado y he aprendido a desdramatizar muchas cosas así que tampoco me preocupo demasiado. Digamos que me conformo con las alegrías que me ha proporcionado, aunque también hay sinsabores.

¿Sinsabores? Hay gente que se ha pegado como una lapa a la historia y, en este momento, existen varios proyectos de gente que nos ha dado la vuelta para aprovecharse del asunto sin contar con nosotros.

Pero imagino que RENFE, al menos, te habrá dado las gracias… (risas) Mira, (me muestra el pin que luce en su solapa) me lo han regalado este mismo fin de semana los de la Asociación de Ferroviarios Españoles. De RENFE no he tenido ninguna noticia.

Supongo que sabes ya que tienes entre manos un pedazo de novela y supongo que no soy el primero que te lo dice. Sí, sí. Es una historia que merece una novela y más pero eso lleva muchísimo trabajo. No creo ser muy capaz de sacarla adelante a día de hoy. En 2003 fui seleccionado para la Semana Negra de Gijón, donde por cierto recibí una mención especial, y me acuerdo que el escritor cubano Justo Vasco me dijo: “rehaz el libro”. Bueno…

¿En qué fase está ahora el proyecto? ¿Tienes planes para el futuro? De momento, estamos con esta edición del libro, que casi está agotada, y en estos días el editor lo lleva a la Feria de Frankfurt donde hay serias posibilidades de que sea traducido al alemán y puede que al inglés. También es posible que acabe convertido en guión de una película.

Terminaremos la entrevista como la terminamos siempre. Recomienda un libro, un disco y una peli. Peli: “El tercer hombre” o “El Pianista”. Disco: Yo soy muy de los Dire Straits, “Brothers in arms” es muy bueno y también el “Sgt Pepper´s” de los Beatles. Libro: me gusta mucho “Manhattan Transfer” de John Dos Passos y en general los escritores rusos. Me han gustado siempre los cuentos de Chejov, me gusta su forma de contar las cosas. En realidad, los periodistas somos cuentacuentos.

Ramón es un tipo humilde y agradable que habla de su largo proyecto con una sencillez absolutamente desafectada y sincera. Me encuentro muy a gusto charlando con él. Me interesa lo que dice y simpatizo con la forma en que lo dice. Por otro lado está la cercanía generacional. Apenas nos separan dos años y eso se nota. Comparto su fascinación casi infantil por aquellos años, por aquellos hombres y aquellas mujeres. Comparto también la mayoría de sus referencias culturales. Después de agotar todas las posibilidades expresivas del castellano podríamos haber continuado en inglés, francés, urdu o, ya que le gusta Chejov, ruso pero es bueno que las cosas tengan un principio y un final y lo suyo es despedirse. Puestos a ponerle pegas a la experiencia le pondría solo dos: Una: a mí, además de a Casablanca, aquel Canfranc me recuerda también a la taberna galáctica de la primera parte de la Guerra de las Galaxias con sus Han Solo, sus soldados imperiales, sus caza recompensas y sus caballeros jedi. Y dos: No puedo con los Dire Straits. Pero esto último prefiero guardármelo para el próximo encuentro.

Jesús Cirac

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