Un Palermo que no está en Sicilia
Sin duda ya sólo el topónimo de estas pequeñas elevaciones al sur de la partida de Fontet en el término municipal de Caspe llama la atención de cualquiera. Allí fue mi primer contacto con la arqueología de campo, como estudiante, y la verdad es que daba gusto decir que mi primer verano de excavaciones lo había pasado en Palermo. Al volver a Zaragoza todos mis compañeros pensaban que me había ido a la isla mafiosa. La realidad era mucho más cercana y tal vez, un poquito menos de la cosa nostra.
Su nombre se puede relacionar con el término griego Πάνορμος (lugar cómodo para anclar) y lo vincularía con su homónimo Palermo siciliano y a unos cuantos enclaves más de la hoy tan desdeñada Grecia continental y sus islas. Podríamos hablar así de un término muy orgullosamente helénico entre la extensa toponimia caspolina.
Pero tengamos cuidado, todos los demás Palermos tienen en común su inmediatez al mar, mientras que el caspolino convive con aguas menos bravas y un cauce fluvial: la Balsa y la Val Palerma y el muerto arroyo del Regallo. Una sutil diferencia cuantitativa y cualitativa. La primera (antes del siglo XVI y de la construcción de la Acequia Principal que nace en el azud de Civán en el Guadalope y que ahora pasa por ella) debía ser un área endorreica como las cercanas Salada y Estanca. La acequia comentada le dio una estabilidad del nivel de agua que antes no debía poseer. El segundo y hasta hace dos milenios más o menos, era un verdadero río, cuyo cauce hoy apenas podemos diferenciar entre los intensos cultivos de regadío y el mar artificial de Aragón (publicitado como turístico) en el que desemboca al oeste de Chiprana.
El paraje además, al menos desde la Edad Media, era bastante transitado por el inmediato camino que unía Caspe con Samper de Calanda y a partir del siglo XVI por los agricultores de los regadíos existentes al norte de la Acequia Principal.
Y bien, ¿qué hay en este Palermo que no está (creo) en Sicilia? Pues hay varios yacimientos arqueológicos. Piedras por doquier testimonio de varias poblaciones que allí existieron desde más o menos el año mil antes de la Era hasta el siglo III después de ella. Resumiendo, durante mil trescientos años allí vivieron y murieron gentes de las que no sabemos apenas nada.
A pesar del olvido, quienes por sus trabajos pisaban sobre aquellas ruinas en dirección a sus campos o pastoreando, siempre tuvieron claro que allí había habido algo más que romeros, y en la tradición popular local quedó claro que en ese Palermo de secano hubo un pueblo.
Pero durante gran parte de nuestra historia fue intrascendente o poco útil saber algo más sobre ese pasado arruinado.
El siglo XIX verá aparecer nuevas corrientes de pensamiento que motivarán la plasmación por escrito de las glorias pretéritas de pueblos y ciudades. En ellas figurarán, casi por obligación, referencias a tiempos inmemoriales que beberán de esa tradición local conocedora de lo que había en cada término municipal. Así, el religioso Valimaña, con más buena intención que acierto, enumerará a mediados de siglo entre esas antiguas poblaciones de las cercanías de Caspe a Palermo. Lo malo es que sus manuscritos no verían la luz parcialmente más allá de su casa hasta pasados cincuenta años y completamente casi cien años después.
Hacia 1880, como ya hemos comentado en otra de las notas de esta web, llegó a Caspe el reusense Cels Gomis por tareas ligadas a su trabajo en la planificación de la vía férrea que al sur del Ebro uniría Zaragoza con Barcelona. Entre sus aficiones se encontraba la del excursionismo, y en tierras bajoaragonesas lo practicó a conciencia. A él debemos las primeras descripciones racionales publicadas de lo que había y hay en Palermo. Además dejó testimonio de la afición de algunos ilustres caspolinos por coleccionar restos de aquellas antigüedades: caso del (como no) farmacéutico Mariano Uriol y Altemir o del (como no) médico Sebastián Velilla e Insa. Éste último también comentaría brevemente en su libro sobre los baños de Fonté algunos apuntes sobre Palermo. De lo que ellos coleccionaron, a día de hoy, por supuesto no ha quedado nada de nada.
Por desgracia también, los varios e interesantes artículos de Gomis, editados en Barcelona, no fueron tenidos muy en cuenta por las élites intelectuales de entonces (más que seguro por su pensamiento y militancia en el primer anarquismo peninsular) y nuestro Palermo siguió en el limbo del olvido.
Iniciado ya el siglo XX, el calaceitano Santiago Vidiella (alma mater del Grupo de Boletín de Historia y Geografía del Bajo Aragón) pasó unos días en el balneario de Fonté y como ya ocurriera con Gomis, de los pocos entretenimientos que ofrecía el lugar estaba el de las pequeñas excursiones a las cercanas ruinas de Palermo y La Tallada. Aquello interesaba verdaderamente a D. Santiago y compartió sus experiencias con sus compañeros de tareas investigadoras los bajoaragoneses Lorenzo Pérez Temprado y Maties Pallarès.
Estas noticias harían que el primer arqueólogo titulado visitará la zona en 1916: el catalán Pere Bosch Gimpera acompañado por el hijarano Lorenzo Pérez Temprado llegan a prospectar la desembocadura del Regallo en el ferrocarril que años atrás había sido proyectado por el excursionista e ingeniero reusense. Uno de los lugares visitados de nuevo es Palermo donde se descubren varios fragmentos de estelas ibéricas que publicaría Bosch en 1923.
Por su parte, y con posterioridad, Lorenzo Pérez Temprado (entonces secretario de Fabara) a la par que realizaba los trabajos arqueológicos en La Tallada durante el cambio de década de los años veinte a los treinta inició una serie de campañas en Palermo, pero por los testimonios gráficos y los dejados en el terreno sabemos que tales tareas solo se desarrollaron en lo que después se llamó Palermo III-IV.
No será hasta las prospecciones del arqueólogo y buen profesor caspolino Manuel Pellicer Catalán en los cincuenta que el lugar regrese a la bibliografía por labores científicas desarrolladas en él para la realización de su tesis doctoral. Describió y delimitó a partir de sus investigaciones en el entorno suroccidental de la Balsa Palerma cinco enclaves de ocupación:
Palermo I: yacimiento ocupado principalmente durante todo el periodo ibérico.
Palermo II: al norte, con ocupación del Bronce Final e Ibérica.
Palermo III-IV: al noroeste, con ocupación del Bronce Final.
Palermo V: al este, con ocupación del Bronce final, Ibérico y Periodo Romano.
A ellos se ha de añadir junto a Palermo III-IV la presencia de una villa romana altoimperial. Para finalizar habrá que esperar a los años ochenta cuando Andrés Álvarez vuelve a excavar, pero en la zona prehistórica de Palermo III-IV.
Una propuesta de visita: el sistema defensivo meridional de Palermo I
Para estas notas nos centraremos en los restos más monumentales de Palermo I.
El lugar merece una visita y tal vez puedan interesar como simple guía a quien quiera hacerlo. Evidentemente nosotros lo recomendamos.
Lo primero a destacar es que el yacimiento no ha tenido nunca una excavación arqueológica científica. Sí la ha tenido por motivos particulares, de los que jamás obtendremos ninguna información salvo constatar las destrozas producidas: éstas van desde los agujeros hechos por los buscadores de “tesoros” hasta las animaladas que algún ababol caspolino encargó hacer con maquinaria pesada para poner sus colmenas no hace muchos años.
A pesar de ello y a partir del análisis de materiales cerámicos de nuestras prospecciones junto con las referencias de Manuel Pellicer podemos suponer con cierta verosimilitud su ocupación entre los siglos VI y I a.C. aunque con un marcado predominio de elementos fechables entre el II y I a.C., siendo esta última la centuria en la que se produjo su destrucción definitiva
Respecto a la extensión que pudo tener el poblado ibérico entre los siglos III a.C. y I a.C., Manuel Pellicer consideró que los restos en la cima y las laderas de la continuación del paleocanal hacia el norte pertenecen a otro poblado: Palermo II. Cierto es que en algunos puntos de esa parte superior los materiales cerámicos y estructuras parecen ser del Bronce Final, pero ya señalaba que en las viviendas de la pendiente se recogen en superficie materiales ibéricos. Nosotros proponemos la unidad de los dos asentamientos. Además se añadiría al conjunto, dada la concordancia temporal de los hallazgos y su inmediatez, el área al oriente también diferenciada por Pellicer como Palermo V.
Así se vendría a confirmar un modelo de poblado durante el Ibérico Tardío como el deducido de Torre Cremada en el Matarraña o del cercano de La Tallada con edificaciones en las laderas y pies de ellas, bajo el amparo de una acrópolis.
A pesar de la falta de excavación son varias características las que denotan un destacado grado de complejidad y sin duda es la zona sureste el principal ejemplo. Allí la acrópolis alcanza su mayor altura. En algún momento una excavación incontrolada puso en evidencia parte de la esquina suroeste de una gran torre a tenor de lo cual podemos aventurar que se trata de una construcción de planta cuadrangular de considerable envergadura. El ancho de sus muros de mampostería supera el metro. Hacia su lado este y sobre el cordón arenisco se levantaron al menos dos plataformas escalonadas de contención para asegurar su sustento. El lienzo meridional de ella da paso a sus pies a un primer foso excavado sobre la misma roca de unos 5,2 m de anchura en la base que no llega a seccionar completamente en vertical el paleocanal.
En su contraescarpa se construye un muro (2,5 m de ancho) cuyo zócalo incluye paramentos de tamaño superior al metro. Al otro lado encontramos un nuevo foso que esta vez sí, prácticamente lo corta en toda su potencia vertical de 7 metros. Con una medida en su base de 5,3 m va abriendo su sección hasta su nivel superior donde alcanza algo más de 6. Las dos paredes de esta gran trinchera ponen en evidencia su origen al estar cubiertas de huellas del piqueteo perfectamente visibles.Continuando hacia el sur del relieve seccionado nos topamos con una muralla avanzada (2,6 m de ancho) también erigida con piedras de gran módulo. Su desarrollo en planta hacia el oeste se encuentra completamente perdido al haberse producido un desmoronamiento erosivo masivo. Es hacia oriente donde podemos seguirlo. Sus hiladas continúan perpendiculares al eje del paleocanal hasta su base para comenzar a describir una curva hacia el norte de forma que aíslan y protegen uno de los elementos sin duda fundamentales y vitales del conjunto del yacimiento: la balsa y el pozo excavado en la roca para acceder a ella desde la acrópolis. Tras alcanzar unas grandes rocas naturales las ruinas de un gran corral moderno impiden saber más sobre su continuidad de trazado en superficie.
El esfuerzo para defender los recursos de agua parece obvio aunque también se trata de un elemento que puede jugar un papel activo en la defensa como relativo obstáculo.
Resulta claro que entre nuestras carencias se encuentra la secuencia cronológica que nos informe sobre la génesis y evolución de todos estos elementos defensivos, salvo tal vez su destrucción. A falta de criterios estratigráficos, podríamos considerar razonable que la planta y el aparejo visible de la torre cuadrangular tienen un paralelo muy próximo en la del Espacio 1 de la Zona 2 de El Palao (Alcañiz, Teruel). Allí durante el Ibérico Tardío (III y II a.C.) se reformó una torre anterior de planta oval, añadiendo al exterior paramentos hasta dejarla como la que hallamos en Palermo, y además en una posición física en el poblado muy similar, justo sobre borde de un foso excavado en la roca. Por ello no consideramos descabellado que el origen temporal de su edificación sea bastante similar.
Para el resto de las estructuras comentadas, y aunque su configuración sin duda pudo ser diferente en momentos anteriores (al igual que la planta de la misma torre dado el ejemplo de El Palao), su estrecha vinculación nos hace suponer que al menos a partir de esa fecha del Ibérico Tardío convivieron como grupo defensivo meridional.
Por lo que respecta al resto de fortificaciones identificables en Palermo una excavación clandestina puso al descubierto varios muros entre los que destaca el más occidental que posee una planta semicircular. Sus dimensiones pudieron permitir interpretarlo como otra torre.
Las pendientes norte y este son las más abruptas. Esto no supuso la falta de ocupación de la zona. Son numerosos los muros que delimitan viviendas, bastante distorsionados y arqueados por la evolución erosiva de ladera. A pesar de ello, los grandes módulos de algunos de sus paramentos, así como los similares de un gran muro que desciende perpendicular a ellos puede ser síntoma de elementos defensivos ahora difíciles de interpretar.
El contexto del periodo ibérico en Palermo:
Antes hemos comentado que el conjunto de elevaciones de Palermo fue ocupado a lo largo de casi mil trescientos años, entre los periodos del Bronce Final y la gran crisis del siglo III d.C. del Imperio Romano.
No es este el lugar de abrasarles con los cambios históricos del primer milenio antes de la Era, sobre la génesis y desarrollo del poder y las élites sociales, sobre el desarrollo del comercio, sobre el intercambio de ideas y culturas, sobre la llegada y evolución de Roma en el Valle de Ebro, etc. etc.
Pero sí el dejar unas simples pinceladas que les permitan entender qué hacía allí una ciudad y por qué ya no queda casi nada.
Lo primero a indicar es que lugar era adecuado: junto a unos montes fácilmente defendibles había un recurso de agua suficiente en la zona endorreica de la actual Balsa Palerma y un cercano cauce de río en el Regallo vivo. En el caso de Palermo I se añadió otra balsa incluida dentro del perímetro fortificado de la ciudad y a la que se podía acceder mediante un pozo. Además las tierras llanas de las inmediaciones permitieron una agricultura cada vez más productiva.
Lo segundo es que el valle del Regallo, desde el periodo del Bronce Final, era un área habitada con intensidad cada vez mayor y en la que existían unas rutas que la comunicaban intensamente hacia el Ebro al norte y con el sur hacia la depresión de Valmuel y de allí hacia el entorno del área endorreica de Alcañiz, donde se sitúa el mayor de los enclaves ibéricos (su ciudad principal) en el yacimiento de El Palao.
El proceso de concentración urbana se aprecia perfectamente en el grupo de Palermo: a partir de pequeños poblados (Palermo III-IV) y aunque sean por diversas circunstancias destruidos, la población volverá a rehacerlos sin abandonar la zona, aunque sea a cien metros. En esa evolución además de aumentar el número de personas que lo habitaron, éstas dedicaron cada vez mayor parte de su esfuerzo colectivo en la monumentalización y defensas. De ese esfuerzo no es ajeno el hecho del establecimiento definitivo de unas nuevas y más complejas normas de diferenciación social y económica, en las que unas élites acaparan el poder y tejen en su entorno un entramado de relaciones sociales que lo perpetúan.
En ese marco, el esquema de distribución de poblamiento ibérico y de la jerarquización de sus núcleos entre las cuencas del Regallo y Guadalope se adaptó a las necesidades óptimas de los habitantes hasta llegar a un momento de apogeo, en torno al siglo II a.C.
Pero en aquel éxito residía ya la semilla de su destrucción. Por un lado la expansión cuantitativa de habitantes y sus necesidades de recursos naturales en su inmediato entorno llevó a una situación poco sostenible y a dejar (como vemos hoy) un desierto deforestado en el valle y los márgenes del Regallo (salvo en la zona de riegos de agua traída con posterioridad desde el Guadalope).
Por otro Roma ya había conquistado estas tierras (sin mucha oposición de sus habitantes) y si bien en principio no parece que influyera en dónde y cómo debían estar los pueblos, esta situación cambiaría a lo largo del siglo I a.C. Varias guerras motivadas por intereses particulares de la clase senatorial romana, arrastraron a la contienda a gran parte de los habitantes del Valle del Ebro. Debieron tomar partida por alguno de los bandos en lucha, debido a esas reglas a la siciliana que vinculaban a las élites indígenas personalmente con sus líderes romanos y evidentemente cuando el caudillo local tomaba un bando, la red de sus dependientes sociales debía hacerlo sí o sí. En el fondo no parece que hayamos cambiado mucho.
En alguna de aquellas masacres, Palermo I fue arrasado hasta los cimientos, y si bien debió quedar alguien vivo para volver a reconstruirlo, los nuevos caudillos ya no eran locales. Ahora dependían de un naciente y glorioso Imperio Romano. Y éste decidió que en el organigrama geopolítico imperial no debía volver a existir allí nunca una ciudad. Fue sustituida por una pequeña villa agrícola, mantenida con mano de obra esclava, que permitía a una sola familia vivir a todo tren en Caesaraugusta o Tarraco. Una crisis peor que la de ahora en el siglo III se llevó por delante lo que quedaba.
Y de esta manera, pasados unos pocos años, nadie recordaba ni el nombre de la villa ni el de la ciudad que hubo antes. Y así hasta ahora. Espero que tras estas líneas alguien desee pasear entre las ruinas de aquello que fue una ciudad y que después ha tenido el sugestivo nombre de Palermo, pero para nada siciliano.
Salvador Melguizo
*Más información sobre el yacimiento de Palermo I en este PDF descargable
**Más imágenes e información sobre como llegar al yacimiento pinchando AQUÍ





