Saturday, May. 27, 2017

Carlos de Habsburgo y Francisco de Valois: cuatro guerras y un matrimonio postrero

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27 Ene ’16

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Carlos de Habsburgo y Francisco de Valois: cuatro guerras y un matrimonio postrero
RTVE

Álvaro Cervantes en su papel de Carlos I

Carlos V ha perdido su última batalla. No han sido los comuneros, ni los protestantes, ni los franceses, ni los temibles turcos. Esta vez, un enemigo mucho más poderoso que todos ellos juntos se lo ha llevado por delante: la audiencia. Precipitadamente, Televisión Española ha puesto punto y final a la serie Carlos Rey Emperador. Una pena. A través de ella los espectadores hemos podido acercarnos de un modo ameno a las vivencias de Carlos de Gante, el último gran emperador europeo. Otro de los protagonistas de la serie ha sido el monarca francés Francisco I, y es que lo cierto es que Carlos I de España y Francisco I de Francia fueron en gran parte dos vidas paralelas que, además, se enfrentaron en cuatro guerras: Francisco llegó al poder en 1515 y Carlos en 1516. Ambos rivalizaron por el trono imperial que recayó en Carlos en 1519 (Dieta de Frankfurt). Así que hoy, como homenaje póstumo, hablaremos de Carlos de Habsburgo y Francisco de Valois.

Francisco rtve

Alfonso Bassave interpreta a Francisco I

Fue un tiempo en el que ambos monarcas se ocuparon más del exterior que del interior de su reino. España y Francia pleitearon durante más de 60 años, principalmente, por sus dominios exteriores. Pero hagamos un breve repaso a la situación previa antes de que nuestros protagonistas desenvainaran las espadas.

Antecedentes

La dinastía española había finiquitado la unificación de sus territorios con la toma de Granada el 2 de enero de 1492; España inauguraba un periodo de afirmación del poder real y de expansión territorial sin precedentes. Francia había hecho lo propio tras el fin de la Guerra de los Cien Años (1453) durante el reinado de Carlos VII, y durante las siguientes décadas, la monarquía francesa inició una política que permitiría al país recuperarse de los estragos de la larga guerra contra los ingleses. Sin embargo, el rey Carlos VIII, llegado al trono en 1483, pronto fijó sus miras en la península itálica reclamando sus derechos sobre Milán por su pertenencia al linaje de los Visconti.

Italia, por aquel entonces, no era más que una “expresión geográfica”. Sin embargo era, proporcionalmente, la región más poblada de Europa, el referente artístico y también la región más evolucionada en varios sentidos. Contaba, como ejemplo, con el índice de población urbana más alto de Europa, el nivel medio de riqueza era más alto que la media en la época, su comercio y finanzas eran punteros, e, industrialmente, también era una potencia en la que destacaban las pañerías del norte ya organizadas según los modelos capitalistas. Italia era una región teóricamente pacificada a raíz de la Paz de Lodi (1454) firmada entre Milán y Venecia (después se unirían Nápoles, los Estados Pontificios y Florencia). Sin embargo, la zona era mayoritariamente débil en lo militar (muy dependiente de potencias extranjeras y mercenarios) y fraccionada en lo político (no logró su unificación hasta el siglo XIX). Las principales potencias eran, precisamente, el reino de Nápoles, el ducado de Milán, las repúblicas de Florencia y Venecia, y los Estados Pontificios.

En conclusión, la suma de la debilidad italiana y las ansias expansionistas de Francia y España, propiciaron el largo conflicto iniciado durante el cambio de época, con especial protagonismo en Milán y Nápoles, que acabarían bajo hegemonía hispánica hasta comienzos del siglo XVIII, una vez finalizados la larga serie de conflictos, como a continuación veremos.

Cerdeña (1325) y Sicilia (1409) se hallaban vinculadas a la Corona de Aragón. Nápoles fue tomada por Alfonso V conocido como el Magnánimo a mediados del XV y la descendencia aragonesa -Ferrante, hijo bastardo de Alfonso el Magnánimo– gobernaba el reino. Pero Francia, además de sobre Milán, alegaba derechos sobre Nápoles (la casa de Anjou había dominado el lugar en la Edad Media), y en 1494, Carlos VIII, con el beneplácito de Milán y el apoyo de los barones proangevinos napolitanos, invadió el reino del sur italiano gracias al cambio de fichas acordado con el Imperio (Tratado de Senlis) y España (Tratado de Barcelona). Pero Nápoles era feudatario del papado y España reculó: una amplia coalición no logró derrotar a los franceses en Fornovo (1495) pero, finalmente, las tropas francesas en Nápoles fueron desalojadas y el hijo de Ferrante, Ferrante II, ocupó el trono.

Tres años después, el nuevo frey de Francia, Luis XII, intervino en Italia convencido de poseer derechos sobre el ducado de Milán (en realidad, quería ir más allá y recuperar Nápoles). Consiguió su primer objetivo y en 1500 desalojó a los Sforza. En cuanto al segundo, firmó con Fernando el Católico el Pacto Secreto de Granada por el que ambas potencias conquistarían y se repartirían Nápoles. Pero las discrepancias por la delimitación de fronteras pronto desembocaron en un nuevo conflicto decantado para las armas españolas (destacó la labor de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán). Nápoles quedó, desde entonces, vinculado a España durante los dos siglos siguientes.

A la muerte de Isabel, Fernando imprimió un giro radical a su política internacional y selló con Francia el Tratado de Blois, una pausa en las hostilidades hispano-francesas y unió a Fernando con la francesa Germana de Foix. Pero la tranquilidad no fue definitiva. Por el contrario, una compleja sucesión de batallas, tratados y ligas, dictaron las relaciones entre las potencias durante más de medio siglo. Fernando completó sus posesiones peninsulares tomando Navarra en 1512. Ese mismo año, los franceses fueron desalojados de Milán, lo intentaron recuperar al año siguiente de manera infructuosa, y lo consiguieron, esta vez sí, en 1515, aunque pronto lo volverían a perder.  Entonces llegó el Tratado de Noyón (agosto de 1516) entre Francia y España, ya con Carlos y Francisco en escena. Tampoco Noyon iba a poner fin a las interminables guerras, pues el equilibrio italiano (Francia en el norte, España en el sur) no se prolongó más de una década debido, principalmente, a la hostilidad de Francisco I.

Nuevos monarcas, viejos enemigos

Cuando Carlos de Habsburgo y Francisco de Valois llegaron al trono, ya habían concluido la primera fase de las llamadas Guerras de Italia. Sin embargo, todavía quedaban cuatro más. Cabe apuntar un dato relevante: lo cierto es que, a pesar de los cuatro grandes conflictos que ambos monarcas libraron entre 1521 y 1544 (y una quinta guerra epígono de las anteriores, con Francisco I muerto y Carlos fuera del trono tras su abdicación), Carlos de Habsburgo no deseaba la guerra contra su vecino Francisco, sino que prefería unir esfuerzos contra los enemigos orientales, los turcos (en la época se llamó a esto ideal de la Universitas Cristiana). Carlos de Gante se sentía algo parecido a un cruzado, pero lo cierto es que jamás consiguió liderar una Europa cristiana contra los turcos, porque en todo momento se lo impidieron, por un lado, los franceses, y por otro, los protestantes alemanes a raíz de la rápida extensión del luteranismo a partir de 1517. Aquella Europa no andaba hacia la unidad, sino hacia la división política y religiosa.

La primera guerra hispano-francesa durante los reinados de Carlos I y Francisco I estalló cuando el francés aprovechó la revuelta de los comuneros castellana (1520) para ocupar varios territorios de la monarquía hispánica, si bien la invasión de Navarra y Flandes acabó en fracaso. Pero la patata caliente era el Milanesado, que seguía siendo deseado tanto por Francia como por España. Los franceses fueron rechazados varias veces, se configuró una liga anti francesa, y aún con todo, estos lograron asediar Pavía. Fue entonces cuando los españoles demostraron que eran una de las mayores potencias militares del mundo gracias a sus temibles tercios formados por infantería, caballería y artillería (los tercios nacieron allí, en las Guerras de Italia). Y fue entonces cuando derrotaron a los franceses en la mítica Batalla de Pavía (24 de febrero de 1525), capturando al propio rey francés y llevándolo prisionero a Madrid. La consecuencia inmediata fue el Tratado de Madrid (1526) por el cual Francia cedía el ducado de Borgoña, renunciaba a Nápoles y Milán, y Francisco I casaba con la hermana del Emperador. Pero el rey francés, una vez libre, incumplió lo pactado a pesar de que dos de sus hijos quedaron “en prenda” en Madrid (no fueron liberados hasta 1530).

Una segunda guerra estalló por el recelo ante el enorme poder español: en 1526 el papa Clemente VII, los Estados italianos de Venecia, Florencia y Milán, formaron con Francia e Inglaterra la Liga de Cognac. Al mismo tiempo, los turcos iniciaban una nueva ofensiva en el Danubio: el rey de Hungría Luis II moría en la Batalla de Mohacs y Fernando de Austria, hermano del Emperador, heredaba las coronas de Bohemia y Hungría. Durante esta segunda guerra se produjo el Saco de Roma (1527) y el abandono del almirante genovés Andrea Doria de su alianza con Francia, pasando a engrosar las filas españolas en 1528. Contar con Doria fue un triunfo para los españoles, pues la importante flota genovesa garantizaba la supremacía naval española en el Mediterráneo occidental . En 1529 se firmaron las paces de Barcelona entre España y la Santa Sede, y una nueva con Francia –Paz de Cambrai-, que duraría 7 años (aunque la diplomacia antiespañola por parte Francesa no cesó). Esta paz consagró la hegemonía española en Italia: Francia renunció a sus aspiraciones sobre Génova, Milán y Nápoles mientras Carlos hacía lo propio con Borgoña. Vientos favorables para el emperador: un año después Clemente VII sancionó la coronación imperial de Carlos V.

Carlos de Habsburgo no tuvo tiempo de saborear la paz con Francia porque los turcos llegaron hasta las puertas de Viena, asediándola en 1529 y 1532 (su hermano Fernando se vio obligado a firmar treguas con los turcos a partir de 1533). Por si fuera poco, iniciaron una fuerte campaña -apoyados por los berberiscos- contra los dominios hispánicos en el Mediterráneo. El Emperador practicó una política de contención, cediendo a los hospitalarios Malta y Trípoli y estableciendo relaciones de vasallaje con Túnez, reconquistado en 1535, lo cual supuso un gran éxito para Carlos de Gante a nivel europeo. En otro frente, Carlos I trató de resolver el problema alemán a través de la Dieta de Augsburgo de 1530, pero no hubo acuerdo y por contra nació la protestante Liga de Smalkalda desde el lado de los príncipes alemanes, aliada de Francia desde 1532. Y es que Francisco I, a pesar de ser católico, nunca tuvo reparos de aliarse con turcos o protestantes para debilitar a Carlos: los enemigos de mi enemigo son mis amigos.

La muerte del duque de Milán en 1535, y la eterna aspiración francesa al ducado milanés, sería la causa de la tercera guerra hispano-francesa que concluyó con la Tregua de Niza (1538), por la que los franceses consiguieron Saboya y Piamonte. La tregua solo duró cuatro años porque Francia la rompió atacando los Países Bajos. El conflicto acabó con la Paz de Crépy en 1544, un fallido tratado que pudo cambiar el statu quo europeo: España debía ceder o bien los Países Bajos, o bien Milán, al segundo hijo de Francisco I (duque de Orleans) y Francia renunciaba a Saboya y el Piamonte. Pero la muerte del duque desbarató lo pactado. Entre tanto, en el frente oriental Solimán y Fernando firmaron la paz ratificada en el tratado de Estambul en 1547.

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Carlos V inmortalizado por Tiziano: El Emperador Carlos V, a caballo, en       Mühlberg

En aquella década se estaba celebrando el Concilio de Trento que pretendía poner orden en la Iglesia. Carlos quería extirpar el protestantismo, o bien negociando, o bien por las armas. Lo primero no funcionó y en 1547 los ejércitos imperiales vencieron (Batalla de Mühlberg) a los protestantes de la Liga de Smalkalda. Pero las heridas no cicatrizaron y, ya fallecido Francisco I, los protestantes pactaron con su cuarto hijo, el nuevo rey francés Enrique II. Este acuerdo es conocido como el Tratado de Chambord: a comienzos de 1552 los príncipes alemanes y el rey francés se unieron contra el enemigo común, Carlos I. Los alemanes querían la independencia y Francia contrarrestar el poderío español. Carlos I de España, derrotado en Innsbruck, se vio abocado a negociar y finalmente a ceder. La Paz de Augsburgo (1555) oficializó la división religiosa del mundo germánico, dando plena libertad de conciencia a los príncipes  y obligando a los súbditos a abrazar la fe de sus señores, permitiéndoles solo el derecho a emigrar en caso de mantener su disidencia. Tres meses después, el emperador Carlos dejaba de serlo al renunciar a su dignidad imperial.

Tras su abdicación, Carlos I se retiró a Yuste en febrero de 1557. Desde allí continuó ayudando y aconsejando a su hijo, el nuevo monarca Felipe II, hasta su muerte en septiembre de 1558. Con Carlos de Gante ya fuera del escenario, llegarían dos importantes victorias hispánicas en la nueva guerra hispano-francesa: San Quintín (agosto de 1557) y Gravelinas (septiembre de 1558). Finalmente, la Paz de Cateau-Cambrésis también llamada de las Damas (1559), cerró las guerras hispano-francesas en Italia, proporcionó la ansiada paz en la península italiana, confirmó la hegemonía española en la región, y cerró momentáneamente el conflicto familiar entre las casas de Valois y Habsburgo: uno de los acuerdos del tratado de paz fue el matrimonio del hijo de Carlos V, Felipe II, y la hija del francés Enrique II, Isabel de Valois. Fue un matrimonio de Estado, de conveniencia (dinástica, en este caso). Pero Isabel y Felipe se enamoraron: se cuenta que cuando ella murió, en 1568, fue la única vez que se vio al todopoderoso Felipe II llorar.

Amadeo Barceló

Bibliografía:

Bennassar, Bartolomé (et. al): Historia Moderna, Tres Cantos, Ediciones Akal, 2005

Floristán, Alfredo (et. al.): Historia Moderna Universal, Ariel, 2002

Ribot, Luis (et. al.) : Historia del Mundo Moderno, Actas, 2006

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