Tuesday, Dec. 18, 2018

CASPE LITERARIO. JESÚS ZABAY Y UNA NOVILLADA

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19 Nov ’18

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CASPE LITERARIO. JESÚS ZABAY Y UNA NOVILLADA

Por: Alberto Serrano Dolader

El oscense Jesús Zabay Pequera (1897-1927) compuso un entretenido relato titulado “El compromiso de Caspe” que nada tiene que ver con el hecho histórico. El periódico zaragozano Las Noticias del Lunes, lo publicó apenas tres días después de la muerte del autor. Quizá fueran las últimas páginas escritas por este narrador, que también colaboró en La Voz de Aragón y en el Diario de Avisos de Zaragoza.

Zabay, que se tituló en magisterio y filosofía y letras, fue un pedagogo vocacional. Ejerció su oficio en Huesca, Lérida, Toledo y Zaragoza.

Aficionado a la creación literaria, dedicaba a esta pasión varias horas al día según sus coetáneos. Los obituarios destacaron que “como cuentista reveló excepcionales condiciones de inspiración, depurado estilo, belleza de colorido y moral fondo” y alumbró relatos “llenos de sano optimismo y de fina ironía” (Las Noticias del Lunes).

El profesor de literatura Javier Barreiro ha destacado que “en sus narraciones breves, con débiles hilos argumentales, se privilegia la recreación de ambientes y personajes de la alta sociedad, cosmopolitas y mundanos, que se ven envueltos en enredos amorosos”.

¿De qué trata el divertimento “El compromiso de Caspe”, que vio la luz el 22 de agosto de 1927, ocupando una página completa del periódico?

Una comisión de jóvenes y distinguidas señoritas del imaginado pueblo de Castillo Dorado, combatían su ociosidad afanándose en organizar un festival taurino benéfico, en el que aficionados locales lidiarían una novillada para recaudar fondos (no se sabe muy bien a favor de qué o de quién).

El cartel estaba al completo, a falta solo de un tercer espada, que se resistía. Nadie se presentaba como voluntario y, en el círculo de damas, se respiraba nerviosismo.

Para salir del atolladero, una de ellas tendió cierta trampa de galantería, en la que cayó como tuturuto un jovenzuelo que la cortejaba, quien por quedar como valiente no pudo sino asumir el riesgo y decir que sí. Se llamaba el badulaque Recesvinto Caspe, siendo su apellido –varias veces mencionado la narración- la excusa que justifica la presencia del escritor Zabay en esta serie que se denomina “Caspe literario”.

Convendrá el lector que “el famoso Compromiso de la ciudad del Bajo Aragón, que dirimió la competencia entre Fernando de Antequera y el Conde de Urgel, aspirantes ambos a la corona ceñida en tiempos por el Rey Cogulla, quedó microscópico, comparado con el que se vio envuelto el bueno de Recesvinto Caspe. ¡Aquello sí que era Troya! ¡Matar un novillo! ¡Menuda friolera!”.

Arrepentido pronto de la palabra empeñada en un sofocón de amor, a Recesvinto Caspe no paraban de temblarle las piernas: le perseguían alucinaciones siempre en forma de cuernos, escuchaba en sus adentros mugidos de ataque… quería dar un paso atrás y no sabía cómo.

“Nada extraño tiene que Recesvinto cifrara toda su ilusión en algo inesperado. Comenzó pensando, primero, en que tal vez las inclemencias del tiempo ‘aguarían’ el festival taurino; después en las ventajas que le repararía un ligero catarro o un cólico… y finalmente, no habiendo otro remedio, esperaba beneficios (?) de un terremoto. Pero lo malo era que la fecha de la novillada se iba aproximando a pasos gigantescos y el cielo, lejos de encapotarse barruntando tempestad, ofrecía un azul diáfano y limpio que encorajinaba al pobre Caspe. Ni una sola nube sobre el horizonte. (…). La salud de Recesvinto, lejos de quebrantarse, consolidábase más y más, no obstante buscar siempre un motivo cualquiera para alterarla. De nada sirvieron las corrientes de aire que, con frecuencia, tomaba; ni deglutir un melón, entero, como postre, durante la cena; ni bañarse en agua fría haciendo la digestión. Los catarros huyeron de su organismo, que parecía gozar de completa inmunidad”.

Y, mientras la procesión desfilaba por dentro, nuestro hombre se veía en la necesidad de aguantar el tipo porque “todo Castillo Dorado fijaba su atención en Caspe” y “las damitas casaderas disputábanse los galanteos de Recesvinto”.

En esas estábamos cuando, en una noche de insomnio por el nerviosismo, dio con una posible solución. El Templado era un peculiar convecino, sujeto de corte chulesco, andares de señorito, eterno necesitado de billetes y -lo más importante- ademanes, andares y estatura similar al aturdido Recesvinto.

¡Llegaron a un acuerdo, cómo no! Por mil quinientas pesetas, El Templado, que tenía su punto de taurómaco, suplantaría a Caspe tras el paseo de las cuadrillas, justo antes de que le tocase iniciar la faena.

Llegada la hora de la verdad, se consiguió dar el cambiazo “con la mayor tranquilidad”. En las gradas del ruedo, nadie se percató de la jugada… “y cuando sonó por tercera vez el vibrante clarín,  [Recesvinto Caspe] se hallaba pacíficamente en una localidad de barrera, sin gorra, desfigurado todo lo que había sido posible y con gafas negras, que por precaución se puso”.

Dios repartió suerte, puede que hasta más de la merecida porque El Templado enervó una faena de plata:

“El público estremecióse electrizado, enteramente, se puso en pie para no perder detalle; rompía sus manos a fuerza de batir palmas. A cada lance sucedía un ¡olé! dislocador, desconcertante; cada verónica provocaba la locura, el delirio… Tres pares de banderillas, de trapecio, cuarteando y de poder a poder, acrecieron hasta lo indecible el entusiasmo”.

Tan es así que hasta el mismísimo “Caspe tuvo el atrevimiento glaciar de aplaudir su propia faena” desde su acomodado camuflaje. Nunca nadie descubrió el engaño.

En fin, al hilo del relato reseñado, me permitirán un toque de erudición:

El uso del término ‘Caspe’ con valor de apellido no es frecuente, pero tampoco extraordinario, sobre todo en épocas pasadas, en las que resultaba conveniente subrayar el lugar de procedencia para singularizar a las personas. Citaré solo algunos ejemplos:

En 1581, el mercader Matheo de Caspe firma un contrato con el naviero Diego Hernández, comprometiéndose este último a llevar por el Ebro siete barcazas de trigo desde El Castellar hasta Tortosa.

Ludovico de Caspe fue un ilustre teólogo capuchino que vivió a caballo entre los siglos XVI y XVII. San Alfonso María de Ligorio lo cita como autor grave y probabilista y Scavini lo encuadra entre los moralistas que en la duda se inclinan en favor de la libertad.

A finales del XVII el notario Juan de Caspe se hartó de firmar documentos en la entonces todavía villa.

Con el nombre Félix de Caspe tengo documentados a dos misioneros capuchinos. Uno de ellos, que desembarcó en Venezuela en 1690 procedente de tierras africanas, llegó a ser prefecto de la misión de Cumaná y falleció en 1708. Del segundo se sabe que en 1736 ya estaba en su destino pastoral, también en Venezuela.

En enero de 1781 murió octogenario fray Antonio de Caspe Latorre, quien fue secretario provincial de los capuchinos de Aragón y autor de la obra “Representación que hacen los devotos de la SS Vera Cruz…”.

Antonio de Caspe Rodríguez tomó posesión de la plaza de alcalde de la Casa y Corte del Consejo de Castilla en enero de 1825. Cuatro años más tarde accedería al empleo de ministro del Consejo de Indias.

La lista sería larga.

Y, para colofón, una mala noticia. Quien, animado por el relato al que me he referido en este artículo, desee acercarse a la obra de Jesús Zabay Pequera, lo tiene crudo. Murió joven y no dejó demasiada producción en formato de libro. Se conocen dos volúmenes: “Vestidos y desnudos (cuentos fugaces)” (1925) y “Cuentos fugaces” (1926). Para Eloy Fernández Clemente demuestran que Zabay es “quizá el mejor representante de la pura novela rosa” de la época porque en estos títulos “se encuentra el muestrario completo de los ingredientes habituales en el género de aquellos años”.

No sé si se llegó a editar la pieza teatral “Guillermina”, que mereció un galardón del ayuntamiento de Zaragoza en un concurso literario y fue representada en el Principal por la compañía de Ricardo Puga. Además, parece que Zabay dejó al morir varias obras inéditas (algunas redactadas en colaboración con otros autores, como Rafael López de Haro o Pedro Galán).

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