Wednesday, Apr. 8, 2020

Dos opiniones sobre la sentencia de las placas de Caspe

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28 Ene ’20

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Dos opiniones sobre la sentencia de las placas de Caspe

A continuación publicamos la opinión de dos de nuestros colaboradores, que abordan en sendos artículos la reciente sentencia del TSJA sobre la retirada de las placas situadas en la pared lateral de la Colegiata Sta. María la Mayor de Caspe.

En torno a una polémica sentencia

En días recientes la Sala de lo Contencioso Administrativo del Tribunal Superior de Justicia de Aragón ha desestimado el recurso interpuesto por el Ayuntamiento de Caspe contra la sentencia 22 /17 de 27 de enero del juzgado de lo Contencioso Administrativo número 5 de Zaragoza que declaraba parcialmente nulo el acuerdo de Pleno del Ayuntamiento de 25 de noviembre de 2015 por el que se instaba a “proceder a la retirada de las placas con símbolos preconstitucionales situadas en la pared exterior de la Colegiata de nuestra localidad, junto a la puerta del Caritatero”.

Fueron los familiares de algunas de las personas cuyos nombres aparecen en dichas placas quienes recurrieron el acuerdo plenario municipal abriendo con ello un largo proceso cuyo último hito hasta la fecha, a la espera de que se pronuncie al respecto el Tribunal Supremo en el caso de que el Ayuntamiento recurra ante esta instancia en casación, lo constituye el referido pronunciamiento del Tribunal Superior de Justicia. La consecuencia práctica parece bastante evidente: de momento las placas se quedan dónde están. El mismo sitio en el que llevan décadas instaladas.

Para el juez ponente de la sentencia las cosas parecen estar muy claras. De forma resumida, su razonamiento es el siguiente: desprovistas las placas de cualquier aditamento franquista, escudos, aguiluchos, exaltación retórica, yugos, flechas, el monumento pierde toda su contextualización política convirtiéndose en un simple homenaje a un heterogéneo colectivo de personas que murieron en unas fechas y unas circunstancias comunes. La retirada de esas placas, convenientemente “blanqueadas”, vendría a ser tanto como tratar de impedir a sus familiares expresar el dolor que sus muertes les provocaron, tanto como arrebatarles el derecho a recordar a sus seres queridos.

Lo primero que tenemos que saber es que esas placas no son un  homenaje a los caspolinos del bando nacional muertos durante la guerra. O no solo eso. Ni esas ni ninguna de las miles que llenaron la geografía nacional en los primeros años de la posguerra. Esas placas no se colgaron de esa pared para mitigar el dolor de sus familiares, ni para ayudarles a comprender lo ocurrido. Que nadie cometa el error de pensar que lo que se buscaba era fomentar el perdón o contribuir a que algo tan horrible pudiera volver a repetirse. Las placas, los monolitos, los nombres de las calles, las festividades, los túmulos, los desfiles, los libros de texto, los escudos… todo formaba parte de un mismo programa de implantación ideológica con el que el franquismo quiso modelar el espacio público, y en consecuencia las vidas de las personas que lo habitaban, para cimentar con ello  una hegemonía política obtenida tras una terrible guerra entre hermanos y una no menos terrible, y larga, posguerra en la que la violencia política, el adoctrinamiento, la censura, el control férreo de la población y el cercenamiento de los más elementales derechos civiles fueron la norma. Que todo el mundo supiera quien mandaba allí y porqué.

Lo que convierte a esas placas en símbolos franquistas no es el listado de nombres contenido en las mismas sino el propio hecho de haber sido instaladas durante el franquismo, por las autoridades franquistas, con una evidente intencionalidad política de fortalecimiento del franquismo. Lo que las convierte en indeseables para tantos y tantos caspolinos es su profundo sectarismo, un sectarismo que anida en el recuerdo todavía vivo de los rituales de exaltación del Régimen allí escenificados, niños formados brazo en alto, próceres municipales con camisa azul, ofrendas florales, vecinos de Caspe, rojos, condenados a humillarse en público sacándoles brillo en vísperas de las fechas señaladas en el santoral franquista bajo vigilancia policial. Aspirar a que se retiren esas placas del lugar que llevan décadas ocupando no significa querer denigrar la memoria de esos nombres (entre ellos más de seis tíos míos, los abuelos y bisabuelos de algunos de mis mejores amigos, decenas de hijos de mi mismo pueblo) sino pretender devolverle al espacio público caspolino su carácter de lugar común liberándolo, de cualquier rastro de simbología de un Régimen que todos los españoles decidimos dar por finiquitado en 1978. Es muy sencillo de entender.

Un juez, no obstante, ha decidido que la mera retirada de los adornos franquistas permita la convalidación democrática de un monumento erigido como justificación del menos democrático de los regímenes. Un juez ha creído que sin aguiluchos, sin yugos y sin flechas las placas se convierten de forma automática en una cuestión estrictamente personal, sin trascendencia política. Acatemos, por supuesto, lo que dice el señor juez pero, por favor, que se recurra la sentencia hasta donde pueda hacerse y confiemos en que sea otro juez el que otorgue la razón a un Ayuntamiento elegido por todos los caspolinos (el que decidió la instalación de las placas desgraciadamente no lo fue) en su voluntad libremente expresada de cumplir la legislación sobre Memoria Democrática aprobada en, otra vez, un Parlamento elegido libremente.

Libre algún día la pared de la Iglesia de ese oprobioso recuerdo, lo siguiente tiene que ser promover un homenaje definitivo a todos los caspolinos muertos de forma violenta como consecuencia de la guerra, sus preliminares y sus años posteriores. Un desgraciadamente largo listado con los nombres de todos ellos en un lugar público, promovido por un ayuntamiento democrático y con el consenso de todas las fuerzas políticas y de la sociedad civil caspolina. Que descansen todos en paz. Sería la mejor manera de terminar con esta larga, tediosa y desagradable historia. A ver si hay suerte y a ningún juez le parece mala la idea.

Jesús Cirac

Las placas de Caspe: convirtamos un lugar de exclusión en un lugar para aprender historia

Las placas a los caídos por Dios y por España de la iglesia de Caspe son otra vez noticia. De nuevo, la justicia dice que no se quitan porque cree que son un recuerdo privado y que no exaltan al franquismo. Mi punto de vista es muy distinto. Pero antes de exponerlo, creo necesario recordar algunos datos importantes.

¿Quiénes son las personas que aparecen en las placas? La respuesta parece obvia, se trata de los caídos del bando “nacional”. La mayor parte de sus retos mortales se encuentran en la fosa común del Cementerio Municipal de Caspe, el lugar que se barajaba para reubicar las placas. Entre esos nombres, aunque se han tratado por igual, encontramos a personas que perdieron la vida sin querer jugársela: guardias obligados a seguir las órdenes de su capitán, jóvenes forzados a sumarse a la sublevación local, o ciudadanos que, simplemente, eran de ideología conservadora, por lo que se les consideró partidarios del alzamiento y durante los episodios de violencia incontrolada tras la toma de la ciudad por las milicias anarcosindicalistas fueron asesinados. Encontramos también a jóvenes llamados a filas y muertos en el frente, a religiosos con antiguos vínculos con Caspe que fueron asesinados lejos de aquí, e incluso a la víctima de un atentado seis años después de acabar la guerra. Y junto a todos ellos, los nombres de fervientes seguidores del golpe de Estado del 18 de julio de 1936, entre ellos el de un despiadado asesino como fue el capitán José Negrete, “héroe y mártir” de la sublevación local.

En segundo lugar, ¿con qué propósito se erigieron esas placas? El franquismo dejó muy clara su postura sobre el recuerdo de la guerra desde el mismo día en el que esta finalizó. Acérquense a la historiografía que estudia el periodo y comprobarán que el régimen autoritario –fascista durante los primeros años- basó su permanencia en la exclusión de los vencidos y en el recuerdo obsesivo de la victoria. La Nueva España nunca quiso pasar página. Al contrario, la monumentalización del triunfo y el recuerdo a los mártires de la “cruzada” fue constante, mientras todos los demás caídos importaban un pimiento. No se inscribió en el Registro Civil a los caídos del Ejército Republicano durante la Batalla de Caspe. No hubo recuerdos ni homenajes para las decenas de muertos en los bombardeos que sufrió Caspe. Ni para los asesinados en los campos nazis. Ni para tantos otros.

Dicho esto, lo que yo haría con el espacio de las placas es resignificarlo. Porque desde el punto de vista de la didáctica de la historia ese escenario es un lugar extremadamente valioso. La sociedad española ha mirado de soslayo durante demasiados años a estos lugares, y ya es hora de entender que sitios como la pared lateral de la iglesia de Caspe pueden ayudarnos a comprender mucho mejor nuestro pasado. Es algo en lo que otros países nos llevan años de ventaja. Se trata de un punto con alto interés porque nos habla de la guerra y, sobre todo, de la posguerra. De los que están en esas placas y de los que no están. De los rojos que debían ir a limpiarlas o de los niños obligados a cantar el Cara al Sol junto a ellas. Por eso no puedo entender que los magistrados digan que esas placas no constituyen homenaje o exaltación al franquismo. Con todos mis respetos, entienden mucho de leyes pero muy poco de historia.

En definitiva, aunque comprendo a quienes no quieren ver más las placas donde están, yo prefiero que no las quiten. Ese lugar es capaz de enseñar mucha más historia de lo que puede hacerse dentro de un aula. Nos brinda la oportunidad de empatizar con aquellas familias que sufrieron la tragedia del conflicto, pero también nos habla de cómo se utilizó ese espacio para despreciar a los vencidos durante décadas. Todo eso debe explicarse debidamente allí, mediante algún tipo de material expositivo estático. Es imprescindible que resignifiquemos el espacio para que deje de ser un lugar de exclusión al vencido y homenaje a una dictadura, convirtiéndose en punto de encuentro con la historia, dramática en este caso. Dejar los escenarios como están, ignorarlos, no servirá para cambiar la historia. Así que contemos las cosas tal y como fueron y convirtamos el lugar en una herramienta que sirva a los jóvenes para enriquecer la cultura democrática.

Amadeo Barceló

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