Monday, Nov. 18, 2019

Los ricos también lloran o la increíble historia del Black Metal noruego.

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26 Feb ’14

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Los ricos también lloran o la increíble historia del Black Metal noruego.

La reciente edición en España del magnífico libro “Los Señores del Caos” de Michael Moynihan y Didrik  Søderlind por “Espop Ediciones” viene casi a coincidir en el tiempo con una noticia de la que dieron cuenta brevemente algunos periódicos españoles el pasado verano. Es lógico que la detención, y posterior liberación, de Varg Vikernes en Francia bajo la acusación de dedicarse a acopiar armas para perpetrar una masacre no tuviera la misma repercusión en España, donde Vikernes es apenas accesible para una minoría de “connoisseurs”, que en su país, Noruega, donde disfruta del estatus de figura mediática gracias a su historial delictivo, su incontinencia verbal y su pública defensa del nazismo.

El 16 de julio de 2013 la policía francesa irrumpía en el domicilio de Vikernes en la pequeña comuna de Salon-la-Tour, en el departamento de Correze, muy cerca de Limoges, donde vivía con su esposa francesa, la antropóloga y artista Marie Cachet, y sus tres hijos. La Fiscalía de París cursó la orden de su detención alertada por la reciente compra de diversas armas largas por parte de su esposa. Tras dieciséis años en prisión por el asesinato de Øystein Aarseth y el incendio de varias iglesias, Vikernes había abandonado el ambiente irrespirable de Noruega trasladando su residencia a Francia donde los servicios de inteligencia mantenían una estrecha vigilancia sobre todas sus actividades. A Vikernes no le pesan ni la culpa ni el remordimiento y nunca se ha privado de manifestar activamente sus discursos racistas a través de su prolífica actividad en la red. Si ya todo ello le hacía acreedor de un especial seguimiento por parte de un Estado muy sensibilizado con cualquier coqueteo con el nazismo, una nueva circunstancia vino a aliarse en su contra: Vikernes era uno de los quinientos treinta receptores del manifiesto de mil quinientas páginas que el asesino Anders Behring Breivik envió pocos minutos antes de embarcarse en su loca aventura: la matanza de ocho adultos en Oslo y sesenta y nueve militantes adolescentes del Partido Laborista en la isla de Utoya el 22 de julio de 2011.

Varg Vikernes en la actualidad

Varg Vikernes en la actualidad

La banda de Black Metal Burzum era en realidad el proyecto unipersonal de Christian Vikernes. Nacido en Bergen en 1973, apenas el joven Christian alcanzó la adolescencia decidió cambiar su odiado nombre cristiano por el de Varg, lobo en noruego, mucho más acorde con sus nuevas inquietudes religiosas consistentes en el rescate del viejo paganismo escandinavo. Bergen es la segunda ciudad de Noruega en número de habitantes y, aunque no poseo el dato, apuesto todo lo que tengo a que es uno de los lugares con los estándares de calidad de vida más elevados del planeta. Uno de sus barrios ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y, desde su puerto, parten cada año miles de turistas con destino a los famosos fiordos. Un lugar maravilloso para vivir en el que, paradójicamente, floreció uno de los movimientos más depresivos y deprimentes de la historia de la cultura popular. Otras bandas clásicas del movimiento, como Immortal y Gorgoroth, también provenían de Bergen pero era en Oslo donde, a finales de los ochenta, se estaba cociendo todo. Y hasta allí que se fue Vikernes.

Øystein Aarseth era un poco mayor que Vikernes y también se había cambiado el nombre, algo casi obligado si querías ser alguien dentro de la movida. Euronymous era su alter ego, el nombre de guerra con el que liderar la banda de metal extremo Mayhem, lanzar desde el sello Deathlike Silence Productions a las bandas emergentes de Black Metal y oficiar de sumo sacerdote del movimiento desde el mostrador de su tienda de discos, Helvete. Varg había adoptado también un nombre de guerra, Count Grishnackh, un personaje secundario de la que parecía ser su principal influencia, El Señor de los Anillos. Burzum, oscuridad en la lengua de Mordor, también era un término extraído de la magna obra de Tolkien. Cambiar de nombre era habitual entre los miembros de la bandas de Black Metal. Faust, Fenriz, It, Necro Butcher, Ihsahn, Metallum, Hellhammer, Demonaz… Casi todos ellos habían sido fans del grupo británico Venom, del título de cuyo segundo trabajo habían extraído la denominación Black Metal, y también de la banda sueca Bathory.

Desde el punto de vista musical el Black venía a significar una vuelta de tuerca a algunas de las tendencias que habían contribuido a renovar el Heavy Metal a lo largo de la década de los ochenta. Las inevitables voces guturales, aullidos ininteligibles, percusiones hipervitaminadas, el característico riff de guitarra “made in” Euronymous. Sonido sucio y dislocado en producciones deliberadamente pobres y austeras. Pero era en lo estético donde el Black Metal consiguió brillar con luz propia por encima de cualquier otra escena extrema. Aquellos chicarrones del norte con sus rubias y rizadas melenas convenientemente alisadas y teñidas de negro, sus muñequeras de clavos y los rostros pintados con el ya célebre “corpse paint” o pintura cadáver, como unos Kiss pasados por la centrifugadora, consiguieron captar la atención del mundo entero. La estética Black combina imaginería gore con simbología satánica, ambientación gótica con mitología escandinava, androginia con referencias al universo de los serial killers. Un potente combinado de influencias que, si bien funciona a la perfección sobre un escenario con la inestimable ayuda de una buena docena de cabezas de cerdo empaladas y de cruces invertidas ardiendo, decepciona y horroriza a partes iguales cuando lo que quiere es incorporarse a un discurso de carácter existencial y, sobre todo, político.

Dead y Euronymous cuando todavía vivían.

Dead y Euronymous cuando todavía vivían.

Varg Vikernes mató a Øystein Aarseth en agosto de 1993 propinándole más de veinte puñaladas. Luego huyó a Bergen. Pero no tardó en ser detenido. En el documental “Until the light takes us”, Varg le cuenta a la cámara, totalmente relajado, como se cepilló a Øystein aunque, por supuesto, alega legítima defensa. Parece ser que había problemillas de dinero entre ambos. Varg no descuidaba los royalties que había generado su primer disco, editado por el sello Deathlike Silence, y tenía pendiente la firma de un contrato para sus nuevos trabajos. Otros cuentan que, en realidad, el cerebral Varg no llevaba muy bien que un tipo como Euronymous, a quien no dejaba de considerar un mero charlatán, liderase un movimiento que él estaba contribuyendo a crear y en el que no ocupaba el papel de líder que creía merecer. Aquel crimen conmocionó a Noruega. En realidad la conmoción no fue provocada tanto por la brutalidad y el ensañamiento del crimen en sí como por la apabullante personalidad de Vikernes. Célebre es la grabación del joven y melenudo Varg mientras escucha el veredicto del jurado que le condena a veintiún años de cárcel: mira al público y sonríe con cara de bobo a la audiencia. En otra de sus apariciones ante el tribunal, Varg había cambiado su larga melena vikinga por el flequillo y el uniforme caqui de las juventudes hitlerianas.

Pero el asesinato de Euronymous no fue sino un hito más en la larga lista de despropósitos perpetrados por aquella pandilla de adolescentes obsesionados con el mal absoluto, Odín y Satán. Dos años antes Per Yngve Ohlin, alias Dead, se había volado los sesos de un disparo después de haberse cortado las venas. Dead era el cantante de Mayhem, la banda de Øystein, con quien compartía casa. Øystein descubrió el cuerpo de su compañero y lo mejor que se le ocurrió hacer no fue llamar a la ambulancia o a la policía sino fotografiar cuidadosamente el cadáver maltrecho y todavía caliente de Dead y recoger varios trozos de cráneo para fabricar con ellos collares y abalorios. La ominosa imagen sirvió de portada del disco de Mayhem “Dawn of the black hearts” aunque por aquel entonces corría ya 1995 y Euronymous se quedó sin ver su foto convertida en objeto de culto blackmetalero.

En la primavera de 1992 Bard, “Faust”, Eithun, batería del grupo Emperor y empleado en Helvete, había apuñalado a un desconocido hasta causarle la muerte en un bosque cercano a la ciudad de Lillehammer. No tenía otras razones para ello que el hecho de que se tratase de un homosexual. Dos meses después, el seis del seis de 1992, ardió la iglesia vikinga de Fantoft en las afueras de Bergen. La iglesia databa del siglo XII y estaba construida íntegramente con madera por lo que se quemaron hasta los cimientos. Nunca se pudo probar la autoría de Vikernes a pesar de que él se la atribuyera en una entrevista concedida a un periódico de Bergen. Lo cierto es que la imagen de las ruinas humeantes de la iglesia de Fantoft se convirtió en la portada del disco de Burzum de 1993 “Aske” (cenizas). En los meses siguientes decenas de otras iglesias ardieron a lo largo de toda Noruega.

Sangre, pinchos y cruces invertidas... lo típico

Sangre de mentirijillas, pinchos y cruces invertidas… lo típico

La guerra contra el cristianismo había sido declarada, los viejos dioses escandinavos calentaban motores en sus tumbas polvorientas porque la hora de su vuelta estaba próxima. Aquellos chavales, con sus atronadoras guitarras eléctricas y sus rostros pintados como monas, iban a restaurar la fe de sus ancestros, iban a devolverle a Escandinavia lo que un milenio de cristianismo no había conseguido borrar del todo. Pero todo se fue a la porra por culpa de Varg. Aquella entrevista había servido para poner en alerta a la policía y para que Bard Eithun fuera detenido como autor del crimen de Lillehammer. Habían pasado tan solo dos años y las principales figuras del Black Metal o estaban muertas o en prisión al tiempo que Noruega tenía su propio Charles Manson en la persona de un neonazi algo bocazas llamado Varg Vikernes. Había nacido el mito.

La grandeza de un libro como “Los Señores del Caos” reside en no haberse conformado con ser un inventario de anécdotas más o menos bárbaras dirigido a fans o a frikis sino en plantear un verdadero estudio cultural en torno al Black Metal. Partiendo del relato de los azarosos primeros días del movimiento, sus autores trazan una red de posibles influencias, trazas culturales y arquetipos cuya concurrencia hizo posible su nacimiento. Los ilimitados recursos económicos que el petróleo proporcionaba a Noruega y décadas de socialdemocracia y tolerancia cultural habían posibilitado la existencia de una sociedad casi perfecta. Pero aburrida. ¿Contra qué se iba a revolver un adolescente noruego? ¿Contra el eficientísimo sistema asistencial con el que el Estado le aseguraba una vida sin vaivenes? ¿Contra ese futuro que sabía que le estaba esperando a la vuelta de la esquina? Si eras joven en Noruega y te aburrías, si querías levantar la voz, epatar a tus mayores, de nada te iba a servir ponerte la camiseta del Che que ya ellos habían llevado ni tampoco aliarte con cualquiera de las infinitas causas de la izquierda. Ellos ya lo habían hecho antes. Había que mirar hacia otro sitio. Al propio pasado noruego. A los años del nazi Vidkun Quisling, el político populista que en 1940 se alzó con el poder en Noruega por medio de un golpe de Estado apoyado por la Alemania nazi y que fue fusilado al finalizar la guerra convirtiéndose en la gran vergüenza nacional. O al satanismo de sainete explicitado en miles de soportes por la cultura pop, por los comics, las pelis de serie B o las portadas de los grupos heavies que más te molaban. O al universo mainstream creado por Tolkien a partir de las sagas y cantares de gesta medievales. O a la vistosa mitología nórdica con sus dioses de Marvel y sus  terribles cosmogonías. Pero los exuberantes paradigmas estéticos del heavy metal, con sus demonios, sus monstruitos y sus calaveras, se enriquecían con el frondoso aporte cultural de la propia tradición escandinava: el expresionismo feista de los cuadros de Munch, el mito del buen salvaje, los días sin sol del invierno nórdico, la opresiva presencia de una naturaleza nunca dominada por el hombre, las tradiciones ancestrales del profundo mundo rural noruego con sus rituales de iniciación en el que los jóvenes cabalgaban como bestias salvajes con los cuerpos cubiertos de pintura.

He pasado el último mes viendo videos de bandas de Black Metal, visitando el delirante videoblog de Varg Vikernes, escuchando los discos clásicos de Mayhem, Darkthrone o Immortal. No me gusta el Black Metal pero me fascina todo lo que le rodea. Me aburre su sonido repetitivo, su monotonía, su falta de matices, esa agresividad tan explícita y atosigante que no conduce a nada. Me sigue dando mucho más miedo el último disco de Swans. También es verdad que prefiero mil veces cualquier canción de Burzum a la discografía completa de Manowar, Twisted Sister o cualquiera de esos grupos. Sin embargo, como decía, siento una enorme fascinación por la estética de los grupos de Black Metal, por ese cruce de caminos entre los subgéneros de la cultura popular y la más profunda tradición europea. Es como sentar juntos a la mesa a Freddy Krueger, Lord Byron, el carnicero de Milwaukee, Jung, Sauron, Richard Wagner, Himmler, Aleister Crowley y Jorge Luis Borges y esperar a ver qué pasa. En las fotos de muchos de los artistas del Black veo las imágenes distorsionadas por el maquillaje y la sangre de atrezzo de las hadas y ninfas pintadas en el siglo XIX por Dante Gabriel Rossetti y otros pintores prerrafaelitas. La fascinación por el poder de la naturaleza y esa libertad primitiva que no admite ninguna regla late también en las páginas de la maravillosa novela “Pan” del premio Nobel noruego y también nazi confeso Knut Hamsun.

Escenas cotidianas en la patria del Black Metal

Escenas cotidianas en la patria del Black Metal

Pero lo que más me fascina del Black Metal es su incongruencia. Incongruente es que  el quinto país del mundo con menor tasa de criminalidad haya dado a luz un movimiento cultural obsesionado con la muerte y la devastación. Una música empeñada en evocar con su sonoridad todo ese horror del que nos hablaba el coronel Kurtz. Tan incongruente como las violentas novelas policiacas del también noruego Jo Nesbø. ¿Por qué en un país en el que apenas se mata la gente que se dedica al arte suspira tanto por la muerte y la violencia? ¿Por qué, en cambio, en el norte de México, la omnipresente cultura de la violencia y la muerte ha dado lugar a los alegres narcocorridos? ¿Por qué en un país arrasado durante décadas por una guerra civil sangrienta como Colombia la gente se pirra por la sensual cumbia o el ballenato? ¿El grado de depresión en la música es inversamente proporcional al grado de bienestar y prosperidad de una sociedad? ¿Son más alegres y positivos los pobres que los ricos? ¿Ser rico, culto y educado es una especie de maldición? Tengo la sensación de que el Black Metal es una de las espitas a través de la que la sociedad noruega puede liberar parte de sus presiones colectivas sin derramamiento de sangre. Una inteligente solución.

No puedo terminar este viaje personal a través del Black Metal sin revelar la suerte que corrió Vikernes tras su detención en Francia. Lo cierto es que el bueno de Varg había denunciado públicamente los crímenes de Anders Breivik y que los jueces no apreciaron motivos para prolongar su detención más allá de los dos días que pasó encerrado. Supongo que sigue en Francia, como un viejo guerrero vikingo, soñando con martillos y walkirias, vomitando su odio racial y sus absurdas teorías conspiranoicas. Estoy seguro de que tendremos más noticias suyas en el futuro.

Jesús Cirac

Por si os interesa ahí os dejo algunas perlas…

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