Saturday, Nov. 25, 2017

El misterio de los hoyos de las Lastras de las Fajuelas

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14 Nov ’17

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El misterio de los hoyos de las Lastras de las Fajuelas

Este verano mi padre me invitó a ir de expedición a las exóticas Lastras de las Fajuelas.  Por mucho que uno viaje de forma compulsiva alrededor del mundo, nunca se siente lo mismo que al pasear por los montes de tu pueblo.  Supongo (y sin suponer) que me hago viejo y con el olor del romero y el tomillo me entra la nostalgia barata de la niñez (con las piernas llenas de arañazos por las aliagas, zarzas y coscojas) cuando la “búsqueda” era una filosofía de vida: de espárragos, de balas y casquillos, de pozas en el río, de pajarillos indefensos, de lugares escondidos…  Por si esto fuera poca motivación para aceptar la invitación, cualquier excusa es buena para poder pasar unas horas con tu padre cuando tu domicilio habitual está a 9859 km en línea recta.

En cuanto llegamos a las lastras, mi padre me empezó a desvelar los detalles del pequeño misterio al que, por casi setenta años, no le ha sabido dar respuesta.  Desde el mismo momento en que salimos del coche, me comenzó a señalar multitud de agujeros de unos cinco centímetros de diámetro y entre diez y veinticinco centímetros de profundidad.  Casi todos estaban cubiertos de tierra y pequeñas plantas, pero solo había que escarbar un poquito para darse cuenta de que no eran hoyos naturales.  Hasta el final de las lastras, con seguridad más de quinientos metros, se podrían contabilizar más de cien agujeros.  Por supuesto, lo primero que tu mente intenta hacer es encontrar patrones para darles un significado (pura evolución), pero pronto te rindes ante el despropósito lineal al que te enfrentas.

Si algo tiene claro mi padre es que los agujeros fueron realizados con barrenas manuales, como las que tuvo que utilizar su hermano, o él mismo, en canteras y minas para colocar cartuchos de dinamita.  Sin embargo, la ubicación de los agujeros no tendría ningún sentido si lo que se pretendiera fuera hacer volar la piedra.

Así que utilicemos el método científico y consideremos diversas hipótesis de partida:

  • La construcción de brazales o caminos. En principio, no irían a ninguna parte y, de todas formas, sería más fácil construirlos por los laterales.
  • Obras militares. Mi padre ha conocido estos hoyos desde los años cuarenta; así que ¿podrían estar relacionados con las maniobras militares de la Guerra Civil? De seguro que fue una zona con gran actividad durante los años del conflicto bélico, pero su ubicación, perpendicular al cauce del río Guadalope, no parece tener sentido en cuanto a la construcción de trincheras… y menos sobre pura piedra.
  • Señales de tiempos inmemoriales para facilitar el aterrizaje de naves alienígenas. Iker Jiménez, estás de nuevo invitado al Caspe más ocultista.
  • Un loco que se entretenía haciendo agujeros con una barrena. En palabras de mi padre, para perforar uno de esos hoyos se necesitaba bastante tiempo y esfuerzo, aparte de unas buenas ampollas de regalo. ¿Con qué finalidad se podría entretener alguien con este tipo de afición sin oficio ni beneficio?  Bueno, lo mismo se podría decir de la gente que va al gimnasio.  ¿Así se ponían en forma los pastores de las Fajuelas?
  • Un campo de entrenamiento para barreneros dinamiteros. ¿Realmente se necesita practicar esto?

Ahora nos toca sopesar las diferentes hipótesis y, siguiendo el principio de la navaja de Ockham (en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable), no nos queda más remedio que decantarnos por… pues sinceramente no lo sé.  Ninguna me parece plausible y la única mínimamente realista sería la del aficionado a la perforación.

Así las cosas, no me queda más remedio que pedir el comodín del público.  Si tenéis conocimiento de por qué están esos agujeros ahí o tenéis una hipótesis más creíble, no dudéis en contactarme: sferrer44@gmail.com.

Misterios sin resolver aparte, siempre me quedarán las historias de aquel niño que regaba en la oscuridad de las noches de la posguerra, solo iluminadas una vez al año por los lejanos fuegos artificiales de la “ciudad”.  Ninguna generación se libra de la nostalgia del monte, incluso en los momentos más duros.

Sergio Ferrer Giraldos

 

 

 

 

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