Thursday, Nov. 15, 2018

11 de agosto de 1937. Se cumplen 80 años de la disolución del Consejo de Aragón.

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25 Ago ’12

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11 de agosto de 1937. Se cumplen 80 años de la disolución del Consejo de Aragón.

Desde El Agitador queremos recordar un día importante en la historia reciente de Aragón que tuvo como escenario Caspe. El Consejo de Aragón sigue siendo casi un enigma en el que los hechos quedan sepultados bajo el peso de la polémica que todavía ronda su recuerdo. Para las gentes de derechas es poco más que parte de un tiempo plagado de iglesias quemadas y fusilamientos. Entre las gentes de izquierdas, unos lo reivindican como materialización de una utopía a la que nunca se acaba de renunciar mientras que otros lo juzgan como una excentricidad carente de trascendencia. Sin ánimo de pretender satisfacer a unos y a otros queremos, simplemente, recordar aquel 11 de agosto de 1937 y a algunos de sus protagonistas. Quédense con lo que más les plazca. 

Soldados de Líster desfilan por las calles de Caspe en agosto de 1937

 

Caspe, 11 de agosto de 1937. El fin del sueño libertario. Apuntes y testimonios.

Fue aquel un mes de agosto atípico. Como el del año anterior. Como lo sería el del siguiente. Nada que ver con los felices veranos de años pasados. Parecía haber discurrido una eternidad entre entonces y el tiempo en el que no había guerra. Mucho más de lo que las hojas del calendario señalaban.

Tampoco hubo fiestas patronales en 1937. Como en 1936. España estaba inmersa en su contienda más sangrienta. Aunque, en realidad, aquel verano tuvo muy poco en común con el de 1936. Atrás quedó la tormenta revolucionaria que pasó por Caspe segando más de un centenar de vidas, arrasando comercios, haciendas, escenarios idílicos. La ciudad, en 1937, era otra.

Aquel verano fue extraño es muchos aspectos. Asesinatos, detenciones y sobre todo, reclutamientos, provocaron la falta de muchos de los habituales brazos en el campo. Escaseaban algunos alimentos y productos básicos. El paisaje urbano se había transformado completamente; la mayoría de organizaciones políticas y sindicales del Aragón leal habían establecido su sede en Caspe. El trajín de gentes variopintas, corresponsales, soldados, refugiados, dirigentes políticos, era constante. La población había crecido notablemente y eso se palpaba en las calles, en los cafés, en las casas. Se habían establecido varios almacenes de abastos en puntos como la avenida Pi y Margall (actual calle Primo de Rivera) o en la carretera de Maella. Se había habilitado un granero como cárcel porque la del Castillo se había quedado pequeña para tanto preso. La iglesia de Santa Lucía era mercado y Santa María la Mayor garaje y taller de reparación de autos y maquinaria. Los controles a la entrada de la ciudad eran diarios. Convivían dos aeropuertos. Se editaban varios periódicos de tirada regional: el Boletín del Consejo de Defensa de Aragón y Nuevo Aragón, cuyos talleres se situaban en plena calle Mayor. El Grupo Escolar y la Casa Palacio Piazuelo Barberán funcionaban como dependencias administrativas del órgano de gobierno libertario. Caspe era, en definitiva, la capital del Aragón republicano.

Antonio Ortiz en enero de 1937

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El frente cercano estaba relativamente tranquilo, y sin embargo, en los últimos meses habían pasado muchas cosas. El éxtasis revolucionario se había disipado y la euforia de los milicianos por eliminar al fascismo en una rápida victoria, el sueño igualitario de acabar con todo lo que representaba la vieja España, se difuminaba. Se avistaban negros nubarrones sobre el Consejo de Aragón. Desde principios de junio, la suerte del “consejillo de Caspe” estaba echada:

“(…) le he preguntado al Presidente cuándo disuelve ese Consejo, sustituyéndolo por uno o varios gobernadores. Está dispuesto a hacerlo. Y a meterlos en la cárcel, para lo que hay motivo sobrado, en particular de Ascaso. He sabido con asombro que uno de los “consejeros” de Aragón es un sujeto que fue chauffeur mío en Madrid, en 1935. Ahora gobierna en Caspe como sucesor de don Martín el Humano. Los consejeros, con Ascaso, han venido a Valencia para tratar con el Gobierno. Ni el presidente ni los ministros los han recibido. Bien está, pero hay que suprimir el Consejo”[1].

Todo estaba meticulosa y silenciosamente preparado. Tanto es así que la mayoría de los habitantes de la ciudad no supieron absolutamente nada del asunto hasta que se toparon de bruces con ello:

“Tengo una experiencia personal que demuestra la sigilosidad con la que se ocupó Caspe, ya que nadie se dio cuenta de lo que ocurría. Bajábamos unos amigos a los jardines de la estación de FF. CC. Sobre las 10 de la noche y fuimos encañonados por unos soldados que nos conminaron a que nos dirigiéramos a nuestra casa inmediatamente. Nadie se dio cuenta que la ciudad estaba ocupada. Y cercada”[2].

“La entrada de Lister y su Columna en la ciudad del Compromiso revistió todas las características de una ocupación militar. (…) hubo desfile de tanques, cañones, auto ametralladoras [3](…)”.

La Federación Local de Sindicatos de la CNT fue casi tomada por asalto. El retrato de Buenaventura Durruti, de gran tamaño, que adornaba el despacho en el que me encontraba yo en mi calidad de secretario, fue rasgado de un bayonetazo por un exaltado al propio tiempo que dirigiéndose a mí, lanzaba un exabrupto de que aquel, Durruti, era tan fascista como todos nosotros”[4].

El Palacio de Chacón, propiedad de Don Rafael Bosque y ubicado a varios kilómetros del casco urbano de Caspe junto al río Ebro, fue el lugar escogido como puesto de mando de la 11ª División, la cual comandaba Enrique Lister. Hubo una poderosa concentración de artillería y de tanques en la salida de la ciudad: “(…) se sabía de la existencia de este material en el Ejército republicano por las noticias y fotografías que publicaba la prensa, pero no por haberlos visto ni en la retaguardia ni en el frente aragonés[5].

Miembros de CNT y Juventudes Libertarias de diferentes municipios fueron convocados en Caspe por José Ignacio Mantecón, el nuevo Gobernador General de Aragón, con el pretexto de la firma de adhesión al Consejo. Sin embargo, fueron detenidos. Al amanecer serían llevados hasta el Palacio de Chacón. El local de las JSU fue ocupado por los militares. La documentación, archivos y demás fueron amontonados en total desorden. A raíz de ello, se producirán serios conflictos entre militares y militantes caspolinos y habrá algunas bajas[6].

Algunos de los detenidos lo seguirán siendo meses después. En la cárcel de Caspe habrá, a mediados de septiembre, ciento treinta presos. Quedarán todavía sesenta y cuatro en el mes de diciembre[7]. Algunos de ellos tan conocidos como el consejero de Orden Público, Adolfo Ballano, y el delegado general de dicha consejería, Francisco Foyos.

Y así fue cómo, en cuestión de horas, el escenario político de la ciudad de Caspe se transformó completamente. Se cerraba el primer capítulo de la historia particular de la guerra en la zona y, a partir de ese momento, el Gobierno de la República, cada vez más influenciado por los comunistas, regiría los destinos del Aragón oriental a través de la nueva figura del Gobernador General de Aragón que recayó en José Ignacio Mantecón. En realidad, para los ciudadanos de Caspe, no hubo demasiadas diferencias entre una y otra etapa. Pero el destino de muchos de ellos pronto iba a reescribirse de nuevo. En solo unos meses el statu quo de la ciudad se transformaría radicalmente a golpe de fusil. Y esta vez, la nueva situación se prolongaría durante cuatro décadas.

Amadeo Barceló


[1] Manuel Azaña Díaz; Memorias políticas y de guerra. Grijalbo, Barcelona, 1996, pp.92 a 93. La expresión entrecomillada  “consejillo de Caspe” son palabras del propio Azaña.

[2] José Sanz Gómez; Veinte años de historia de la ciudad de Caspe, 1920-1940 (inédito), p. 132.

[3] Antonio Gambau Gil; Consejo de Defensa y movimiento colectivista de Aragón, 1936-1939. Edición, introducción y notas de Rafael Burillo. CECBAC, 2007, p. 203.

[4], Braulio Serrano Capuj; Memorias de un hombre cualquiera. Edición a cargo de Jesús Cirac Febas. CECBAC, Caspe, 2007, pp.203 a 204.

[5] Antonio Gambau Gil; Consejo de Defensa…p. 259.

[6] Antonio Gambau Gil; Consejo de Defensa…pp.275 a 283.

[7] Julián Casanova Ruiz; “El Consejo de Aragón. Poder y anarquismo enla Guerra Civil Española” GCC. Cuadernos de Estudios Caspolinos VII. Caspe, Diciembre 1982, p. 91.

 

Enrique Líster y el periodista Romero Cuesta en mayo de 1937

 

 

 

Enrique Líster. Lo tomas o lo dejas.

Todavía pueden hallarse en Caspe personas cuya galería de recuerdos incluye la imagen de un Líster triunfal instalado con su Estado Mayor en el Palacio de Chacón tras el brutal desmantelamiento del Consejo de Aragón. Líster pasó por el Bajo Aragón como un Atila moscovita bajo cuyas pisadas no volvió a crecer la hierba libertaria. O como un refulgente caudillo militar empeñado en dotar al Ejército republicano de una disciplina que no poseía y que él consideraba imprescindible para poder ganar la Guerra. La ejecución del Decreto de Disolución del Consejo, el 11 de Agosto de 1937, le convirtió en la viva encarnación de una polémica en torno al decurso de la Guerra Civil que, al cabo de los años, aún perdura. Es recordado como el comunista fanatizado cuyo rigor le llevó a cometer excesos en Alcañiz, sede del Comité Regional de C.N.T.; en Caspe, donde puso entre rejas a los miembros del Consejo; o en el resto del Aragón Oriental, donde su empeño por deshacer los logros de doce meses de colectivismo no excluyó el uso de la violencia. Pero también como el esforzado miliciano cuyo celo militante fue recompensado con las tres estrellas de coronel y un papel preeminente en algunas de las más terribles, y legendarias, batallas de la Guerra.

Nacido en 1907 en Ameneiro, una aldea de la provincia de La Coruña, la biografía de Enrique Líster Forján reúne todos los tópicos de la imaginería revolucionaria al uso. Orígenes humildes, problemas con la ley, militancia precoz, coraje innato. Su iniciación en el comunismo se produjo en Cuba, país al que emigró con parte de la familia, con apenas veinte años. En 1932, tras una breve estancia en España, el joven militante consiguió pisar el suelo de la URSS, la tierra prometida de todo buen comunista. Lejos de los efectos disuasorios que dicha experiencia tuvo en otros ilustres “turistas revolucionarios” como Ángel Pestaña, su estancia en la “patria de los trabajadores” se prolongó hasta 1936 al tiempo que su vinculo con el Partido Comunista se fortalecía merced al ingreso en la prestigiosa Academia Militar Frunze, escuela de cuadros del Ejercito Rojo por la que, en un momento u otro, desfilaron ilustres militantes como Modesto, Tagüeña o “el Esquinazao”.

Fueron los hechos acaecidos en Madrid tras el 18 de julio los que le permitieron demostrar los conocimientos militares y organizativos adquiridos en la URSS; su valía personal y su peso en el seno de un Partido que, por aquel entonces, carecía de implantación masiva en la sociedad española. El asalto al Cuartel de la Montaña, la marcha de las columnas milicianas hacia Guadarrama o la constitución del celebre Quinto Regimiento le abrieron la puerta al mito colectivo de la Defensa de Madrid y su legendario “No Pasarán”. Propagandista convencido de la militarización del Ejercito frente al caos innegable de las milicias, su siguiente estación fue la jefatura de la 11ª División, unidad de elite del Ejercito Popular de la República, al frente de la cual fue engordando su popularidad en algunos de los más renombrados escenarios de la contienda: Jarama, Guadalajara, Brunete, Belchite, Teruel.

Como Jefe del Quinto Cuerpo del Ejército del Ebro cruzó el río en dirección a Gandesa en Julio de 1938. Cierto es que sus tropas se batieron en las peores citas de la batalla; La Fatarella, Pandols; pero también que la crueldad con que dificultó la penosa retirada de sus hombres empaña todavía su hoja de servicios. Al caer Cataluña, volvió a Madrid coincidiendo con su ascenso a coronel y su marcha a la URSS durante la desbandada. Su vida prosiguió en el seno del ejército soviético, donde combatió a los nazis en diversos frentes con el grado de general, y en el P.C.E, organización en la que desempeñó las más altas responsabilidades, a pesar de sus desavenencias con Carrillo.

Dieciocho años después de su pacifica muerte en Madrid, Líster sigue sin hallar descanso en nuestra memoria. ¿Con qué Líster nos quedamos? ¿Con aquel de quien Antonio Machado dijo:”si mi pluma valiera tu pistola/ de capitán, contento moriría”? ¿O con aquel de cuya incompetencia militar y falta de escrúpulos el caudillo libertario Cipriano Mera hacía chanza? ¿Con el héroe esforzado de Madrid o con el pistolero sin escrúpulos de Caspe?

 Jesús Cirac

Joaquín Ascaso en enero de 1937
Joaquín Ascaso y José Ignacio Mantecón. Vidas paralelas (o lo que es lo mismo, condenadas a no encontrarse nunca)

No es grande la distancia que separa el número cuarenta y cuatro del Paseo de Sagasta del barrio de Torrero. Vistas las dimensiones que ha adquirido Zaragoza en las últimas décadas casi puede decirse que están incluso cerca. A principios del siglo XX, sin embargo, esos mismos metros constituían una barrera infranqueable que separaba mundos antagónicos. Aspirar a recorrer esa distancia, a comunicar ambos mundos, era como soñar con cruzar el desierto de Taklamakán en solitario, a pie y sin aprovisionamiento de víveres y agua. José Ignacio Mantecón Navasal y Joaquín Ascaso Budría habían nacido en la misma ciudad, en la misma época (1902 el uno y 1906 el otro) los dos eran valientes e inteligentes, poseían sobrada capacidad de liderazgo y estaban dispuestos a arriesgar la vida en defensa de sus ideas. Tanto Mantecón como Ascaso tuvieron como enemigo al fascismo y los dos se exiliaron de España para poner sus vidas a salvo cuando el fascismo triunfó. Ambos murieron lejos de su país, Mantecón en Méjico en 1982 y Ascaso en Caracas en 1977. No obstante, a pesar de los muchos paralelismos, pocas vidas presentan mayores antagonismos que las de estos dos hombres nacidos y crecidos tan cerca el uno del otro. La Historia se ha encargado de convertirlos incluso en enemigos. Sus vidas trazan líneas paralelas condenadas a no encontrarse nunca. Aunque, en realidad, lo hicieron una vez. Fue en Caspe, en agosto de 1937.

José Ignacio Mantecón era el cuarto hermano de los once vivos que tuvo el matrimonio formado por Don Miguel Mantecón Arroyo, ingeniero de caminos, industrial y rico hombre zaragozano, y Doña Concepción Navasal Iturralde. Al igual que sus hermanos varones cursó estudios en el Colegio El Salvador de los jesuitas, donde conoció a Luis Buñuel con quien forjaría una estrecha amistad que se prolongaría hasta los tiempos del mutuo exilio mejicano. Fue la suya una infancia y juventud marcada por la holgada fortuna familiar y por la posición destacada que los Mantecón Navasal detentaron entre lo mejor de la buena sociedad zaragozana. Su padre mandó construir un palacete, todavía existente hoy día, en el Paseo de Sagasta en el que vivirían sus mejores años mientras que los felices veranos familiares tuvieron como escenario la llamada “Villa Buenos Aires” que la familia poseía en San Sebastián. Joaquín Ascaso Budría era cuatro años menor que Mantecón y vino al mundo en Torrero. Su familia era tan humilde como el barrio en el que decidió ubicar su hogar al llegar a la ciudad desde Quinto de Ebro. Ascaso estudió sus primeras letras en las escuelas de la Fuenclara pero tuvo que incorporarse al mundo laboral siendo apenas un adolescente para aportar ingresos a una familia que ni podía pagarle los estudios ni se atrevía a soñar para su hijo otro futuro que la fábrica o el andamio.

José Ignacio Mantecón progresó en los estudios en coherencia con su incipiente talento licenciándose en Historia en la Universidad de Zaragoza con Premio Extraordinario y doctorándose en Derecho en la de Madrid en 1925. Ganó por oposición una plaza en el Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos y entre 1926 y 1935 residió en Sevilla desempeñando su cargo en el Archivo de Indias y en la Delegación de Hacienda. A pesar de sus orígenes burgueses, Mantecón de siempre se manifestó partidario de las ideas republicanas. Como muchos otros, se inició en el Partido Radical para acabar girando en la órbita de Manuel Azaña y su Acción Republicana, antes de integrarse, durante la Segunda República, en Izquierda Republicana. Ascaso, por su parte, debió forjar su bagaje intelectual en las reuniones con compañeros de lucha y en las lecturas de los textos que circulaban por ateneos y sindicatos. Pero su mejor escuela fueron el riesgo, la calle y la militancia. En 1923, con diecisiete años, ingresó en prisión por vez primera. Y en 1924, ya en plena dictadura primorriverista, por segunda. Para hacer esperar a la inevitable tercera se exilió a Francia donde encontró el amor de su compañera y la solidez intelectual para unas ideas que le habían llevado, siendo casi un niño, a frecuentar los ambientes libertarios y, presumiblemente, a colaborar con algunos “grupos de afinidad” zaragozanos e, incluso, con el mítico “Los Solidarios”, integrado por los no menos míticos Durruti, García Oliver o su primo Francisco Ascaso.

El estallido de la guerra sorprendió a Mantecón y a Ascaso en diferentes lugares y circunstancias pero ambos reaccionaron de la misma manera ante la agresión perpetrada por los sublevados. Mantecón, desde Madrid, contribuyó a crear las “Milicias aragonesas” y como capitán del ejército republicano combatió en los frentes de Guadalajara y el Alto Aragón donde recibió el nombramiento de comisario político en la 72ª Brigada Mixta. Ascaso, vivió la fecha del 18 de julio en las calles de Barcelona participando de forma activa en los acontecimientos que llevaron al triunfo de las milicias obreras sobre el ejército rebelde. Con la capital catalana bajo control, el nuevo poder surgido de las barricadas dirigió su mirada hacia el vecino territorio aragonés, en cuyas capitales de provincia y ciudades más importantes el golpe había triunfado. Columnas de hombres pobremente pertrechados partían cada hora de Barcelona en dirección a Huesca y en especial a Zaragoza, donde las fuerzas del general golpista Miguel Cabanellas, apoyadas por contingentes de requetés venidos de Navarra, estaban desplegando toda su dureza en la represión del importante movimiento obrero local. Joaquín Ascaso se incorporó a la primera columna de Buenaventura Durruti emprendiendo el camino de Zaragoza el 23 de julio. Fue en Bujaraloz donde tomaría el desvío a Caspe con la intención de colaborar en la “liberación” de la ciudad, tomada por un contingente de guardias civiles y paisanos al mando del sublevado capitán Negrete. Desde ese momento su destino iba a quedar ligado al de la ciudad, primero a través de su participación en el comité revolucionario local y luego al frente del Consejo Regional de Defensa de Aragón.

Entre el 23 de diciembre de 1936, fecha del reconocimiento legal del Consejo, y el 11 de julio de 1937, fecha del decreto de su disolución, Caspe albergó una extraña experiencia revolucionaria cuyo legado es todavía reivindicado y vilipendiado a partes iguales. Desde el momento mismo de su constitución en octubre de 1936 en Fraga, Joaquín Ascaso se alzó como el hombre capaz de liderar el invento, teniendo en cuenta la casi omnipresencia libertaria entre los miembros del Consejo. No en vano, acreditaba una ya larga experiencia como hombre fuerte del sindicalismo libertario, primero como presidente de la sección de albañiles del poderoso sindicato de la construcción de Zaragoza y, más tarde, en 1933, como secretario general de la CNT. Junto a su amigo Antonio Ortiz, general de la legendaria columna Sur-Ebro radicada en Caspe, Ascaso vivió los ocho meses más extraños y controvertidos de la historia de la ciudad del Compromiso, convirtiéndola en sede del primer gobierno netamente anarquista de la Historia.

José Ignacio Mantecón

 

 

 

 

“El día once de agosto de 1937 un decreto del Gobierno Negrín disolvía el Consejo de Aragón, matando el organismo autónomo y disponiendo, como solución de continuidad, que un gobernador general, dependiente directo del poder central, se hiciera cargo del territorio aragonés a la sazón liberado” Con estas palabras comienzan las memorias de Joaquín Ascaso (publicadas en 2006 por editorial Larumbe). Ese gobernador general al que se refiere sin atreverse a concretar su identidad, no es otro que José Ignacio Mantecón. Su Némesis. El hombre encargado de deshacer todo el trabajo realizado y de borrar del Aragón leal toda huella de colectivismo. Aunque parece que tampoco la suerte fue pródiga con aquel recién llegado. Apenas ocho meses pudo mantenerse en el puesto. A mediados de marzo de 1938, la ofensiva franquista en el llamado Frente de Aragón puso fin, de una vez por todas, a aquella breve experiencia de autogobierno.

Tras la disolución del Consejo la propaganda comunista se encargó de contarle al mundo que aquellos anarquistas indisciplinados no eran más que un hatajo de ociosos empeñados, más que en ganar una guerra o materializar un sueño revolucionario, en ponerse hasta arriba de jamón y de vino tachándoles casi de agentes de Franco. Ascaso vivió en sus propias carnes aquella campaña de desprestigio bien organizada dando con sus huesos en la cárcel y siendo acusado hasta por sus propios compañeros confederales de haberse hecho con un imaginario tesoro formado por dinero y joyas requisadas en los pueblos del Bajo Aragón durante los días del Consejo. Para Mantecón las cosas resultaron un poco más sencillas. Derrotado también pero del lado de quienes, dentro del bando republicano, todavía poseían la legitimidad política y los fondos necesarios, fue nombrado Secretario General del Servicio de Emigración de Republicanos Españoles en París y consiguió un pasaje en barco para Méjico donde logró rehacer su existencia integrándose sin dificultad en la vida universitaria local y culminando una brillante carrera como docente e investigador. El destino fue mucho más exigente con Ascaso, y también con Ortiz, quien se había convertido en su inseparable compañero en la derrota. Tras múltiples y tristes peripecias en territorio francés, que incluyen prisiones, intentos de asesinato y amenazas de expatriación, su destino le llevó a Venezuela en 1948, tras una breve parada en Bolivia. Tampoco allí encontró Ascaso la paz y el resto de su vida se vio marcado por las penalidades, la precariedad económica y los viejos odios incubados en España.

Estoy convencido de que, en otras circunstancias, Joaquín Ascaso y José Ignacio Mantecón habrían conseguido entenderse perfectamente. Al fin y al cabo, eran paisanos, tenían edades parecidas y compartían enemigo. Ascaso, hombre guapo y elegante donde los hubiera, encajaba incluso en el arquetipo del señorito que quizá algún lector de este texto se haya apresurado a colgarle a Mantecón. Pero la vida, tan caprichosa ella, había decidido que aquellos metros que separaban El Paseo de Sagasta del Barrio de Torrero iban a pesar sobre sus destinos como una condena y el encuentro pacifico entre estos dos aragoneses excepcionales no llegó a producirse. Me gusta mucho una foto entrañable en la que un Antonio Ortiz, ya anciano, comparte charla con una de las propietarias del Hotel Latorre de Caspe en el vestíbulo del establecimiento. Puede verse en el magnífico libro “Ortiz, general sin Dios ni amo”. Me gusta imaginar la existencia de una foto similar en la que dos ancianos, Joaquín Ascaso y José Ignacio Mantecón, charlasen tranquilamente sentados en un banco de la Plaza Mayor de Caspe con el Palacio Barberán (sede del Consejo de Aragón) de fondo. Lo triste de todo esto no es que dicha foto no haya llegado a existir, lo triste es que, al final, después de tanto mundo corrido, de haber arriesgado, de haber ganado y haber perdido, lo único que ha unido a dos hombres tan alejados el uno del otro ha sido el olvido.

Jesús Cirac

Desfiles de tropas de Líster en Caspe.

Notas para entender el final de una experiencia irrepetible.

Cuando miramos hacia atrás y abrimos las páginas de la historia, las cosas no son tan sencillas como parece. Se dan circunstancias como que saber lo que sucedió es con frecuencia un obstáculo a la hora de entenderlo. Cuando nos sumergimos en el pasado, más tendemos a olvidar que sus protagonistas no podían saber qué iba a suceder después, y a enjuiciarles como si hubieran debido preverlo, y más nos dejamos llevar por la tentación de concebir la historia como una cadena unilineal de acontecimientos y de ver así su curso y resultados como necesarios, inevitables y únicos posibles.

Un ejemplo entre tantos otros es el final de esa inédita experiencia histórica, de relevancia mundial, que fue el Consejo de Aragón. Como sabemos que duró solo hasta agosto de 1937, solemos buscar las causas de ese su final y para ello buceamos en las semanas y meses anteriores. Pero con ello se abre la posibilidad de que, sin querer, proyectemos sobre toda su andadura la sombra de su final, privilegiemos los conflictos que a la postre se tradujeron en su hundimiento y podamos soslayar aquello que hubiera podido hacer posible su continuidad. Cabe decir sobre el Consejo lo mismo que en términos más generales sobre la II República: que nada demuestra que estuviera escrito en las estrellas su final; que, hasta que fueron asaltados por las armas, tanto uno como otra tenían abiertas todas las posibilidades, inclusive su pervivencia. Aunque corriente, olvidar esto, y condenar así al pozo de lo imposible las vías no transitadas del pasado, es una operación históricamente injusta.

Eso tampoco quiere decir que el final del Consejo fuera un mero accidente. La dinámica política dela Españarepublicana, tendente desde otoño de 1936 hacia la centralización y fortalecimiento del Estado republicano, alcanzó un desarrollo irreversible durante la primavera de 1937. No significaba algo excepcional, porque era un proceso al que a la postre han llegado todas las grandes revoluciones de la edad contemporánea,  máxime si, como en este caso, tenían lugar en pleno contexto de guerra abierta. En ese marco, se trataba de una pugna entre las diferentes formaciones políticas y sindicales por el control de la retaguardia, pugna tras la que estaba en juego cuál sería el régimen político resultante de una eventual victoria. Pero antes había que ganar la guerra, y en realidad esa cuestión permeaba todas las demás. Conla Repúblicaaislada y enfrentada a un enemigo militarmente mucho mejor pertrechado, desde buena parte del arco político republicano se entendió que la única manera de enfrentarse a él con garantías era la reconstrucción de un poder centralizado de amplia base social que dirigiera sin fisuras una movilización total de la retaguardia. Pero ello implicaba algunos cambios drásticos en el equilibrio del poder existente desde el verano de 1936.

El principal jalón en este proceso había sido la famosa “guerra civil dentro de la guerra civil”, los conocidos como “sucesos de mayo” de 1937 en Barcelona. En ellos saltaron a primer plano las tensiones políticas que cruzabanla Españarepublicana, y se abrieron las puertas al relegamiento de las organizaciones sindicales que habían llevado el peso de la movilización revolucionaria desde el estío anterior. Era en realidad algo que no había nacido de la noche a la mañana. Sus cimientos estaban puestos desde el inicio de la contienda. Sea como fuere, sus consecuencias fueron inequívocas. Una vez cesaron las hostilidades y se cerró la inmediata crisis gubernamental, las posiciones de los republicanos, socialistas moderados y comunistas “ortodoxos” mejoraron sustancialmente, caían en picado las de las organizaciones situadas a su izquierda –incluida la meses atrás todopoderosa CNT– y el Estado central daba un paso más en el camino hacia su completa reestructuración.

Al margen de los ecos, disturbios y movimientos de tropas que los fets de maig pudieron suponer en Aragón, interesa destacar aquí que, a pesar de las especiales circunstancias de esta región, en ella latían problemas de fondo similares a los de Cataluña y el resto de la zona republicana. El Aragón “rojo” vivía roces y pugnas entre los distintos órganos de poder que en él actuaban. Con el paso de los meses, el que adquirió los tonos más ásperos ya no provenía de las resistencias a esa labor ordenadora de la retaguardia sino de la competencia por su control. Es decir, entrela CNT regional y el Consejo de Aragón, por un lado, y el resto de fuerzas políticas antifascistas por el otro. Lo que estaba en juego, más allá de la polémica sobre priorizar la guerra o la revolución, era ese control y la hegemonía de uno u otro proyecto político y social. Eso sí, esas cuestiones generales eran además vividas en cada pueblo y ciudad como luchas por el poder local, y como una disputa en torno al problema de la explotación de la tierra y el respeto o no de la pequeña propiedad. De ahí los conflictos entre colectivistas e individualistas que empezaron a salpicar la retaguardia republicana desde el invierno.

Esos conflictos, junto a la cuestión del “orden público”, serían los principales caballos con los que se libró esa batalla. De hecho, ambas cosas estaban a menudo ligadas y, por ejemplo, para los dirigentes del Consejo, la defensa de las colectividades estaba incluida en las funciones de su Departamento de Orden Público. Las críticas hacia la labor de esa consejería por parte de las formaciones socialistas, comunistas y republicanas lograron en junio que esas funciones pasaran a los organismos y fuerzas de seguridad del gobierno central republicano. Pero para entonces, con la balanza política del país cada vez más desnivelada en perjuicio de la CNT, se empezó a adivinar en el horizonte político que se caminaba hacia la desaparición del propio Consejo de Aragón. Arreciaba entre los medios republicanos no cenetistas una dura campaña de acusaciones contra esa “draconiana dictadura faísta”, contra la “monstruosa racha de saqueos y asesinatos”, incautaciones aleatorias, espionajes, colectivizaciones forzosas, “indisciplina total” y “reino del terror” que en teoría ese órgano albergaba. Desde la lógica de la centralización del poder para afrontar el esfuerzo bélico, el Consejo era el último obstáculo para la extensión de ese poder y de las organizaciones que lo controlaban.

El 11 de agosto ese obstáculo desaparecía. La Gaceta de la República publicaba el decreto de disolución del Consejo de Aragón. Era el jalón más decisivo, tras las jornadas de mayo, en lo que el Presidente de la República llamara “rescate del Orden Público por el Estado”. O, como rezaba el decreto, un paso más frente a la “división y subdivisión del poder” y la “dispersión de la autoridad”. Para entonces, sin embargo, también en Aragón el poder estaba mucho menos atomizado que un año atrás. Y tampoco ese paso tuvo los efectos supuestamente buscados en cuanto a la mejora de la capacidad bélica del gobierno republicano. En lo que sí triunfó fue en el cambio de los equilibrios de poder locales y en la muerte de buena parte de las colectividades de la región. Un año después de que comenzara a improvisarse, la retaguardia republicana aragonesa se reinventaba. Ni la primera ni la segunda versión tuvieron tiempo para estabilizarse y ambas fueron derrumbadas manu militari. La segunda tendría por delante apenas siete meses de recorrida hasta que fuera barrida del mapa geográfico y de la historia por el avance de los ejércitos franquistas en marzo de 1938.

José Luis Ledesma

Fotografías suministradas por Salvador Melguizo

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