Sunday, Dec. 4, 2022

Alberto Serrano: «El Caspe de mi infancia estaba lleno de carros tirados por animales»

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6 Sep ’13

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Alberto Serrano: «El Caspe de mi infancia estaba lleno de carros tirados por animales»

 

Alberto Serrano Dolader es un veterano periodista caspolino que lleva años y años al pie del cañón. Ha publicado numerosos trabajos con el antiguo Grupo Cultural Caspolino y actual Centro de Estudios Comarcales del Bajo Aragón. Ha trabajado en radio y televisión, ha escrito numerosos libros, impartido conferencias sobre temas muy variados y, desde hace ya varios años, es responsable de una sección en Heraldo de Aragón titulada “Aragón de Leyenda” en la que, cada domingo, nos cuenta su particular visión del territorio. Es también uno de los responsables de ese extraño portal de actualidad “caspense” llamado “Cuatro Esquinas” que, hasta hace apenas unos meses, nos tenía a todos absolutamente enganchados. Llevaba tiempo queriendo entrevistar a Alberto pero no encontraba la ocasión. Problemas de salud le han mantenido ocupado durante unos meses en los que ha tenido cosas más importantes que hacer que atendernos. Hoy, por fin, lo tenemos con nosotros.

 

Sé que en los últimos tiempos has tenido problemas y lo primero de todo es preguntarte por tu salud. ¿Qué tal te encuentras? Bien, gracias. He estado sesenta y seis noches hospitalizado, de las cuales diez las he pasado en la UCI y he sufrido cuatro operaciones. Todo empezó con un acto médico habitual. Me sometí a un tratamiento para librarme de unas piedras en el riñón pero algo se infectó y he ido sufriendo diversas recaídas que me han tenido casi al borde. Mala suerte.

¿Tan grave ha sido la cosa? Sí. Puedo decir que he visto la muerte de cerca.

¿Y qué tal ha resultado la experiencia? No creas que me preocupaba mucho el momento de la muerte sino el enigma del más allá.

¿Eres creyente? Sí, lo soy. Y como creyente se me planteaba una incertidumbre que me obsesionaba. No tenía miedo a morir pero en un momento así me surgieron una serie de dudas de tipo filosófico. Al mismo tiempo me he dedicado a resumir lo que ha sido mi vida hasta ahora.

¿Qué balance arroja ese inventario? Yo creo que uno no tiene que dejar huella en la vida pero sí una herencia de su paso por el mundo. Al nivel que sea. En mi caso es una huella familiar que se concreta en el orgullo por mis hijos y también una huella que serán mis trabajos, pensar que alguien dentro de muchos años se lo pueda pasar bien leyendo uno de esos libros o un artículo. Son pequeñas semillas que vas sembrando en la vida… No pensaba en los grandes temas, en las grandes cosas, sino en las pequeñas. Y creo que, a ratos, me sentía satisfecho.

Sin embargo, y pese a lo que cuentas, tus artículos no han dejado de aparecer semanalmente en Heraldo, ¿Cómo has hecho para poder cumplir con tus lectores? Soy muy sistemático. Cuando me arremango me arremango y me pongo a trabajar. En enero tenía que entregar un libro de leyendas de Daroca y Gallocanta y había preparado artículos sobre ello. Soy cumplidor y al ponerme enfermo envié todos esos artículos.

Ya puestos, hablemos de tu vida, de cómo empiezas, de cómo llegas adonde ahora estás. Yo estudié la carrera de Periodismo en la Universidad Autónoma de Barcelona. Empecé en 1975 y me licencié en 1980. Ya había hecho mis pinitos en radio, concretamente en aquella Radio Caspe de la época. Al principio como amateur, y en 1979, ya con contrato, aunque un contrato muy poco jugoso. Después de la carrera, me presenté a unos exámenes para Radio Televisión Española en Barcelona y, una vez aprobados, me vine a Zaragoza. Empecé como Jefe de Informativos de Radiocadena Española y con veintiséis años ya fui Jefe de Informativos y Programas de Radio Nacional de España en Aragón, cuando Radio Nacional era la emisora más escuchada. A los dos años o así, me di cuenta de que no me satisfacía ese tipo de periodismo.

¿Por qué? Cuestión de gustos. Me gusta el periodismo de actualidad pero enseguida, hablo de 1988, pasé a programas en RNE, donde hacía uno de tres a cuatro de la tarde, interviniendo en otro que hacía Andrés Aberasturi, “El último gato”, y empapándome de su filosofía: posicionarse cerca de “lo normal”.        Dejé de tener como referencia la actualidad y me dediqué a tratar la memoria de los pueblos.

¿Por qué de los pueblos? Cuando empecé a informar sobre la vida rural, al preguntarle a cualquier vecino, este empezaba su respuesta con un: “Yo hacía…”. Hoy, cuando visito cualquier pueblo, y rara es la semana que no visito dos de ellos, la gente lo que me dice es: “Mi padre hacía…”. Es clarísimo el punto de inflexión en la vida de nuestros pueblos. Creo que yo he ayudado a salvar parte del recuerdo de una generación rural que se estaba perdiendo. Una generación que no es ni mejor ni peor que las actuales pero que estaba en peligro de extinción.

Sin embargo, a pesar de lo joven que eras ya habías desarrollado una brillante carrera profesional, ¿nunca has tenido la sensación de haberte equivocado al cambiar un previsible éxito por zambullirte en un ámbito condenado a ser minoritario?  Soy feliz viviendo en Zaragoza y probablemente sería feliz viviendo en Caspe o en un lugar parecido. Sé que nunca sería feliz viviendo en Madrid. De hecho he tenido la posibilidad de irme y no he querido. Elegí cubrir mis apetencias dejando de lado la jerarquía. No he tenido vocación de ser jefe o de mandar. Prefiero vivir pegado a la vida cotidiana.

Hablas de los pueblos que tienes que visitar. Me llama la atención cuando leo tus artículos en Heraldo la cantidad de pueblos que citas y que, efectivamente, se nota que los has pateado bien. ¿Te queda alguno por conocer? De los setecientos municipios que, aproximadamente, tiene Aragón, habré recorrido más de cuatrocientos. Aún me quedan muchos. No puedes acabártelos todos. A veces vuelvo a algún pueblo que hace mucho que no visito y encuentro a otras personas que me cuentan historias nuevas. Es como el río de Heráclito en el que no puedes bañarte dos veces.

Hoy ya no trabajas en la que siempre fue tu casa. No, después de más de treinta años trabajados me acogí a un expediente de regulación de empleo y pude dejarlo siendo todavía joven. Hoy sigo en el periodismo pero por libre.

¿De verdad crees que lo que tú haces es periodismo? Disiento. Sí, sí. Yo soy periodista. No hago literatura, solo periodismo. Un género periodístico con un fuerte tinte personal pero periodismo al fin y al cabo. Con los años he conseguido desarrollar un estilo propio pero no soy un creador literario. Ninguno de los datos o historias que aparecen en mis libros o artículos es inventado. De hecho, la única vez que escribí algo que puede considerarse creación literaria fue porque me lo pidió Labordeta para un libro que se iba a publicar en Jaca y el resultado dejó mucho que desear.

Yo te veo mucho más cerca de determinada narrativa española o de los relatos de los viajeros románticos o, incluso, de la divulgación antropológica. Pienso en Fernández Flórez o en algunas novelas de Luis Mateo Díez, en George Borrow y “La Biblia en España” o en “La Rama Dorada” de Frazer. Salvando las distancias podría compararse lo que hago a lo que hacían Álvaro Cunqueiro o Néstor Luján. En cuanto a los viajeros, siempre ha habido viajeros por Aragón y por supuesto estoy muy interesado en ellos y su obra. También me interesa la antropología pero no soy antropólogo. El antropólogo interpreta y a mí lo que me interesa es la transmisión de la realidad. Soy un periodista y estoy muy a gusto siéndolo. Heterodoxo, pero periodista. Creo que hago un relato literario sin ser demasiado consciente de ello.

¿No tienes la sensación de ser casi un “friki”? Bueno, yo practico la especialización. Ese es el futuro del periodismo y, probablemente, de cualquier actividad. Lo cierto es que estoy solo en esto y que el material que manejo es poco convencional.  A veces me entusiasmo con un personaje o con un tema. Por ejemplo con Marcuello, un naturalista de Daroca que escribió sobre las aves y del que me leí todo lo que encontré. Leo muchos libros que se podrían considerar raros o extraños y que saco de las bibliotecas intentando exprimirlos al máximo. Eso es algo que me han permitido los directores de los medios para los que he trabajado.

Citas a Cunqueiro. A priori se me ocurre que su tarea resultó mucho más sencilla que la que tú te has propuesto. Su tierra, Galicia, se antoja mucho más rica en paisajes, cuentos, leyendas y tradiciones que nuestro austero Aragón. No lo creas. Aragón es un territorio riquísimo en historias. O por lo menos no es menos rico que los demás. Es, además, muy variado y eso potencia la riqueza. Lo que ocurre es que quizá siempre que se ha hablado de la magia legendaria de Aragón se ha hecho con referencia al Pirineo que parece lo más obvio, y quizás a Albarracín. El Pirineo contiene muchos de los grandes temas: el agua, la frontera…, pero en los últimos quince años se ha empezado a estudiar la provincia de Zaragoza. Bajén y Gros, dos folcloristas, han hecho un estupendo trabajo estudiando espacios tan ricos como las Cinco Villas o el Moncayo. Yo vi ese hueco existente y me fui directo hacia él, hacia todo lo que quedaba sin trabajar todavía. Y he obtenido resultados porque a cada pueblo que vas encuentras historias, de brujas o de tesoros o de aguas o de la guerra… Quedan muchos lugares en Aragón por explorar.

¿Hay en esa dedicación tuya por las historias casi olvidadas de ese medio rural en peligro de extinción un mucho de nostalgia por el mundo de la infancia que viviste en un pueblo como Caspe? Puede ser. Yo te llevo algunos años y son esos años los que han marcado la diferencia en la vida de los pueblos. El Caspe que yo conozco de niño está lleno de carros tirados por animales…

También yo recuerdo carros por la calles. Sí, pero es que yo te hablo de un Caspe que tiene más carros que coches, en el que las sardinas o los cigarros se venden por unidades y hay gente que está muy cerca si no de pasar hambre, sí de pasar grandes necesidades… En esos años que yo te llevo es cuando se produce el cambio, cuando las cosas se empiezan a enderezar. Pensar que interesándome por el mundo rural lo que estoy haciendo es buscar la infancia no es exacto porque la época de mi infancia no fue alegre, era más bien muy gris. Yo creo que el paraíso perdido no está en el pasado sino en el horizonte. El pasado de nuestros pueblos ha sido muy duro. La opresión de un señorito se nota mucho más en un pueblo que en una ciudad. Creo que muchos de los que vivieron en los pueblos en esos años fueron héroes.

Estoy de acuerdo contigo en casi todo pero no me negarás que las visiones literarias, o periodísticas si quieres llamarlas así, que hoy proliferan sobre el mundo rural suelen pecar de demasiado condescendientes e incluso de una cierta idealización que, desde luego, yo no comparto. Bien, pero es que siempre hay nostalgia por el pasado, siempre tendemos a idealizar. Tengo claro que el mundo funciona no por lo que es verdad sino por lo que la gente cree que es verdad. Si yo entro en una sala abarrotada de gente y grito “fuego”, todos saldrán corriendo de allí sin haberse parado a comprobarlo. La gente necesita creer en lo que dice o en lo que oye. No hay brujas, no hay duendes, algún tesoro habrá, pero si la gente ha creído en su verdad le ha dado igual si existían o no. Lo que mueve al mundo es la percepción de la gente.

¿Y cuál es tu percepción de esa realidad después de tantos años de trabajo de campo? Yo tengo una regla de interpretación: las sociedades cuanto más cerradas, más oprimidas. Las que se abren, por geografía, o por permeabilidad intelectual, son mucho más libres. Queda pendiente una revolución cultural. Las anteojeras no te dejan mirar. Las comunicaciones han conseguido modificar las mentalidades y eso se nota. Al principio una de las cosas que más notaba en la gente con la que me encontraba era en si leían el periódico o no. Esa era la diferencia. Los que lo leían tenían otra estructura mental.

Apliquemos esa regla a Aragón. Nos falta ser realistas.

Estoy totalmente de acuerdo. Mucha gente dice que a los aragoneses nos falta creérnoslo más y yo creo que lo que nos pasa es, precisamente, lo contrario. Nos lo creemos mucho pero actuamos y pensamos poco. Más que ideología los aragoneses tenemos una extraordinaria querencia por el pensamiento legendario. Todo el día con nuestros reyes, nuestros sitios, nuestros vecinos malos… Las leyendas se repiten en espacios geográficos y temporales. Sirven para fabricar mecanismos de respuesta a las principales pulsiones humanas que son básicamente tres: la seguridad física, el entorno familiar y lo trascendente como preocupación filosófica. Todos los mitos han girado en torno a ello. No podemos culpar de ello solo a Aragón.

Y ahora apliquémosela a Caspe. Quizá en Caspe el principal problema haya sido el miedo de la gente con vocación política a dar un paso adelante para cambiar las cosas y ello nos ha impedido tener una visión colectiva. Pienso muchas veces en lo que supuso para Caspe la movilización en torno a DEIBA. La gente, espoleada por el tema antinuclear, generó un dinamismo social inédito hasta entonces y, además, en un momento históricamente muy jodido. Recuerdo el acto de reivindicación autonomista que se celebró en Caspe en 1977. De entre toda la gente, no habría más de cincuenta caspolinos en la explanada de las Escuelas. Un año después, DEIBA había conseguido que aflorase una masiva movilización social en la que participaron gentes de derechas y de izquierdas por igual. Aquello fue como una Arcadia que haría falta ahora en toda España.

¿Cómo ve un periodista como tú la actual situación política en Caspe? El Caspe de hoy me pilla un poco lejos pero creo que nadie puede estar satisfecho del magma político generado en los últimos diez años. Creo que hace falta más responsabilidad. En ese sentido ha resultado una agradable sorpresa la actividad desplegada por la Asociación de Amigos del Castillo que ha sido una bonita excepción.

Otra de las cosas curiosas a que te has venido dedicando en estos últimos años ha sido a impulsar la página “Cuatro Esquinas” que tanto seguimiento había conseguido entre los internautas caspolinos, ¿Qué ha pasado con ella? Pues que se ha terminado. Piensa que llevábamos demasiado tiempo y que el hobby, al final, ha llegado a obsesionarnos. Le dedicábamos más de cuatro horas al día y eso era mucho dedicar. Por otra parte, desde Zaragoza resultaba difícil cubrir la realidad diaria de Caspe, siempre recurríamos a cosas atemporales. Yo creo que le llegó el momento y ya está.

¿Cuántos años estuvo abierta la página? Creo que fueron diecisiete.

Ya está bien. Tras vuestra marcha, ¿Cómo ves la blogosfera caspolina? Muy bien. Hay mucha gente haciendo cosas y eso es bueno. Cuanta más haya mejor y cuanta más gente participe, mejor.

¿Sueles leer El Agitador? Os leo, os leo. Os sigo siempre.

¿Después de la dura experiencia personal a la que has tenido que enfrentarte, como encaras el futuro? ¿Cuáles son tus proyectos? Estoy en un momento de reflexión personal. Quisiera seguir como estoy porque he sido muy feliz, pero eso ya no depende de mí. En cuanto a los proyectos, en seis meses saldrá a la calle el libro que te comentaba sobre Daroca y Gallocanta. En realidad yo no paro. Tengo muchos libros en cartera que solo están esperando a que los termine. De hecho, tengo unas veinte carpetas abiertas en el ordenador a las que voy echando material constantemente. Todas ellas pueden acabar siendo un libro.

¿También tienes una carpeta de Caspe? Caspe y su comarca es un territorio extraordinariamente rico en historias. Solo con La Trapa de Maella se podría llenar un tomo. También la Guerra Civil es un tema inagotable, que vosotros tocáis y que hubiera resultado muy difícil tocar hace veinte o treinta años porque era un tema tabú.

Si es cierto que nos lees habitualmente, ya sabrás como terminamos siempre nuestras entrevistas… Es verdad. A ver, una película. Mejor una serie de televisión. Se llama “Carnivale”, es americana, de HBO, y es muy poco conocida. Trata de la lucha entre el bien y el mal en un circo que recorre América durante los años de la Depresión. Elijo una serie de televisión porque me llama la atención que siempre se prestigie al cine cuando los realizadores de televisión hacen cosas geniales de forma mucho más cotidiana. Como yo vengo también de la televisión, quiero reivindicar a esos profesionales. Me gusta también el documental clásico “Nanook El Esquimal”  de Flaherty. Libro. Me quedo con “El Criticón” de Gracián. Puedes leerlo de cualquier manera, ir picoteando aquí y allá. Y también me gusta la tetralogía de Gironella sobre la guerra civil. Y de música, me gusta mucho la orquesta de Glenn Miller.

Esta entrevista se realizó en el mes de junio. Han pasado, pues, casi tres meses. En ese tiempo no había vuelto a ver a Alberto ni en Zaragoza ni en Caspe. No sabía nada de él. Hace unos días le llamé para decirle que por fin se iba a publicar. Me advirtió que se había quedado desfasada, que ya no eran sesenta y seis las noches que había permanecido hospitalizado a causa de su dolencia, que ahora eran noventa y tres. Otras tres veces había tenido que ser ingresado. Un mal verano. “No creas” me dijo bastante despreocupado, “Esto es así, ya estoy acostumbrado, cuando encuentren lo que me pasa me lo curarán y ya está, mientras tanto no hay que preocuparse, tú publica la entrevista”. Y eso hago, publicarla y esperar y desear que Alberto Serrano se recupere definitivamente de todos sus males y que pueda estar muy pronto plenamente dedicado a patearse pueblos en busca de cosas que o no existen o han dejado de existir. Seguramente, las únicas que realmente importan. 

Por cierto, la serie que nos ha recomendado tiene una pinta acojonante.

Jesús Cirac

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