Que las tradiciones se modifican ligeramente con los tiempos es algo obvio.  Se mantiene el esqueleto, los actos centrales de practicamente todas las costumbres, pero adaptándose a las nuevas realidades. Conservamos lo que nos gusta e incorporamos a ello las comodidades y, sin darnos cuenta, a veces perdemos los motivos. Sabemos, por ejemplo, que tal día se lleva a cabo una determinada peregrinación, si bien ya no recordamos como empezó.  Por eso es importante la tradición oral: para no perder la esencia.

Así que asumiendo mi ignorancia, decidí intentar resolver el enigma que me planteaba la fiesta de los quintos de Fabara.  Porque los quintos no eran lo que son.  Ni falta que hace.

La fiesta tiene un arraigo popular descomunal y unas características propias que la hacen diferente a las celebraciones de los pueblos colindantes.  Empezando, claro, por la fecha.

Porque la fecha es lo primero que llama la atención de manera poderosa.  Lo habitual es octubre, justo antes de lo que hasta hace diez años fue el tradicional sorteo.  Pero en Fabara la fiesta tiene lugar en Marzo.  Luego veremos por qué.  O lo intentaremos.

Todo empezaba un jueves, en el que los quintos, varones, salían al campo a cazar con la más noble de las intenciones que tiene ese deporte: alimentarse.  Porque la necesidad obliga y lo que hoy nos parece lógico: el dinero en abundancia, antes no lo era en absoluto.  Así que los quintos, con los bolsillos vacíos a pesar de sus veintiún años, y las escopetas llenas, se echaban al monte porque era la manera de conseguir las viandas para llevar a cabo una buena comida.

Y tras un día, o dos, entre bromas y buen ambiente en el mas de alguno de los quintos, con los zurrones tan llenos como buena fuese la puntería de los mozos, se volvía al pueblo para disfrutar del sábado en que eran los amos de la villa.  En el que todo estaba permitido para ellos. Traían consigo, amén de la caza, leña.  Para cocinar, claro. Y la comida tradicional del día era la paella con conejo.  Y con perdigones.

Como el último lugar al que querían ir era a sus casas, los jóvenes descargaban la leña en la Plaza.  Poco importaba hacer una hoguera en medio del pueblo: ni las calles ni la citada plaza estaban asfaltadas.  Los problemas no aparecerían hasta hace casi cincuenta años cuando alguien tuvo la brillante idea de asfaltar la plaza.  Pero al mismo tiempo que desaparecía la tierra de las calles de Fabara, apareció la solución a los problemas de los quintos: el tractor, uno de los primeros de la villa, vino para traer la arena para la hoguera: solucionado.

Así que tras comer una buena paella y rondar por la tarde, llegaba la hora de la cena, donde lo habitual era la carne a la brasa: longaniza, chorizo y demás regado con un buen vino y dulces caseros, todo bien abundante dispuestos a convidar a quien por allí se acercase.  Que a la postre acabaría siendo toda la villa.  Hospitalidad pura y dura.

La hoguera servía para disfrutar calientes de la velada que, perfectamente, duraba toda la noche.  Pues hacía falta ser muy valiente para irse a dormir soportando las burlas de tu quinta.  O muy cobarde.

Tras la cena, había un baile en el Casino, epicentro de la vida social de Fabara.  Y, como no podía ser de otra manera, ellos mismos se encargaban de abrir el baile con las personas mas indicadas para ello: sacaban como pareja a sus madres continuando con la tradición.  Por ser agradecidos.  Y estas, para amenizar el baile llevaban las arras.  Porque el día lo merecía.

Y tras una noche en vela, los mozos debían cumplir con su auténtica obligación: el tallaje.  Coordinado desde el ayuntamiento con el médico del pueblo, esta revisión se llevaba a cabo un domingo, en Marzo, habitualmente el primero.  Enigma resuelto.  Por cierto, resulta curiosos observar que se podía quintar e incluso acudir al tallaje habiendo cumplido con la patria.  Porque, claro, los voluntarios marchaban a los dieciocho años, volvían a los veinte (veinte meses de mili) y quintaban una vez licenciados.

Y todos bien medidicos y pesadicos, se hacía una última ronda por las calles, con los capazos, a ver si estos vecinos nos echan algo, que al final resulta que hemos tenido gastos y además nos iremos a hacer la mili.  Y para comer cada uno a su casa y fin de fiesta de los quintos.  O del tallaje.

Todo estaba permitido ese fin de semana, y si ocurría algún marro o maleza sin mala voluntad, se decía «han sido los quintos».  Y se continuaba sin más.

Pero aquí no acababan las labores de los jóvenes.  En realidad podría decirse que empezaban, pues ya con parte de la quinta superior convertida en reemplazo en sus destinos, los imberbes (es un decir, porque con veintiún años ya me diréis) pendientes de sorteo asumían su rol y colaboraban en los actos que se llevaban a cabo en la localidad, empezando por sacar el santo en la próxima Semana Santa.

Y así vemos como las tradiciones se mantienen, si bien ligeramente modificadas.  Pues nadie dijo que la hoguera tuviese que ser descomunal, ni que fuese obligatorio salir de juerga todos los viernes, ni hablaron de teñirse el cabello ni de escotar para la comida.  Ni, por supuesto, nadie dijo nada de hacer una fiesta en el pub con chupitos boca a boca.  Pero, claro, es que no había pub.  Ni estaba permitido coordinar la llegada de los Reyes Magos y sacar los cabezudos en fiestas de Agosto a cambio de sacar el santo en procesión.  ¡Ah!  Y ahora ya ni siquiera los tallan.  Y no hablemos de ir la mili…  Pero esa es otra historia.  Y curiosamente, lo que un día fueron quintos, ahora son kintos.  Y kintas.

Pero sin duda esta fiesta se mantiene y mantendrá a pesar de la desaparición de la mili (hace ya más de diez años) y del peligroso descenso demográfico que afectando a todas las poblaciones como no iba a hacerlo a Fabara también, pues se dará el caso de kintas minúsculas.  Se mantendrá porque el arraigo popular, como ya he nombrado al principio, supera lo imaginable.  Y no parece cercano el día en que los fabaroles dejen que desaparezca por desidia.  Y las fabarolas, claro.

Es este el día en el que todo el mundo que tiene una relación mínima con la villa está por allí.  El día que se llena de visitantes y nadie se lo quiere perder por nada del mundo. Cuando todos recuerdan el día que quintaron.  Porque quintar, todos quintan.  Y porque todas las kintas hacen la hoguera «mas grande» que la de las demás.

El día, fin de semana, que todos se acercan el viernes al pub a disfrutar de la fiesta de la cerveza, a saludar a viejos amigos y a los amigos viejos.  Que el sábado se van a comer al mas con los de su kinta, rompiendo por unas horas las amistades habituales.  Incluso las parejas en ocasiones.

Es este el día en el que todo el mundo acude al encendido de la hoguera el sábado, cuando se pone el Sol, a eso de las siete de la tarde, cuando los Kintos y kintas invitan a pastas y vino.  El día en el que sigue habiendo baile en el Casino, cada kinto con su madre o su padre.  En el que, dicen, entran mil personas al pub en un pueblo de mil habitantes.  El día en el que se almuerza y los capazos, vacios de almendras y ansiosos de billetes, vuelven a rondar por la villa.  Y luego vuelven a su patio.  Hasta el año que viene.

Esta recreación ha sido una generalización basada en las vivencias de la quinta del 66.

La fiesta de los kintos de Fabara se celebra el primer domingo del mes de Marzo.  Este año son los días 2, 3 y 4 de Marzo.  Comienza el viernes con una fiesta nocturna en el Pub del Casino. Continúa el sábado con el encendido de la hoguera y nuevo baile y fiesta en el Casino-Pub y finaliza el domingo con la ronda matutina.

Gracias a todos los que han colaborado en esta elaboración y perdón por los posibles errores.

Daniel Baquer

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