Tuesday, Nov. 30, 2021

Víctor Juan Borroy: Intento convencer a mis alumnos de que la escuela es la institución que refleja de una manera más fiel la sociedad de cada momento

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2 Ago ’13

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Víctor Juan Borroy: Intento convencer a mis alumnos de que la escuela es la institución que refleja de una manera más fiel la sociedad de cada momento

Desde el comienzo de nuestra andadura, en El Agitador siempre quisimos crear vínculos con los caspolinos de la diáspora, con aquellos que habiendo nacido en la Ciudad del Compromiso habían abandonado, por cualquier razón, su vida aquí. Sabíamos que Víctor Juan era uno de ellos. Encajaba perfectamente como candidato a nuestras entrevistas, porque además de caspolino, es un hombre comprometido, apasionado de su trabajo y de la cultura, buen conocedor de la realidad del territorio aragonés. Es profesor en la Universidad de Zaragoza, director del Museo Pedagógico de Aragón, director de la revista ROLDE –Revista de Cultura Aragonesa- y acaba de publicar su tercera novela, “Las manos de Julia”.

Víctor es buen amigo de la palabra y tiene cosas que contar, así que solo hacía falta preguntarle:

¿En qué proyectos andas trabajando? ¿Cuáles son ahora mismo sus prioridades? ¿Tu nueva novela, tus clases, tus amigos…?

Pues estoy ocupado en todo a la vez. No renuncio a nada. He empezado las clases con estudiantes que cada curso me parecen más jóvenes. Tengo varios proyectos del Museo Pedagógico de Aragón entre manos, la preparación del número de diciembre de «Rolde. Revista de Cultura Aragonesa», la tertulia del domingo en la Cadena SER de Zaragoza (con Miguel Mena, Pepe Melero y Antón Castro) y actividades propias de mi condición de predicador en el desierto: el pasado 3 de noviembre el Ayuntamiento de Alquézar me invitó a dar una conferencia sobre el maestro Pedro Arnal Cavero, el 27 de noviembre acudiré al salón de la UNED de Barbastro para contar algunas cosas del programa educativo de la II República, el día de la Constitución estaré en Cretas hablando de la maestra Palmira Plá, una de las mujeres de mi vida que, por cierto, pasó parte de la Guerra Civil en Caspe. Además escribo. Más despacio que nunca -y posiblemente disfrutando más que nunca de la escritura-.

Es decir, que no puedes parar. ¿Puedes contarme algo sobre esos proyectos del Museo Pedagógico?

Tenemos pendiente la edición de tres nuevos títulos de la colección «Publicaciones del Museo Pedagógico de Aragón» que ha alcanzado en seis años los veintitrés números: un facsímil de un libro escrito por un maestro de Teruel en 1853 sobre el sistema métrico decimal. En segundo lugar, el diario de un maestro novel en el que relata sus siete primeros años de ejercicio profesional y un tercer libro en el que hemos recogido las aportaciones de distintas personas que explican las razones por las que merece la pena dedicarse a la educación, la necesidad que la sociedad tiene de maestros convencidos de serlo. Es un libro muy emocionante.

Además, en el mes de septiembre recibimos una importante donación. Los hijos del maestro Gregorio Lax Roda, que ejerció en Ballobar, nos han donado la biblioteca de su padre, unos 1500 libros de pedagogía, literatura, música, varios ejemplares de revistas pedagógicas, diccionarios de educación, cuadernos escolares, juguetes de los años treinta… Así que nos esperan apasionantes horas de estudio y catalogación. Trabajamos permanentemente sobre nuestra colección con el propósito de descubrir los secretos que las piezas guardan, para escuchar las historias que nos susurran. Por otra parte estamos mejorando algunos de los espacios del museo como el dedicado a las tecnologías educativas y completando espacios importantes como el dedicado a la imprenta escolar.

Veo que, en este caso, se cumple eso de «sarna con gusto no pica», y que trabajas con todo tu entusiasmo en lo que te apasiona, el mundo de la educación. Y veo también que además de mirar al futuro le concedes una gran importancia al pasado. Numerosas son tus publicaciones y referencias a personajes como la mencionada Palmira Plá, a Paco Ponzán, a Santiago Hernández o a Ramón Acín. ¿Cuánto crees que queda en la sociedad actual de ese espíritu tan humano, y a la vez tan crítico, de maestros como estos? ¿Consideras que las horas invertidas en estudios, como por ejemplo el del propio Gregorio Lax Roda, tienen ahora más sentido que nunca?

Vivimos en una sociedad compleja en la que es muy difícil orientarse. Nuestra existencia se ha convertido en una especie de laberinto en el que bajo una apariencia de libertad -la supuesta libertad de información, el acceso al conocimiento que brindan las tecnologías, entender que los medios de comunicación son ventanas abiertas al mundo que nos muestran la realidad tal cual es- quizá estamos más controlados y dirigidos que nunca. Tenemos la mirada secuestrada. Por eso es necesario conocer las vidas de personas que nos precedieron, que eran personas como nosotros, exactamente igual que nosotros (no seres extraordinarios o superiores)- y que quisieron entender su vida, la sociedad en la que vivían y asumieron compromisos para hacer del mundo un lugar más habitable.

En el caso de los maestros que nombras tenemos además una deuda de justicia con ellos. Sus nombres fueron borrados de la historia y para entender quienes somos -quienes queremos ser- es imprescindible tender puentes entre ellos y nosotros. Esta tarea no siempre es fácil. Nos separa una guerra civil y una larguísima dictadura.

Sin dejar de hablar del pasado, ¿cuántos años llevas fuera de Caspe? ¿Cómo recuerdas tu infancia y tu juventud aquí?

Yo viví en Caspe, en la calle Borrizo, hasta que cumplí los seis años. Mi padre era cartero y vino a trabajar a Zaragoza. Dejar Caspe fue el gran drama de nuestra infancia. En Caspe teníamos a toda nuestra familia, a nuestros primeros amigos, a las personas que nos querían. Mis hermanos y yo soñábamos con volver a Caspe y eso es lo que hacíamos en las vacaciones de navidad, de semana santa y del verano. Así lo hice hasta los 18 años. Luego empecé a estudiar en la universidad, se murieron mis abuelos, primero mi abuela Pilar, luego mi abuelo Valentín y finalmente mi abuela Concha y dejé de ir a Caspe a pasar las largas temporadas que hasta entonces pasaba. He vuelto siempre: a pescar, a la semana santa, a las carrozas de las fiestas de agosto… He llevado a Caspe a las personas que más he querido para que entendieran quién soy, para que supieran desde donde les hablo.

He escrito alguna vez que Caspe es mi patria porque Caspe es mi infancia, un tiempo en el que se forma nuestra personalidad básica. Ahora sé que lo más importante de aquellos días, la herencia que me legaron las personas que conocí, fue la palabra, la importancia de la palabra para entender el mundo y la manera de vivir el tiempo. Yo soy capaz de esperar en silencio y sin hacer nada. Puedo esperar casi infinitamente y eso se lo debo a aquel tiempo.

¿Y cómo ves Caspe cada vez que vuelves? ¿Ha cambiado su esencia, sus gentes? ¿Se ha modernizado o se ha quedado atrás respecto a otros lugares de Aragón?

Me impresiona contemplar las casas vacías. Cuando recorro las calles de Caspe, sus plazas, aún espero ver sentados a las personas que veía cuando era niño. Busco el rostro de los hombres y mujeres a quienes escuché hablar cuando era niño. Posiblemente me busco a mí mismo. Sé que es una búsqueda imposible.

Me sorprende que haya tantos caspolinos venidos de lejos, caspolinos de mil colores que han tomado las calles, los bancos de los jardines, las tiendas, los bares, las aceras y las plazas.
Cuando me reúno con mis amigos caspolinos, aunque haga meses o años que no nos hemos visto es como si retomáramos una conversación que hubiéramos dejado pendiente el día anterior. Creo que Caspe se ha modernizado al mismo ritmo que la sociedad aragonesa.
Aunque pudiera pensarse que hablo con cierta nostalgia del pasado, la sociedad actual es infinitamente mejor que la de hace cuarenta años.

Efectivamente, Caspe tiene una realidad social agitada. Cientos de caspolinos no han nacido aquí porque han venido de otros rincones del mundo. Parece que, hablando también con nostalgia del pasado, Caspe haya perdido las señas de identidad que tú acabas de recordar. Y todavía más en el aspecto cultural. Parece que cada vez menos habitantes de esta Ciudad conozcan la Historia del Compromiso, de la Colegiata, de la Vera Cruz o de la inundación del Pantano. ¿Qué opinión te merece esta realidad?

No solo Caspe ha perdido parte de «Las señas de identidad». Los medios de comunicación han secuestrado nuestra mirada. Estamos informados de asuntos que no merecen la pena, que no importan en nuestras vidas y, sin embargo, lo importante nos lo ocultan. Los medios de comunicación han restado «autenticidad» a nuestros sentimientos, a nuestra manera de entender el mundo. No es extraño que un adolescente sepa, por ejemplo, quien es Justin Bieber o como se llama la última novia de Paquirrín y, sin embargo, no sepa cómo se llama la consejera de educación del gobierno de Aragón o no sepa decir nada de Machado o de Ortega y Gasset o no sepa cómo se llaman las plantas que crecen en el camino. Estamos perdiendo el protagonismo sobre nuestra propia vida, un protagonismo que, por ejemplo, tenían las mujeres de la calle Vieja a quienes yo escuché hablar durante horas en las noches quietas de mi infancia caspolina. Aquellas mujeres tenían una historia que contar. Su propia historia, aunque no hubieran leído nunca un libro, no hubieran asistido a la inauguración de una exposición.

Hablando de libros… ¿Cómo fue la presentación de tu última novela -Las manos de Julia- en Zaragoza? ¿Qué acogida está teniendo este nuevo formato Ebook a través de Internet? 

Me ha hecho muy feliz publicar «Las manos de Julia» en formato digital. Ahora la novela no está en las mejores librerías del país (como decía la publicidad antigua), sino que se puede conseguir desde cualquier ordenador del mundo en https://literaturame.net/libro/las-manos-de-julia y esto me hace sentir la alegría de los pioneros, la emoción de quienes hicieron las cosas por primera vez. Me escriben amigos de Galicia, de Salamanca o de Las Canarias diciendo que han leído la novela. La edición en papel tiene un gran problema: la distribución. Esto se soluciona con la edición digital. Las redes sociales, los blogs, las páginas web son el escaparate de estas ediciones. Además el precio de la novela es muy económico. Se puede conseguir por tres euros. Estas circunstancias hacen que se esté vendiendo muy bien, que mucha gente la lea. A mí los lectores me interesan más que las ventas.

Y ahora que, después de «Marta» y «Por escribir sus nombres» tienes ya cierto rodaje como novelista, ¿crees que esas facilidades en la distribución y en la venta que te ha brindado el formato digital acabarán por dejar en un segundo plano al formato papel?

Nos gusta el papel. Nos gusta acariciar las páginas de un libro con los ojos y con las manos. Pero hay una máxima que deberíamos tener presente: solo deberían hacerse libros realmente hermosos, libros que todos quisiéramos guardar y dedicarles un espacio en nuestras casas. Si un libro no es hermoso (por el tacto del papel, por la tipografía o por la delicada encuadernación) no merece un sitio en nuestras estanterías. Siempre tendemos libros de papel, pero el formato digital sustituirá muchas publicaciones. Nadie tiene la enciclopedia Espasa en casa. Ocupa mucho espacio, es carísima, se actualiza difícilmente… Por otra parte, cada vez es más cómodo leer en formato digital. Además, uno puede llevar toda su biblioteca, miles de libros, en su teléfono o en una «tableta» o en su ordenador.

¿Vendrás a Caspe a presentar tu última obra como ya hiciste con las dos anteriores?

Si alguien me invita a presentar «Las manos de Julia» en Caspe, iré inmediatamente. Aprovecharé para ver a los amigos, comprar tomates secos -soy un adicto- torta de balsa, pan de Caspe y para informarme de un asunto que en los últimos tiempos me preocupa: las acerollas.

Bueno, lo que está claro es que no te irás de aquí con hambre (risas). Además, si vienes pronto y te llevas todo lo que nombras, acerollas incluidas, tendrás buen surtido para pasar el invierno.

Hemos hablado antes de la figura de los maestros del primer tercio del siglo XX, pero… ¿qué hay de tu figura como profesor en la Universidad? ¿Qué asignaturas impartes? ¿Qué edad tienen tus alumnos?

Hace 25 años que doy clase. Empecé en 1987 en Alcorisa. Fíjate, elegí ese destino porque formaba parte del Bajo Aragón. Luego fui maestro en Langa del Castillo, Zaragoza, Magallón y La Almunia de doña Godina. Desde 1999 doy clase en la Universidad de Zaragoza. Antes, en 1992 comencé a trabajar en el Centro de la UNED de Calatayud. Allí fui profesor-tutor de la Facultad de Ciencias de la Educación. Hice muy buenos amigos, escribí varios artículos en «Anales», la revista del centro asociado y fui muy feliz durante doce cursos.
Ahora soy un profesor antiguo. Mis alumnos de este año han nacido en 1994. Les explico lo mejor que puedo dos siglos de historia de la educación, dos siglos de escuela, cómo se ha construido la profesión maestro de primera enseñanza, cómo se ha entendido en cada época la infancia. Intento convencerles de que la escuela es la institución que refleja de una manera más fiel la sociedad de cada momento.

Me gusta dar clase. En parte les hablo de mi vida, de lo que ha sido mi vida en estos 25 años de investigación y estudio. Cuando me presento siempre cuento que mi relación con la escuela empezó en Caspe. Una mañana íbamos por la calle Mayor con mi madre y nos encontramos con la iba a ser mi primera maestra. Mi hermano Carlos aún iría en el cochecito. Mi madre ya estaba embarazada de Jesús y al contemplar el panorama, doña Julia le dijo a mi madre: «A este mayor le compras una bata y me lo mandas a la escuela». Y así empezó mi carrera en el sistema educativo, en las escuelas de La Balsa, en un edificio que me emociona cada vez que miro su fachada. Apenas tenía dos años y lo primero que dije en la escuela fue «Avemaría purísima», una especie de contraseña. La maestra contestaba «Sin pecado concebida». Y ya podías traspasar las puertas del aula. Así cuando digo que he vivido y vivo en la escuela no estoy exagerando. Se me ha pasado la vida a un lado y a otro de los pupitres.
En los últimos 25 años he dado clase en todos los niveles del sistema educativo. La razón de mi trabajo la encuentro, por extraño que parezca, en un antiguo texto en el que Protágoras –en el diálogo que lleva su nombre– le prometía al joven Hipócrates, que estaba pensando en hacerse discípulo suyo, lo siguiente: «Si me acompañas, te sucederá, cada día que estés conmigo, que regresarás a tu casa hecho mejor, y al siguiente, lo mismo. Y cada día, continuamente, progresarás hacia lo mejor». Y este es mi compromiso como profesor: conducir a los estudiantes, tengan la edad que tengan y sean quienes sean, hacia aquello que me parece valioso.

Y después de tantos años y tantas experiencias delante de los pupitres ¿qué opinión tienes acerca de la situación actual de la educación? ¿Cómo se enfrentan los jóvenes, bajo tu punto de vista, al contexto en el que les ha tocado vivir?

Yo soy optimista. No puedo afrontar de otra manera la vida. Si creyera que no hay salida, que mi trabajo no tiene sentido, no podría dedicarme a la educación. Tenemos el mejor sistema educativo que hemos tenido nunca, con los profesores mejor preparados, los centros están mejor dotados que en ninguna otra época de nuestra historia, tenemos un sistema educativo más justo que nunca. Tenemos una escuela pública que tiene la calidad como su principal característica. Basta volver la vista atrás, solo unas décadas, para comprobar que entre todos hemos hecho mucho por la educación y la cultura del país en los últimos 30 o 35 años.

No podemos olvidar que, como ya he comentado anteriormente, la sociedad es ahora infinitamente más compleja que en ninguna otra época: diversidad de valores, creencias, procedencias culturales… Toda esta complejidad también está en la escuela. Y el sistema educativo, los profesores -fundamentalmente- resuelven satisfactoriamente los problemas que se les presentan. La realidad es compleja y no puede explicarse desde la simplicidad.
Hay mucho ruido alrededor de la educación, el ruido que hacen los políticos que tienden a instrumentalizarlo todo, a utilizar cualquier ocasión para sacar un rédito electoral. Basta pensar en cómo defienden una cosa y la contraria según hablen desde el gobierno o desde la oposición. Los medios de comunicación tampoco contribuyen a que entendamos la escuela, el trabajo de los maestros, la formación de los jóvenes desde la serenidad. Suelen agrandar los problemas creando en demasiadas ocasiones falsas polémicas. Y sin embargo en nuestro sistema educativo hay miles de niños y de jóvenes que cada día entienden mejor el mundo en el que viven y se entienden mejor a sí mismos, miles de maestros y de profesoras que son felices con su trabajo, cotidianamente felices, miles de maestros que trabajan un año tras otro y cuando vuelven la vista atrás caen en la cuenta que hace treinta años que cultivan el huerto escolar, que hace treinta años que hacen teatro con niños, que la revista que fundaron ha cumplido más de treinta años…

Los jóvenes tienen un reto muy importante: orientarse en la sociedad de la información. Encontrar lo bueno, lo justo y lo valioso. Este debería ser uno de nuestros principales objetivos como educadores -y como padres, que no hemos de olvidar que la familia es determinante en la educación de los jóvenes-. Según las estadísticas, cuando un niño ha cumplido 15 años ha estado más horas sentado frente al televisor que en la escuela. Y esto debería hacernos pensar. Y, por supuesto, actuar.

Creo que eres alguien afortunado. Dedicas tu vida a lo que te apasiona y te pagan por ello, y lo llevas haciendo durante muchos años. Terminaremos esta entrevista con la pregunta obligatoria en El Agitador: recomiéndanos un libro, una peli y un disco.

Es muy difícil elegir, pero ahora mismo sugiero:

Un libro: No se fusila de domingo de Pablo Uriel (Editorial Pretextos), en cine El hombre tranquilo, y en música Paco Ibáñez en El Olympia.

David Bonastre Piazuelo

Publicado originalmente el 09/11/2012

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