José Luis Pérez Albiac: Caspe equivale a Centro Asia o al Medio Oeste norteamericano.

Con esta entrevista hago trampa porque José Luis es colega. Le conozco desde hace un montón de años y más que entrevistarle lo que hago es continuar múltiples conversaciones empezadas en lugares y tiempos distintos y probablemente nunca concluidas de forma satisfactoria. En tantos años de amistad, hemos  discutido mucho. Siempre me he mostrado crítico con su aparente falta de espíritu crítico en relación a muchas cosas que yo entendía criticables. Él ha sabido fajarse de mis críticas criticando a su vez mi excesiva predisposición a la crítica. Y la verdad es que nos ha ido bien. Como un viejo matrimonio que tiene la casa ordenada y separa los residuos orgánicos del plástico y los envases del papel. 

Hace poco pude verle en televisión, en un programa de Antena Aragón en el que salen médicos rurales y cuyo nombre no recuerdo. Me hizo mucha gracia y, sin pensarlo demasiado, le llamé para pedirle que se sometiera a la máquina de entrevistas de El Agitador. No crean que le costó decidirse. Siempre he pensado que José Luis tiene cara de profesor de yoga. Ya de joven la tenía. El rostro afilado, los ojos ligeramente caídos, un aire de beatitud que podría deberse tanto a la meditación como a los efectos de una buena fumada. José Luis está pero parece que no esté. Solo que eso es pura apariencia. Tiene una de las mejores cabezas que conozco y hablar con él siempre es un enorme placer. Les dejo con él.

¿Cuál es tu relación con Caspe? Mi madre era de Caspe. Era hija de Próspero Albiac y hermana de Pepe Luis el de El Buen Gusto.

También tu padre tenía algo que ver con Caspe. Sí, mi padre se llamaba Marceliano Pérez y fue maestro y director de los Franciscanos durante once o doce años. Llegó a Caspe en 1942 para ser profe y en Caspe conoció a mi madre y se casó.

¿De dónde venía tu padre? Acababa de terminar la carrera en Madrid. Durante la Guerra había sido alférez provisional en el ejército franquista, a pesar de tener ideas de izquierdas. Admiraba mucho a la Institución Libre de Enseñanza y estaba muy influenciado por su legado. Ir al campo, editar revistas, hacer teatro. No quería cantar el Cara el Sol y me consta que en Caspe tuvo problemas por ello. La familia de mi madre era más bien tradicionalista, católica, más o menos.

Yo recuerdo que, cuando iba a primero o segundo de B.U.P, en 1981 u 82, tu padre dio una conferencia en el Instituto a la que asistí. Todavía recuerdo el título: “Tucídides y las Guerras del Peloponeso”… Sí. Mi padre era licenciado en Filología Clásica y fue profe de latín y griego muchos años. Era hijo de campesinos de una aldea muy pequeña de Palencia. Eran nueve hermanos. Él iba para cura y se salió… Una cosa muy típica en aquellos años.

Tú no naciste en Caspe. No, yo nací en Zaragoza aunque pasé gran parte de mi infancia en Huesca adonde se había trasladado mi familia. Pero mis dos hermanos sí nacieron en Caspe, encima de lo de Masats, en la Calle Mayor. En 1953 mi padre decidió marcharse a Zaragoza pensando en la carrera de sus hijos. Allí se asoció con varios amigos, uno de ellos era Alfonso Gaspar Auría que, al cabo de los años llegó a ser vicepresidente del Gobierno de Aragón con el PSOE, y montó un colegio privado. Se llamaba “San Isidoro” y estaba en la calle Bolonia. Junto al de la familia Labordeta eran los dos únicos colegios laicos privados de la ciudad. Tras unos años en el colegio, se presenta a unas oposiciones y saca la plaza de profesor de instituto de griego. Pasa por muchos destinos, Soria, Manises, Reus… Luego ya sacará la catedra y pasará por Huesca, Valencia y finalmente Zaragoza, en el instituto Pedro de Luna.

Hablemos de tu familia materna. Mi abuelo era más o menos rico pero se arruinó durante la guerra. Tenía un secadero de jamones. Mi tío Pepe Luis, ayudado por mi abuela, su mujer y su hermana, fueron los que levantaron el negocio años después. Para la familia fue fundamental el día en el que Pepe Luis decidió ponerse a hacer helados. Seguramente fue el primer heladero de Aragón, con toda seguridad el primero del mundo rural. Compró la máquina en Italia y le costó mucho más de lo que nadie imaginaba. Lo hizo en contra de la opinión de la familia y en muy pocos años la había amortizado.

Cuando yo era un crío no me creía que la pastelería de tu familia se llamara “El Buen Gusto”. Leía el rotulo de la tienda y, con aquellas letras tan artísticas, me parecía que lo que ponía era otra cosa. ¿Por qué se llamaba así? Es un nombre clásico de pastelería de principios del siglo XX. Hay otras en España. Una en Castellón y otra en Barcelona que yo sepa.

Tu padre decide un día irse de Caspe y tu madre tiene que marcharse también. Mi madre nunca superó eso. Estuvo siempre obsesionada con su pueblo. No pudo olvidarlo y Caspe se convirtió en un sitio mitológico en mi casa. Íbamos siempre en verano, en Navidades… Yo a eso le llamo “duelo migratorio” Que es un concepto de salud mental desarrollado por Jorge Luis Tizón y otros psiquiatras del Barrio de la Mina de Barcelona al tratar a los emigrantes llegados a Barcelona de toda España. Mi madre nos contagió la añoranza, la morriña, a todos, y muy especialmente a mí. Yo volvía siempre a Caspe, tenía totalmente mitificado aquel Caspe que relataba mi madre. Lo veía como lo más, como algo perfecto. Tenía mi pandilla de amigos, arreglé un huerto… Luego, con los años, al crecer, voy matizando ese afecto desmedido. Son conceptos exagerados, no reales.

¿Cuándo se produce esa “caída del caballo?  La novia me aleja de Caspe, eso es un hecho. Y también la vida laboral. A mi novia Caspe le gustaba pero no tanto como a mí. En general Caspe solo nos gusta a los caspolinos, a nuestras parejas, menos. Tenemos un clima duro, unas costumbres rudas que cuesta aceptar si eres forano. Eso lo comprobé un día que fui con mi amigo Julio Bayo y nuestras familias, en pleno Agosto, a mitad de tarde a ver un poblado íbero en el monte. Nosotros estábamos tan normal viendo las piedras al sol mientras nuestras mujeres y los críos estaban allá lejos, debajo de un árbol. Caspe tiene un componente desértico, difícil de sobrellevar.

La consecuencia es que ahora vienes poco. Sí, voy poco. Bueno, en realidad voy una vez cada mes para ver a mi tío Pepe Luis que está en la residencia en la Glorieta. Sigo emocionalmente enganchado a Caspe. Mi pueblo es muy importante para mí aunque ahora matizo esa importancia. Me siento distanciado y ya no creo que sea lo mejor del mundo, ni su gente. Tiene virtudes y tiene defectos. Ahora soy capaz de ver eso, antes no.

Ese proceso de distanciamiento es inseparable de la evolución vital. Al hacerte mayor necesitas cosas que antes no necesitaste y tienes que buscarlas en muchos sitios a la vez, no solo en uno. Caspe, en mi caso, está unido a la juventud, a la juerga, al ocio, los amigos, el Maravilla. Al hacerme mayor debo asumir otros roles: el de padre, por ejemplo. Debo quitarle tiempo a esas amistades, a esos lugares, para dárselo a mi familia, hijos, mujer, amigos de otros sitios. Un día, a mediados de los noventa, decido no ir a Caspe en verano y pasar una semana en Ordesa para escapar del calor. Y compruebo que eso, en lugar de una condena, es una liberación. Volver a tus raíces, y eso es lo que es Caspe para mí, es volver también a zonas oscuras de ti mismo, a tus fantasmas infantiles, a las sombras, a las tragedias personales y familiares. Por esos mismos años, subí una tarde al solonar  y decidí cortar con unas tijeras las cuerdas donde se secaban los jamones en el viejo secadero que tuvo mi abuelo. Aquellas cuerdas llevaban allí décadas y estaban realmente asquerosas pero nadie se había atrevido a cortarlas. Detrás de aquellas cuerdas estaba toda la memoria familiar. Cortarlas fue otra liberación. Y otra liberación fue poner flores en las tumbas de mis abuelos, algo que nunca había hecho. Con aquellas flores hice las paces con aquellos muertos, con muchos fantasmas familiares. Esas cosas te tocan mucho en lo personal pero es algo que hay que hacer, poner paz en la casa. Con todo ello me liberé de la obligación de adorar al Dios Caspe cada verano y me reconcilié con mis gentes.

Profesionalmente, eres médico y ejerces en un pequeño pueblo de la provincia de Huesca. Estudié medicina en Zaragoza. Hice el MIR en el Servet y un año en el centro de salud del Arrabal en Zaragoza. Ese año fue muy importante para mí. Ahí aprendí lo que es ser médico de cabecera. Saqué plaza en Lérida y allí estuve unos años hasta que en el 2.000 pude cambiarla por Azanuy, al que se añadió más tarde Peralta de la Sal, que son dos pueblos pequeños que están en la comarca de la Litera, de donde es mi mujer. Ella también es médico y ejerce en la zona.

Durante una época también asumiste responsabilidades políticas. De 2.003 a 2.006. Me propusieron ser subdirector médico de centros de atención primaria del sector de Barbastro y allí estuve tres años, formando parte de la dirección de la Sanidad Aragonesa. Lo pasé bien, me encantó trabajar para conseguir una sanidad pública de calidad. Conseguimos firmar un convenio con la sanidad catalana para tener asistencia común en zonas fronterizas a través del 061, desarrollamos todo el proceso de traspaso de competencias nacionales a la autonomía. El equipo era político y técnico. El gerente era político y los demás no aunque trabajábamos para políticos. Trabajé muy gusto para el PSOE y no trabajaría tan a gusto con los que hay ahora.

¿Por qué? El PSOE, con sus cosas malas, tenía una visión de la sanidad pública muy acertada, muy proporcionada. Había gente muy brillante y trabajadora, Roberto Garuz, Victoria Pico, Aldamiz. Creían en lo que hacían y querían que, por encima de todo, la gente estuviera bien atendida. En los de ahora detecto más inercia, más obsesión por el ahorro económico a corto plazo que en el medio y el largo. Eso genera problemas que, a la larga, revientan las estructuras. Y temo la concepción de la sanidad pública como un negocio rentable.

Eres de las pocas personas que conozco que realiza un balance positivo de su paso por la política. Me siento muy orgulloso de haber sido capaces de coordinar las urgencias con Cataluña a través del 061. Eso sirvió luego de base para el resto de España. Era algo muy complejo pero salió bien. Conseguimos que en cada caso acudiera el recurso sanitario más cercano con independencia de donde fuera y de qué centralita telefónica atendiese la llamada. Una de las impulsoras fue la médico de Montanuy, María Jesús, que se veía muy afectada en su día a día por ese problema. En Pont de Suert la carretera cambia más de diez veces de territorio autonómico. Eso generaba muchos líos cuando había un accidente porque, dependiendo de dónde te la pegabas, te atendía un equipo u otro. Era una situación kafkiana. Mi mérito fue escuchar a la médico de Montanuy.

Y luego volviste a tus pueblos… Me encanta ser médico rural. Es una forma de trabajar que pega con mi forma de ser. Me gusta mucho la naturaleza, la tranquilidad, el silencio. Me gusta el carácter de la gente de esos pueblos en los que trabajo. Son suaves, serenos, afectuosos, con sentido común. Yo les doy y recibo mucho a cambio.

¿Atiendes a mucha gente? Unas cuatrocientas personas repartidas en cinco aldeas en unos veinte kilómetros de carretera con más de cien curvas. Conduzco mucho. Cambio las ruedas del coche dos veces al año.

Eres un experto en el mundo rural, por obligación y por gusto. ¿Crees que es tan frágil como parece? Yo creo que es difícil hablar en general del mundo rural porque varía mucho en función del medio geográfico. No es lo mismo los secanos que los territorios de regadío, el llano que la montaña. Con la crisis los pueblos vuelven a tener una oportunidad porque tienen yacimientos de empleo, la vida es más barata que en la ciudad, la tecnología facilita las cosas… Pienso que puede seguir habiendo vida. En Azanuy, por ejemplo, hay unos tíos que venden libros de segunda mano por internet. Otros tienen una empresa de catering y les va muy bien. Caspe, y los pueblos como Caspe, tienen el problema de que gran parte de los puestos de trabajo solo son queridos por inmigrantes y eso genera desequilibrio social y problemas de integración. El sector primario espanta a los españoles mientras que los del tercer mundo flipan con él. En el mundo rural hay trabajo. El desafío es integrar a los inmigrantes y a los jóvenes que se van a estudiar y luego quieren volver.

Quizá el mundo rural tenga que reinterpretarse, reubicarse, redefinirse. La vieja dicotomía entre mundo urbano y mundo rural debería ir difuminando sus contornos y tenderse a un modelo híbrido en el cual los pueblos conservasen muchas de sus señas de identidad, tales como la tranquilidad, el ritmo pausado, pero al mismo tiempo incorporar otras de las señas de identidad del mundo urbano como la exigencia, la competitividad bien entendida. En un mundo global no tiene sentido que existan fronteras entre los pueblos y las ciudades dentro de un mismo país. Está claro que el mundo rural debe clarificar sus roles. Muchos pueblos han pasado de ser lugares con sus linajes familiares, sus casas, sus nobles, su historia, a ser casi como urbanizaciones en las que muchos desarrollan su ocio. Es una mezcla compleja. Su papel como segunda residencia es novedoso y está por definir. Gabasa es uno de los pueblos que yo atiendo. En los sesenta tenía ciento cincuenta habitantes. En 2.000 había unos veinte y en el 2.012 se despobló. Pero en 2.013 el que había sido su último habitante volvió de Barcelona porque no le había gustado la experiencia. En 2.014 hay otros dos que han venido a vivir. Los fines de semana en Gabasa hay unas treinta personas. El pueblo está bien arreglado y limpio y cuidado. ¿Qué es hoy Gabasa? ¿Es pueblo? ¿Es una urbanización con dos mil años de historia? En Peralta, por ejemplo, hay gente de doce nacionalidades. Hasta nepalíes. Yo le he curado una bronquitis al arzobispo de Tánger que pasó por el colegio de Formación Profesional que tienen allí los calasancios. Hay unas monjas de Santa Ana que son hindúes. Llevan saris y bailan danzas tradicionales de la India en misa. Luego también hay arcaísmos, como gente que en este siglo sigue viviendo sin luz ni agua… En realidad, nuestros pueblos lo tienen muy difícil. Si observas los distintos continentes verás que solo las regiones costeras crecen mientras que el interior retrocede. Eso es un hecho indiscutible. Caspe, por ejemplo, equivale a Centro Asia o al Medio Oeste norteamericano. Solo sobreviven las zonas litorales y las orillas de los ríos caudalosos.

El territorio en el que trabajas, y vives, presenta además la particularidad de ser bilingüe. Yo digo siempre que soy el médico del Valle del Sosa, un río muy pequeño que pasa por allí. Es un territorio en el que se hablan catalán, castellano y aragonés sin ningún tipo de problemas. Se da un fenómeno que los lingüistas llaman “sesquilingüismo” y que consiste en que todos conocen todas las lenguas, que allí son las múltiples variantes ribagorzanas, y ello les permite comunicarse sin problemas.

¿Qué opinión te merece la nueva política lingüística desplegada por el actual Gobierno de Aragón? Prefería la antigua ley de lenguas, como hablante, como padre de niños que han estudiado en catalán sin problemas y como habitante de esas tierras. Las lenguas son muy peligrosas, entroncan con una parte instintiva del ser humano que es el clan y la pertenencia al mismo. La lengua es un método identitario de referencia del clan.

Yo te recuerdo siempre interesado por las lenguas, por las palabras caspolinas, por la fabla… Mi interés juvenil por el caspolino me llevó a interesarme por la fabla. Para mí era algo totalmente identitario, parte de mi amor a la familia. Si afrontas el tema de las lenguas dejándote llevar por las emociones corres un gran peligro. Tanto PP como PSOE le tienen miedo a este problema.

¿Y en esa pequeña “guerra” donde te posicionas? Suscribo la tesis de Pepe Espluga que es nacido en Alcampell y es profesor de la Universidad de Tarragona. Él dice: “Com soc aragonés, parlo catalá y parlo catalá perque soc aragonés” No hay contradicción entre ser aragonés y hablar catalán. Esa es la lucha y el esfuerzo, considerar esa situación como algo normal. Lógicamente Espluga pone nerviosos tanto a los de ERC como a los del Heraldo de Aragón, lo cual es la prueba incontestable de que acierta.

Terminemos con el clásico de El Agitador. Peli, disco y libro. Película: “De dioses y hombres” una película maravillosa sobre unos monjes cartujos. No tengo un libro concreto al que referirme como mi favorito. “Crónica del Alba” me gustó mucho de joven. Sender es un gran personaje. Y música, Me gusta el pop de los ochenta, ahora ando escuchado otra vez a The Police. Y luego el folk, lo celta. Milladoiro, Joan Baez, los Beatles. Cosas de antes.

Jesús Cirac

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